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Por Fernando Leyva Martínez 

Preliminar

El proceso histórico de la Independencia de México, fue una cruenta lucha de largos años. El inicio de la gesta libertaria afectó en toda la región a grandes sectores de la población. Empero, después de once años de hostilidades, apareció la oferta política del Plan de Iguala, donde hubo un arreglo en el que no hubo ni vencedores ni vencidos solamente la suma de voluntades. Insurgentes, realistas y monárquicos se unieron para sancionar la consumación y a consecuencia de ello, formalizar un nuevo gobierno. La consumación ofreció a los libertadores grandes posibilidades de éxito. El futuro para la región era promisorio. El sueño de grandeza, podía por fin, materializarse.

El presente texto tiene por objetivo analizar los elementos distintivos del primer gobierno mexicano con los que se buscó afanosamente la consolidación de un Estado Nacional. Para efectuar el análisis del intento que hubo por dotar a la nación mexicana de un modelo político, es menester tener en cuenta que el Primer Imperio Mexicano se ubicó en un lapso de tiempo dado por la propia consumación de Independencia de septiembre de 1821 y concluyó abruptamente en marzo de 1823, cuando Iturbide abdicó. 

La rebelión 

El año de 1820 fue decisivo. Las condiciones imperantes en España cambiaron radicalmente en todo el imperio. Los liberales arribaron al poder e hicieron jurar al rey Fernando VII la constitución de Cádiz de 1812. Con esto se pusieron en práctica las leyes reformistas: la desamortización de bienes eclesiásticos, la supresión de monasterios, la anulación de fueros especiales a sacerdotes y militares y, probablemente la más significativa en aquel momento, la cancelación de los consulados comerciales. Lo anterior favoreció en gran medida la causa libertaria de la Nueva España, ya que amplios sectores de la sociedad novohispana veían una posibilidad más clara para separarse de la metrópoli que tenía muchos problemas.

Después de once años de lucha ininterrumpida para obtener la Independencia, el país tenía para el año de 1821, quizá no a los mejores exponentes ideológicos independentistas pero sí a los negociadores más sagaces: Vicente Guerrero y el realista Agustín de Iturbide, quienes incluyeron a toda la sociedad novohispana en el pacto político social del Plan de Iguala, el cual se sintetiza en tres conceptos: “Religión, Unión e Independencia”.

Escudo de armas de Agustín de Iturbide, siglo XIX, colección: Museo de Historia Mexicana. Imagen tomada de aquí: https://www.3museos.com/?pieza=escudo-de-armas-de-agustin-de-iturbide-primer-imperio 

La importancia de la oferta del Plan de Iguala dada por sus 23 artículos, proclamados el 24 de febrero de 1821, estribó necesariamente en el eco que tuvo este documento en las aspiraciones de todas las clases. Fue un puente de unión entre las oligarquías regionales, los altos mandos militares y la Iglesia con otros estratos de la misma sociedad. Como lo señala Timothy E. Anna; “El plan de Iguala forjó una alianza de muchos y variados intereses, nunca antes vista en la historia de México”.

Iturbide consiguió el entendimiento entre las facciones insurgentes y criollas, de tal manera obtuvo el consenso general; además logró la separación política con España al realizar una serie de convenios con el último Jefe Político Superior y Capitán General de la Nueva España, Juan de O´Donojú, el 24 de agosto de 1821. Los Tratados de Córdoba posibilitaron un arreglo viable entre los rebeldes y las autoridades virreinales, ya que conjuntaron las aspiraciones políticas de los firmantes de dicho acuerdo para solucionar el conflicto armado y dar paz a la región. 

La importancia de los Tratados de Córdoba se reflejó en las palabras de Iturbide cuando señaló: “El Tratado de Córdoba me abrió las puertas de la capital, yo las habría hecho practicables de todos modos, pero siempre me resultó la satisfacción de no exponer a mis soldados ni hacer correr la sangre de los que fueron mis compañeros de armas”.

Los días de gloria

Una vez que el Ejército Trigarante entró a la capital el 27 de septiembre de 1821 y sus numerosos contingentes hicieron gala de sus uniformes y poderío por las principales calles, la ciudad se desbordó, los balcones fueron adornados con los colores del ejército victorioso y los habitantes se arremolinaron por las calles más importantes para presenciar el paso de los libertadores. 

Al parecer ese mismo día, fue como lo señala el historiador Francisco Castellanos, “el de la concordia, el amor y la fraternidad”. Cuando las tropas entraron a la capital del naciente imperio mexicano, Iturbide arengó a los suyos: “ya sabéis el modo de ser libres, a vosotros toca señalar el de ser felices”.

 El día fue memorable. Se rompía el lazo de unión política con España, el país que emergía tenía buenos augurios, era prodigiosa su naturaleza y sus recursos, sólo faltaba poner orden a tanto caos. Al respecto, Iturbide apuntó: “seis meses bastaron para desatar el apretado nudo que ligaba a los dos mundos. Sin sangres, sin incendios, sin robos ni depredaciones, sin desgracia y de una vez sin lloros mi patria fue libre”.

Entrada del Ejército de las Tres Garantías a la ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, Antonio Córtes, 1910. Imagen tomada de Twitter: https://twitter.com/Castilloroman/status/1310210448961212418

El 28 de septiembre de 1821, los libertadores se congregaron para firmar el Acta de Independencia, con la cual se estableció el Imperio Mexicano y se reconoció a España su papel en la historia; entre los firmantes del acta se encontraron: Juan José Espinosa de los Monteros, político virreinal; José María  de Bustamante, capellán de la catedral; Anastasio de Bustamante, comandante militar; Juan Bautista Raz y Guzmán, abogado; José María Bocanegra, abogado, Francisco Fagoaga, minero y comerciante; Agustín de Iturbide; Manuel Velázquez de León, ex secretario de Cámara Virreinal, entre otros.  

Los personajes más importantes de la sociedad recién emancipada tomaron asiento en el nuevo concierto político. El nuevo estado mexicano adoptó un gobierno monárquico con división de poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Agustín de Iturbide, Juan de O´Donojú y otros más, ocuparon los puestos en las recientemente creadas instituciones de gobierno como la Soberana Junta Provisional Gubernativa, con facultades legislativas y la  Regencia del Imperio con la atribución ejecutiva. También ocuparon puestos en los cuatro ministerios: Relaciones Interiores y Exteriores, Hacienda, Justicia y Guerra,  sin olvidar, claro está, los mandos de tropas y otros importantes cargos. Los dirigentes de las instituciones le debían su cargo a Iturbide, el artífice de la Independencia, pues como bien lo señala el historiador Christon I. Archer: “Iturbide comprendía cómo adular los deseos y las ambiciones de los mexicanos que deseaban la Independencia”. 

Las instancias de gobierno

Durante el gobierno de Agustín de Iturbide, que comprendió desde septiembre de 1821 hasta marzo de 1823 y que es conocido como el primer Imperio Mexicano, hubo una serie de sucesos a los que tuvo que responder con medidas para preservar y consolidar la Independencia. En noviembre de 1821 se le confirió a Iturbide, mediante un decreto de la Soberana Junta Gubernativa, una serie de prerrogativas entre las cuales se estipuló que sería generalísimo, es decir, comandante supremo de las fuerzas armadas. Con ello, tuvo amplios poderes y además fungió como primer regente. Su primer paso fue seleccionar de entre los personajes más ilustres a los 38 miembros de la Suprema Junta Provisional Gubernativa. Lo siguiente sería nombrar a los cinco integrantes de la Regencia. Enseguida, quiso dotar a la nación de un poder ejecutivo a la altura de las circunstancias, esto último a consecuencia de la pugna por el poder, no sucedió.

El otro paso dado, fue que la Regencia en noviembre de 1821, estableció cuatro departamentos ejecutivos: Hacienda; Guerra y Marina; Justicia y Negocios Eclesiásticos; y el más importante, Relaciones Exteriores e Interiores. Los poderes de la Junta se establecieron de manera vaga, y en general, no hubo durante este periodo una distinción clara entre las funciones legislativas y las ejecutivas, dado que el propio Iturbide participaba en todas las actividades del naciente Estado. 

Más tarde, con la apertura de las sesiones del congreso, el 24 de febrero de 1822, hubo un notorio reacomodo de fuerzas. Ahora observamos a los diputados, instalados en una lucha por el poder, limitar las facultades del regente y generalísimo, de tal manera, pretendieron hacer leyes tendientes a lograr ese propósito. Por ejemplo, establecieron que ellos eran los poseedores de la soberanía.  En el congreso las facciones se dividían entre los pro insurgentes, los borbonistas y los iturbidistas.

De estos tres grupos, los insurgentes tenían poca inclinación hacía Iturbide, se oponían claramente a sus ideas de gobierno, comenzaron, de algún modo, a reunirse al interior del congreso. Por su parte, los borbonistas, eran pro españoles, estaban a favor del Plan de Iguala en cuanto al tema de traer a un Borbón para gobernar, y simpatizaban con la Constitución de Cádiz, éstos constituían la mayoría en el congreso y entre los que destacaban se encontraban: José María Fagoaga y Francisco Manuel Sánchez de Tagle. En efecto, en un principio el Plan de Iguala aglutinó a algunos sectores políticos, sin embargo, los intereses de grupo y de facción estaban por ser una dura prueba a esos preceptos de gobierno.

Para Iturbide, coronarse no iba a ser una empresa fácil. Uno de los mayores obstáculos para sus planes fue la postura asumida por José María Fagoaga, quien presionó desde la tribuna del congreso para que se cumpliera al pie de la letra lo estipulado en los Tratados de Córdoba, en cuanto al artículo tercero que otorgaba el trono de México a un miembro de la casa reinante española. Al respecto y en contraposición, el historiador William S. Robertson, señala que: “la opinión en favor de invitar a un príncipe extranjero para ocupar el trono mexicano no tenía fuerza”.

El gobierno del Imperio

En la noche del 18 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide fue proclamado emperador por una facción del ejército. Los agrupamientos militares asentados en la capital y organizados por el sargento del regimiento de Celaya, Pío Marcha, con el apoyo de otros sargentos y regimientos también acantonados en la capital, presionaron por las calles de la ciudad para la coronación. Al respecto, el republicano Vicente Rocafuerte, dice que: “preparada de este modo la tramoya, empezó el sainete imperial”.

La expectación fue grande. A la mañana siguiente, con la presión de las tropas y de la muchedumbre, los diputados se reunieron desde muy temprano y abrieron sesión para comenzar a exponer sus posturas. Algunos historiadores sostienen que no había quorum, como es el caso de Vicente Rocafuerte, quien refirió que: “los diputados solamente eran 82, de manera que para completar siquiera las dos terceras partes faltaban 22, pues siendo el total de 156, sus dos terceras partes son 104”. En la sesión se leyó un memorándum firmado por varios de los generales trigarantes que solicitaba, al igual que los sargentos y la muchedumbre, la inmediata coronación de Iturbide. Acto seguido, el diputado Valentín Gómez Farías presentó, a nombre de 47 legisladores, una propuesta para que en virtud de que España no había aceptado los Tratados de Córdoba quedaran rotos y se prosiguiera con un proceso legal apoyado en el artículo tercero del Plan de Iguala para la coronación de Iturbide. Posteriormente, por medio del decreto expedido por la alta tribuna, se declaró a Agustín de Iturbide como primer monarca de México. Mediante la Gaceta Imperial del Gobierno de México se dio a conocer: “que nuestro amado Señor Iturbide había sido elevado al trono del imperio”.

Proclamación de Agustín de Iturbide como emperador el 19 de mayo de 1822, siglo XIX, colección: Museo Nacional de Historia. Imagen tomada de aquí: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Proclamaci%C3%B3n_Iturbide.JPG 

El 21 de julio de 1822, tuvo lugar la coronación del emperador Agustín de Iturbide, en la catedral de la ciudad de México. Las calles se vistieron de fiesta al igual que el 27 de septiembre cuando entraron los trigarantes. La ceremonia fue de lo más particular porque tuvo un protocolo inédito por su novedad y porque invistió constitucionalmente al monarca. Se sabe que estuvieron presentes cuatro obispos en la ceremonia: Antonio Joaquín Pérez Martínez de Puebla, Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo de Guadalajara, Emilio De Jesús Ahumada Lizarraga de Oaxaca y Juan Francisco de Castañiza y González de Durango. El presidente del Congreso, Rafael Mangino, fue el encargado de colocar la corona a Agustín de Iturbide, acto seguido el propio emperador ciñó la corona a la emperatriz. Este acto fue a la postre una de las grandes discusiones políticas pues simboliza para algunos la superioridad del poder legislativo sobre el ejecutivo. Los historiadores Lucas Alamán y Carlos María de Bustamante señalan, en sus respectivas obras, que fue azarosa la ceremonia religiosa: no se conocían los pasos a seguir, se equivocaron varias veces y en cierto momento del acto se iba a caer la corona. Para algunos autores, al ser Iturbide investido por los diputados del congreso, la legitimidad de la monarquía recaía en la soberanía del poder ejecutivo.

Alegoría de la coronación de Agustín I, José Ignacio Paz, ca. 1822, colección: Museo Nacional de Historia. Imagen tomada de aquí: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Alegor%C3%ADa_de_la_coronaci%C3%B3n_de_Agust%C3%ADn_I_-_Jos%C3%A9_Ignacio_Paz_-_Museo_Nacional_de_Historia.jpg

Las medidas de gobierno del Imperio mexicano no satisficieron a los amplios sectores de la sociedad (españoles adinerados, terratenientes, mineros y la alta curia eclesiástica). Los partidarios del republicanismo, entre quienes destacaba Mariano Michelena, tenían la impresión de que Iturbide prolongaba y manipulaba el sentimiento de inseguridad que existía en México, con el fin de contar con un pretexto para imponer su autoridad, y lo acusaban de oponerse a que los soldados españoles salieran del país. 

Las relaciones entre los diputados y el monarca eran cordiales en apariencia pero se enturbiaron cuando algunos personajes políticos vinculados con la masonería comenzaron a cuestionar la legitimidad del monarca mexicano. Algunos de ellos se encontraban en el congreso en calidad de diputados, otros en escuelas y otros más en comisiones diplomáticas.

Para agosto de 1822 la situación cambió radicalmente. Las acciones del monarca por someter a su voluntad al poder ejecutivo en su afán por dominar y centralizar el poder se hicieron más sórdidas. La falta de conciliación entre el monarca y el congreso, llevó a Iturbide a ordenar la aprehensión de algunos diputados la noche del 26 de agosto de 1822. Posteriormente, para sorpresa de muchos, el congreso se clausuró el 31 de octubre de ese año, acción que posteriormente fue utilizada como una bandera contra Iturbide. 

Los problemas y el fracaso 

El primer Imperio Mexicano tuvo varios asuntos políticos que enfrentar: la falta de reconocimiento internacional, la existencia de evidentes pugnas políticas por el poder y, por si fuera poco, la negativa española a reconocer la emancipación. Además, dentro de esta problemática política, es claro que el país necesitaba alcanzar tres metas: la completa pacificación, el cumplimiento de la oferta del Plan de Iguala y el respeto legal a lo estipulado en los Tratados de Córdoba.  Entonces, es claro que se tenían detectadas las metas y por otro parte, se conocían los problemas. Veamos cómo esto afectó al primer Imperio Mexicano. 

Es conocido que los diputados y el emperador se enfrascaron en una lucha sin cuartel. El uno y el otro querían limitar las funciones de su opositor, llegaron a niveles insospechados de intolerancia a tal grado que el gobierno encerró a algunos diputados: fray Servando Teresa de Mier, José María Bocanegra, José Cecilio del Valle, entre otros. Una de las cuestiones que evidenciaron la lucha por el control del Estado entre Iturbide y el congreso fue que éste se adjudicó desde un principio la soberanía, en ese sentido los diputados hacían notar que ellos lo habían nombrado emperador. Esas posturas encontradas serían cruciales para avivar el conflicto político que desencadenó en una crisis de gobernabilidad. Meses más tarde, en agosto de 1822, el congreso fue clausurado, la justificación fue que no hacían su trabajo. Al respecto, Agustín de Iturbide señaló: “En una palabra, necesitando la patria de un auxilio para todo, nada hicieron en un imperio naciente”. Entonces, fue creada una Junta Nacional Instituyente para sacar adelante el proyecto de constitución, que el congreso no había podido hacer. 

Las causas que contribuyeron al fracaso del proyecto monárquico son complejas. Una de ellas, quizá la más importante, fue la aparición de un malestar generalizado, varias conspiraciones y levantamientos como el de noviembre de 1822 liderado por Felipe de la Garza en Tamaulipas, que finalmente fue sofocado y perdonado por el emperador. Otro levantamiento ocurrió el 6 de diciembre de 1822 bajo el Plan de Veracruz y promoción de Miguel Santa María y del brigadier Antonio López de Santa Anna, el cual no prosperó pero tampoco fue vencido. El levantamiento que sí fue impactante fue el amparado en el Acta de Casa Mata del 1 de febrero de 1823, que aglutinó a los altos oficiales del imperio en un intento por solucionar la complicada situación política y militar en la costa de Veracruz y la impericia de los generales imperialistas para vencer a Antonio López de Santa Anna. 

El movimiento de Casa Mata se extendió y fue apoyado en varias regiones, pronto la situación favoreció a los líderes de esta nueva rebelión. El congreso fue convocado de nueva cuenta y con ello comenzó la revancha contra el emperador. Iturbide, por su parte, no podía implementar medidas para cautivar a las personas ni a las agrupaciones que en el año de 1823 sufrieron los embates del descontento como resultado directo de la ausencia notable de mejoría. La rebelión de sus antiguos oficiales, la ofensiva de los diputados del congreso y la precaria situación económica, fueron situaciones que no pudo manejar el gobernante mexicano, a consecuencia de ello abdicó y fue exiliado. Los triunfadores negaron todo acto del gobierno anterior y comenzaron a construir lo que pensaban la verdadera opción política: el republicanismo.

En la ilustración se puede observar un águila con las alas extendidas, parada sobre un nopal y portando una bandera con la leyenda “Libertad”, ca. 1821. Colección: Archivo General de la Nación. Imagen tomada de aquí: https://www.gob.mx/cms/uploads/article/main_image/63949/Libertad.jpg

Conclusión

El primer Imperio Mexicano tuvo una corta duración por muchas razones, su inicio se dio en las coordenadas del pacto político de Iguala, los Tratados de Córdoba y al Acta de Independencia, los cuales son un conjunto de documentos que garantizaban, por lo menos en las ideas, la claridad y el sentido político de los libertadores. Además, configuraron las diversas instituciones y asentaron la división de poderes para garantizar la Independencia.

La figura indiscutible de este periodo fue Agustín de Iturbide que mediante un pacto político logró lo que años de guerra no pudieron: la ruptura con la metrópoli española. Una vez alcanzada la victoria, lo apremiante era construir a partir de lo ya conocido, por eso la idea de una monarquía constitucional como fundamento de la nueva era independiente. Empero, con la aparición del congreso mexicano de 1822 se inició un periodo de confrontaciones, caracterizado por definir los límites y, por consiguiente, la esfera de influencia de las distintas instituciones, lo cual trajo un conflicto de intereses entre el poder ejecutivo y legislativo.  

Del Plan de Iguala al Acta de Casa Mata se puede delimitar este primer intento de gobierno independiente, muy cercano a las ideas coloniales y a las prácticas políticas ya conocidas por los novohispanos. Finalmente, el imperio se derrumbó abruptamente y el monarca mexicano tuvo que exiliarse, en gran medida por quedar entrampado por las fuerzas políticas que emergieron junto con él en el proceso libertario y que no supieron pactar ni dirimir los conflictos que se fueron presentando en los meses posteriores a la consumación de la Independencia en septiembre de 1821.

Para saber más

Archer, Christon I., “La revolución militar de México: estrategia, tácticas y logísticas durante la guerra de Independencia, 1810-1821”, en Josefina Vázquez (coordinadora), Interpretaciones sobre la Independencia de México, México, Nueva Imagen, 1997.

Anna, Timothy, E., El Imperio de Iturbide, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991. 

Bustamante, Carlos María de, Continuación del Cuadro Histórico, México, Fondo de Cultura Económica/ Instituto Cultural Helénico, 1995. 

Iturbide, Agustín de. Breve manifiesto del que suscribe, México, Imprenta Imperial de Alejandro Valdés, 1821.

Ocampo, Javier, Las ideas de un día. El pueblo mexicano ante la consumación de su Independencia, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012.

Robertson, William Spence, Iturbide de México, México, Fondo de Cultura Económica, 2012.