Resistencia a la vacunación infantil
abril 24, 2021 La Bola

Resistencia a la vacunación infantil en el México posrevolucionario

Por Luis Miguel López Ramírez

El presente artículo hace referencia a los alcances y limitaciones del proyecto higiénico y médico posrevolucionario, así como los temores y desconfianzas que causó en la población de la época. Se presta especial atención en el caso de la vacunación infantil, ya que este se promovió como uno de los elementos más imperiosos y trascendentes de dicho plan, además de que fue detonante de una fuerte oposición y llegó incluso a causar una regresión en otras medidas médicas como el de la vacuna de la viruela.

Introducción

Una de las más grandes ambiciones del estado mexicano durante buena parte de los siglos XIX y XX fue poner el país a la par de las naciones más «civilizadas» tanto en lo político y económico como en lo social y cultural. Uno de los puntos más intensos de este proceso se alcanzó durante el porfiriato, en el cual se adoptaron novedosas teorías y doctrinas científicas que planteaban, entre otras cosas, una renovación completa de la sociedad, asegurando que el cuerpo social, al igual que el humano, debía mantenerse saludable en todos sus componentes para que pudiera funcionar correctamente. Así, los médicos porfiristas comenzaron a sugerir propuestas médicas y sanitarias que pretendían mantener en buena salud a la totalidad de la población para evitar la degeneración de la raza, aún en contra de su propia voluntad.

El estallido de la revolución mexicana en 1910 complicó la aplicación de estos programas, pues la inestabilidad política trajo consigo otros problemas: falta de alimentos; escasez de mano de obra para producir; carestía de agua potable y la relajación de las normas higiénicas desataron una serie de enfermedades que poco a poco se tornaron epidémicas, estas tuvieron que ser combatidas por autoridades locales casi de forma improvisada debido a la falta de una sólida estructura institucional que ofreciera cobertura médica a nivel nacional. Ante este panorama, las autoridades surgidas de la revolución se vieron en la necesidad de unificar los servicios médicos bajo un mismo mando y, al mismo tiempo, retomar las propuestas médicas porfirianas imponiendo una «dictadura sanitaria» para lograr la «descontaminación» de la población, y así evitar la degeneración de la raza protegiendo el futuro de la nación.

Cartel alusivo a la protección infantil, ca.1940, Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A108757 
 

El discurso en el que se basó esta limpieza iba de la mano de dos conceptos que cobraron fuerza en la época: la higiene y la eugenesia. En el caso del primero, se definía como un conjunto de acciones preventivas que pretendían evitar enfermedades tanto en el cuerpo individual como en el social. Esto no sólo supuso un cambio en los métodos médicos e higiénicos, sino que pretendió una transformación completa de la mentalidad del individuo. Así, junto a las campañas de vacunación, erradicación de plagas e higienización urbana y rural, se emprendieron acciones para acabar con los males sociales, tales como la prostitución, el alcoholismo, las drogas, el pueblo bajo, el atraso mental, las madres solteras y la falta de educación sexual, entre otros, al mismo tiempo que se educaba a la sociedad para que combatiera dichos males. Todo esto resultaba bastante novedoso, pues ya no se trataba sólo de atacar a la enfermedad y a los enfermos, sino que se arremetía contra los personajes sanos que se pensaba podían estar en peligro y contra aquellos que podrían contagiar a los demás.

En la Ciudad de México, adolescentes marchan en contra del alcoholismo. Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A108745

La eugenesia, por otra parte, era una serie de teorías que sugerían que se debía intervenir en la concepción y el desarrollo de los niños para que los futuros ciudadanos pudieran ser fuertes y saludables. Esto provocó que las campañas higiénicas se unieran a un vasto proyecto educativo que incluyó clases de higiene y salud, así como programas de vacunación e inmunización en escuelas rurales y urbanas, con lo que las aulas se convirtieron en auténticos laboratorios para la medición, clasificación y rastreo de los niños, tratando de distinguir entre niños normales y anormales. Todo este proyecto estatal hizo que algunos médicos se cuestionaran sobre los límites de la práctica médica y el poder coercitivo del Estado para llevar a todos la salud a pesar de que no quisieran. Sin embargo, las aspiraciones estatales estaban claras y la imposición sanitaria no podía evitarse. Esto condujo, por ejemplo, a la puesta en práctica de campañas de vacunación contra enfermedades que no figuraban entre las principales causas de muerte, pero que pretendían evitar enfermedades a gran parte de los niños, con consecuencias no tan favorables como más adelante veremos.

Orientación sanitaria dirigida a alumnos de primaria, ca. 1925, Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A213716

La imposición sanitaria no sólo fue respaldada por varios funcionarios estatales y algunos médicos, sino que encontró eco en sectores de la sociedad que veían a la coerción como la única opción de mantener sano al cuerpo social. No obstante, también hubo una importante resistencia a las campañas médicas impulsadas por el gobierno. Uno de los terrenos donde puede verse el desafío a estas mediadas es en el de las campañas de vacunación, especialmente aquellas llevadas a cabo después de 1926. Esto se debió a que el Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos, publicado en dicha fecha, supeditaba los derechos individuales a los colectivos y permitía que se vacunara sin previo consentimiento tanto a adultos como a niños. Todo ello generó gran resistencia y desconfianza por parte del público y provocó un retroceso en la vacunación que, a pesar de las novedades médicas y técnicas que se lograron en la época, implicó un repunte de ciertas enfermedades que ya habían comenzado a disminuir dentro del territorio nacional.

El estado de la vacunación en la posrevolución

La existencia de las vacunas en México se remonta, al menos, hasta 1804, cuando el rey Carlos IV envió una comisión a la capital de la Nueva España, a cargo de Francisco Xavier de Balmis, para combatir la viruela. Dicha comitiva trajo niños españoles para realizar una vacunación brazo a brazo, y aunque se topó con una gran resistencia, poco a poco fue extendiendo la vacuna como práctica común. Sin embargo, aunque fue ganando terreno durante el siglo XIX, la práctica no fue uniforme ni mucho menos periódica, pues generalmente sólo se hacía en el momento de las epidemias y no existía un organismo estatal encargado de su aplicación. Además, la medicina mexicana del siglo XIX constantemente se veía detenida por los conflictos políticos y apurada por las enfermedades endémicas, encontrando grandes problemas para desarrollarse.

La situación cambió a finales del Porfiriato, pues surgieron dos instituciones que permitieron el desarrollo de la investigación médica y bacteriológica en México: el Instituto Patológico y el Instituto Bacteriológico Nacional. Además, como una iniciativa del gobierno de Díaz se convocó a equipos de científicos provenientes de varios países a una investigación internacional para descubrir la causa del tifo y su cura en la Ciudad de México, con un premio de 50 mil pesos al primer lugar y 20 mil al segundo. Asimismo, se intentó unificar el mando de los servicios de salud, y por consiguiente los de vacunación, sin embargo, hubo grandes dificultades debido a la insuficiencia de personal y falta de una infraestructura institucional eficiente, lo cual se complicó aún más a causa de las dificultades ocasionadas por el movimiento revolucionario de 1910.

A pesar de no lograr sus objetivos, estos esfuerzos ayudaron a forjar las nuevas instituciones posrevolucionarias, tales como el Departamento de Salubridad pública de 1917 y la Escuela de Salubridad de 1922 y permitieron que los científicos mexicanos realizaran conexiones internacionales importantes hacia las décadas de 1920 y 1930, las cuales hicieron posible contar con un cuerpo de bacteriólogos y médicos instruidos en las más modernas técnicas internacionales. Surgió entones el deseo de crear un clima de seguridad y de certidumbre de la población a través de pláticas y publicaciones informativas, así como mediante la creación de nuevas linfas y soluciones que garantizaran la constante e ilimitada producción, distribución y aplicación masiva de las vacunas. Ejemplo de esto fue que en septiembre de 1923 se celebró en la Ciudad de México el primer día de la vacuna en el marco de la Semana de la Salubridad. En ella se informaron de los beneficios de la vacunación, así como las consecuencias de no vacunar a los niños valiéndose de alusiones al dolor, la deformidad, el sufrimiento y la muerte de los infantes que no recibían la vacuna.

Niño con malformaciones en la boca, ca. 1930, Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A157458

Por otra parte, las autoridades mexicanas no sólo experimentaron nuevas soluciones a viejas enfermedades, sino que, poniéndose a la vanguardia internacional, aplicaron pruebas preventivas y vacunas que estaban en boga en Europa y que se consideraban la joya de la bacteriología moderna, tales como la prueba contra la escarlatina y la difteria, las cuales afectaban particularmente al público infantil. Esto no sólo pretendía reforzar la confianza en las vacunas sino situar a México en el contexto internacional y legitimar con ello al Estado mexicano revolucionario.

Se ambicionaba que el alcance de estas medidas fuera nacional, pero la falta de recursos y personal limitó estos deseos y tuvieron que pasar varios años antes de que se contara con un servicio médico integral que cubriera todo el país. La situación no fue la misma en las ciudades que en los campos, pues, en la década de 1920, mientras el ámbito rural estaba casi en el abandono, en la ciudad de México aumentaron considerablemente los centros de vacunación fijos e itinerantes, los que, sumados a los ya existentes, dotaron a la población local de un personal numeroso y medianamente calificado para la inmunización.

Aun con sus limitaciones, la gran cantidad de campañas emprendidas por el gobierno federal provocó una insuficiencia de personal que tuvo que ser cubierta de varias maneras. En 1925 la Escuela de Salubridad Pública abrió sus puertas al público en general para una preparación técnica en medicina; se creó el servicio social para los estudiantes de la carrera de medicina, el cual exigía que los graduados trabajaran seis meses fuera de la ciudad en zonas rurales, y al mismo tiempo, se dio la creación de las llamadas brigadas móviles de vacunación antivariolosa, a quienes comenzó a llamárseles «soldados de las vanguardias de profilaxis» y se les encomendó la tarea de adentrarse en las más agrestes regiones para combatir la enfermedad.

Médico militar atiende a gente humilde en jardines de Balbuena, Ciudad de México, 1915-1920. Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A84690

Este lenguaje bélico de combate a la enfermedad iba de la mano con las teorías de la imposición y la lucha contra la degeneración racial, y formaba parte de los incipientes pasos de una guerra que duraría varias décadas. Sin embargo, el momento que buscamos analizar es el inmediatamente anterior a éste: el proceso citadino de vacunación, con un personal medianamente preparado y un discurso médico-bacteriológico que, al menos en teoría, se situaba a la altura de los países más avanzados.

Oposición, violencia y marcha atrás

Como afirmamos, uno de los principales objetivos de las campañas higiénicas y médicas de los gobiernos posrevolucionarios fue la de generar ciudadanos saludables para generaciones futuras. Por ello no es de extrañar que las campañas de vacunación infantil recibieran un importante apoyo dentro de las escuelas como fuera de ellas. Sin embargo, los métodos impositivos de las autoridades generaron cierta desconfianza y resistencia a dichas medidas. En este sentido, debemos apuntar que, más allá de la cuestión médica, la década de los 20 y los 30 del siglo XX representó para los gobiernos posrevolucionarios un momento de abierta oposición social en diversos escenarios, el caso de la vacunación sólo fue uno de ellos. No obstante, a diferencia de lo que pasó con los sindicatos, por ejemplo, la negativa a la inmunización ni fue un movimiento organizado ni se redujo a un solo grupo o clase social; se trató de una resistencia motivada por diversos sentimientos y actores que, aunque no estuvieron coordinados, actuaron por motivos similares.

Ejemplo claro de estas confrontaciones lo presenta la doctora Claudia Agostoni en un artículo titulado «Historia de un escándalo. Campañas y resistencia contra la difteria y la escarlatina en la Ciudad de México, 1926-1927». En él la historiadora propone que la confrontación entre padres de familia y autoridades médicas se dio más por el miedo de aquellos al creer que se les quitaba la capacidad de decidir sobre la educación y salud de sus hijos que por un problema meramente médico. Este caso nos demuestra, en buena medida, la injerencia que pretendía tener el Estado sobre la vida de sus ciudadanos, pues la difteria y la escarlatina no sólo eran enfermedades que representaban bajos índices de mortandad, sino que su presencia se limitaba casi exclusivamente al público infantil. Sin embargo, la medida era parte del proyecto eugenésico que buscaba tener ciudadanos sanos para el futuro moldeándolos desde la niñez. Las pretensiones estatales se toparon entonces con la oposición de los padres quienes, sin importar la novedad médica, reclamaron para sí mismos la tutela de sus hijos.

Enfermera vacunando a un bebé, ca.1935-1940. Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A399017

Según la historiadora, uno de los puntos más álgidos de esta confrontación se presentó el 23 de marzo de 1927 cuando un par de escuelas ubicadas en la villa de Guadalupe recibieron la noticia de que recibirían las pruebas preventivas contra la difteria y la escarlatina. Esto asustó a muchos niños quienes comenzaron a llorar. Es probable que el rumor se esparciera a través de la población local y minutos después centenares de madres se presentaron a las puertas de la escuela exigiendo la devolución de sus hijos. Ante el tumulto, las autoridades escolares solicitaron un retén de gendarmes del ayuntamiento para guardar el orden y cuando estos llegaron se les recibió con piedras. Al final, las madres se llevaron a sus hijos y las aulas quedaron vacías. Una semana después, en Churubusco, sucedió un caso con el mismo resultado.

En semanas posteriores, dentro de la prensa y la sociedad capitalina, surgió una serie de protestas con respecto a lo que el Estado podía o no podía hacer con sus hijos, y si tenía los argumentos necesarios –médica y jurídicamente– para hacerse cargo de ello. Una nota del Excelsior del primero de abril de 1927 preguntaba: «¿es que los padres de familia no tienen en este país ningunos derechos sobre sus hijos? ¿acaso ya estos se hayan ‘socializados’ a la manera bolchevique y son propiedad del estado?».

En consecuencia, a pesar de las justificaciones médicas y técnicas, el gobierno de la Ciudad de México tuvo que dar marcha atrás a estas pruebas e incluso tuvo que desistir en la obligatoriedad de otras vacunas como la de la viruela. Asimismo, es probable que viendo el resultado de estas medidas se buscara evitar su réplica en el resto del país. Esto además suscitó debates en la prensa sobre si sólo debía aplicarse la educación higiénica y sanitaria, si debía utilizarse la violencia para imponerla o si había alguna otra forma de hacerlo.

Doctor inmunizando contra la tuberculosis en Ometepec, Guerrero, ca. 1939. Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en: https://www.mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A398123

Existía quien defendía el uso de la violencia, usando como argumento que el Estado aún no contaba con la fuerza necesaria para emprender una campaña educativa en ámbitos de salubridad. Así, por ejemplo, Esteban Pous Cházaro –importante médico e higienista de la época– mencionaba en una carta al subsecretario de Relaciones Exteriores lo siguiente:

Debo hacer hincapié en las palabras de conocido higienista, […] profesor León Bernard […] «que la higiene debe ser persuasiva y no coercitiva, que debe desaparecer la policía sanitaria para ser reemplazada por la educación higiénica», bellísimas palabras que resultan utopía en un país como el nuestro, donde las brigadas de vacunación son recibidas a pedradas en la Colonia de Santa Julia; donde hay que aprehender a los candidatos a la vacunación; donde hasta el público que presume de culto tiene a deshonor el concurrir a una oficina de vacuna […] de donde resulta que la mejor persuasión en México es la violencia

Por otro lado, había también quien argumentaba que la mejor forma de lograr un estado de bienestar era educar a la población en cuestiones higiénicas y suspender las campañas de vacunación, en especial las que causaban temor a la gente. Un artículo de «El informador» del 9 de abril de 1927 mencionaba lo siguiente: «No creemos que sea conveniente obligar a todos los individuos a que se la apliquen, y mucho menos en casos como del que nos estamos ocupando en que se tiene más horror el remedio que la enfermedad. Sin embargo […] es necesario que se tenga una estricta vigilancia para que se cumplan las medidas higiénicas…»

Ante la proliferación de estas protestas y la eliminación de la obligatoriedad de algunas vacunas, la situación de la viruela comenzó a complicarse, pues aunque no tenemos noticias de que se haya agredido el personal de vacunación y tampoco tenemos noticias de grandes brotes del virus, es curioso ver que los números de mortandad por esa enfermedad incrementaron después de 1927, año en el que fueron suspendidas, al menos temporalmente, las campañas de vacunación (ver cuadro 1)

Cuadro 1. Tomado de: Felipe García, Heliodoro Celis y Carlos Carboney, «Viruela en la República Mexicana», en Salud Pública de México, vol. 34, núm. 5, septiembre-octubre, 1992, pp. 577-587.

Es evidente que la oposición por sí sola no habría permitido llegar al número de defunciones que la viruela provocó en esas fechas, sin embargo, me parece que es un importante factor en esas cifras. Si consideramos la eficiencia en la fabricación de vacunas, la cual había logrado después de 1920 hacer materiales sintéticos que abarataron su producción, la capacitación del personal técnico para la vacunación que se había iniciado desde 1925 y, por último, las campañas de concientización e información impartidas en la prensa y en las escuelas, es al menos probable que el miedo que causaron estas protestas provocaran que hubiera un incremento en la mortandad de la enfermedad, tendencia que superó a la del periodo de 1920-1925, cuando aún no se contaba con todos esos beneficios.

Asimismo, hay que tomar en cuenta también que gran parte de la población afectada por dicho padecimiento fue el sector infantil, pues no sólo eran comunes las noticias de que los padres de familia constantemente se oponían a la vacunación de sus niños antes y después de reglamento de 1926, sino que además la llegada de los recién nacidos, la pérdida de inmunidad por parte de algunos que ya estaban vacunados, así como la falta de inmunización de los que no lo estaban y la debilidad natural del público infantil habrían provocado gran parte de esas defunciones.

Niños recibiendo una vacuna, ca. 1920. Fototeca Nacional, México. Imagen disponible en:  
https://www.mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A109463

Afortunadamente, a pesar de que en 1930 se alcanzó el punto más alto de mortandad por viruela, después de dicho año la cifra comenzó a descender considerablemente. Esto probablemente se debió a la creación de las brigadas sanitarias móviles de los servicios de sanidad federal de los estados en 1931, la promulgación de un nuevo código sanitario en 1934, la creación de los servicios coordinados de salubridad en 1936 y el establecimiento del servicio social a los estudiantes de medicina en ese mismo año. Así, aunque en 1934 hubo un repunte en la mortandad por viruela, la cifra no llegó ni a la mitad de lo que representó 1930. Después de ello vino un decrecimiento constante que llevó a la erradicación total de la viruela hacia 1951.

Conclusiones

Como nos sugiere este caso, el miedo y oposición a las campañas de vacunación no es un tema que sólo se limite a lo médico y sanitario, se trata de una preocupación que en buena cantidad de ocasiones conlleva algo más. El caso de las vacunas de la difteria y la escarlatina, por ejemplo, reflejó el temor de los padres de familia de perder la autoridad sobre los niños y el miedo de que el Estado se los arrebatara, por lo que, aunque las autoridades sanitarias se justificaban en los teorías y procedimientos más modernos de la época, la resistencia permaneció. Este miedo, acrecentado por los métodos impositivos de las campañas, resultó ser un importante lastre para las campañas sanitarias, pues en el caso aquí tratado éste no sólo provocó que se echaran atrás las pruebas más inofensivas como las de la difteria y la escarlatina, sino que afectó a otras que generaban una gran mortandad infantil como la viruela

En la actualidad la desconfianza en las autoridades persiste y el tema de las vacunas vuelve a ocupar un lugar central en la oposición al sistema político en turno, por lo que hablar de paralelismos es inevitable. Sin embargo, si algo debemos aprender de este caso es que el miedo, la desinformación y la resistencia que puedan generar son fuerzas que debemos considerar, pues pueden causar un gran impacto en las cifras de mortandad. Por otra parte, hay que recordar que, si bien el éxito de las campañas de vacunación fue de vital importancia para la legitimación de los gobiernos posrevolucionarios, esto no fue fácil, y para lograrlo fue necesaria una importante reforma en la manera en que las autoridades se relacionaban con la población. No sabemos que sucederá en el futuro, pero, con las vacunas en puerta, la necesidad de legitimidad de las autoridades y un renovado temor en la vacunación, es sólo cuestión de tiempo para que vuelva a aparecer el miedo a los enfermos «anormales» o las acusaciones a los rusos «bolcheviques».

Para saber más

Agostoni, Claudia, «Historia de un escándalo. Campañas y resistencia a la difteria y la escarlatina en la Ciudad de México, 1926-1927», en Claudia Agostoni (coord.) Curar, sanar y educar. Enfermedad y sociedad en México. Siglos XIX y XX. México, UNAM, Instituto de investigaciones históricas, BUAP, instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, 2008, pp. 287-311.

Aréchiga Córdoba, Ernesto, «Educación, propaganda o ‘dictadura sanitaria’. Estrategias discursivas de higiene y salubridad públicas en el México posrevolucionario, 1917-1945, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, número 33, enero-junio, 2007, pp. 57-88 Disponible en línea: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-26202007000100057

Carrillo, Ana María, «Los difíciles caminos de la campaña antivariolosa en México», en Ciencias, julio-diciembre de 1999, número 55-56, pp. 18-25.

Colin Moya, Susana, «Las primeras campañas de vacunación», en El Universal, 23 de mayo de 2020. Disponible en línea: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/mochilazo-en-el-tiempo/las-primeras-campanas-de-vacunacion

Stern, Alexandra, «Madres conscientes y niños normales: la eugenesia y el nacionalismo en el México posrevolucionario, 1920-1940», en Laura, Cházaro García (ed.), Medicina, ciencia y sociedad en México, siglo XIX, México, El Colegio de Michoacán, 2002, pp. 293-336.

Tenorio, Mauricio, «De piojos, ratas y mexicanos» en Istor: revista de historia internacional, año 11, Nº. 41, 2010, pp. 3-66. Disponible en: http://www.istor.cide.edu/archivos/num_41/dossier1.pdf

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