Discordias ante la salvación
abril 27, 2021 La Bola

Discordias ante la salvación. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Nueva España

Por Juan Escobar Puente

En meses recientes diversos países se han esforzado por distribuir en sus territorios las vacunas contra la covid-19, buscando contrarrestar los efectos perjudiciales que ha causado su expansión mundial. El rápido desarrollo de las inoculaciones, a su vez, ha desencadenado opiniones de aceptación y desconfianza. El siguiente artículo es una invitación para reflexionar sobre las resistencias hacia la vacunación. A través de la Expedición Filantrópica de la Vacuna, se exponen las reacciones negativas, las causas y las estrategias de la vacunación contra la viruela al interior de la Nueva España durante la primera década del siglo XIX, aspectos que mantienen algunas conexiones con nuestro presente.

«Las epidemias brotan con las sociedades. La enfermedad ha sido y seguirá siendo un producto social no menos importante que la medicina que la combate. La civilización no sólo lleva sinsabores, sino también enfermedades.»

Roy Porter, Breve historia de la medicina.

 

En su imperdible Breve historia de la medicina, el eminente historiador Roy Porter no perdía oportunidad en advertir que las enfermedades y su curación son productos sociales. Mientras distintos padecimientos y patologías surgen por el contacto entre comunidades de seres humanos y animales —escribe—, estos a su vez generan respuestas sociales (ya en su organización y conducta) y culturales (es decir, en prácticas, representaciones y creencias ejercidas en el día a día). Las endemias, epidemias y pandemias son claros ejemplos que demuestran hasta qué punto virus y bacterias pueden convertirse en fenómenos biológicos, sanitarios y socioculturales en distintas escalas.

De cara a lo sucedido durante la pandemia provocada por el virus SARS-Cov2, hemos vivido con lujo de detalle las reacciones que la enfermedad ha provocado a lo largo y ancho del mundo. Hasta el momento en que se ha redactado el presente artículo pervive una opuesta dualidad, por lo menos dentro del escenario mexicano: por un lado, las incondicionales muestras de apoyo de distintos sectores públicos y privados hacia el empeño de médicos y científicos por encontrar tratamientos eficaces y desarrollar vacunas que contrarresten las atrocidades de una enfermedad peligrosa; en contraste con la incredulidad de algunos para admitir que la pandemia es un hecho verídico y palpable, en todo caso vista como una estrategia realizada por las grandes entidades políticas y financieras para encaminar el rumbo del nuevo orden mundial, junto al temor y escepticismo hacia las curaciones y vacunas existentes.

El combate entre ambas reacciones pasó rápidamente del plano personal hacia lo mediático, donde periódicos y cadenas de noticias han tomado partido, emplazando el terreno de los escépticos e incrédulos. La máxima empleada es unánime: miedo mata vacuna, e información mata al miedo. A propósito, ahora como antes, mucho se ha escrito sobre la forma en que la humanidad ha logrado afrontar la desolación traída por las epidemias y pandemias. Por el contrario, poco se ha dicho sobre las voces que al ir a contracorriente se han convertido en un apéndice al margen, una recopilación de anécdotas morbosas y reprobables sobre semejantes situaciones.

Quisiera aprovechar la brecha abierta para profundizar específicamente sobre las reacciones negativas en cuanto a la vacunación y las medidas adoptadas para contrarrestarlas. Me ocuparé del caso de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1810) igualmente conocida como la Expedición marítima de la Vacuna o la expedición de Balmis, la cual se ha considerado como la primera campaña de vacunación realizada a nivel mundial. A través de la ventana que proporcionan las huellas del pasado, podemos sumergirnos en la comprensión de sociedades tan distantes a las nuestras, y al mismo tiempo orientarnos y ocupar su efecto reflejante para pensar sobre nuestro presente.

La vacuna contra la viruela y la expedición de Balmis: los antecedentes

El 30 de noviembre de 1803 la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna partió del puerto de la Coruña, en España. Financiada por las arcas reales del rey Carlos IV, y bajo el comando del cirujano Francisco Xavier de Balmis, la empresa tuvo como finalidad llevar la vacuna contra la viruela a todas las posesiones españolas de ultramar, pasando de las Islas Canarias hacia los virreinatos y capitanías americanas, hasta alcanzar las Islas Filipinas y China. A riesgo de perderse entre la inmensidad de pormenores que la expedición libró durante su largo recorrido, me concentraré únicamente en subrayar la importancia de algunos antecedentes que la hicieron posible, en la medida en que son esenciales para situar las resistencias que causó y las estrategias que contrarrestaron las reticencias.

Salida de la corbeta María Pita hacia América con la expedición al mando de Francisco de Balmis. Litografía de Manini impresa en Francisco Pérez, Historia de España en tiempos de Fernando VII. Colección: Biblioteca Nacional de España. Imagen tomada de aquí: https://udc.gal/es/biblioteca.oza/divulgacion/exposicions/viruela/

Previo a que se pusiera en marcha la expedición, en Hispanoamérica existieron diversas campañas locales de variolización contra la viruela. Las experiencias americanas tuvieron especial importancia, al grado que en 1803 el Consejo de Indias había consultado al doctor José Flores, en ese entonces médico de Cámara del rey, su opinión sobre la posibilidad de extender la prevención de los brotes epidémicos, ahora a nivel imperial. La reconocida habilidad de Flores en las campañas de variolización de la ciudad de Santiago de Guatemala y sus alrededores, lo convirtieron en un valioso referente para la Corona. En palabras del otrora protomédico, la viruela causaba que los súbditos del rey «titubeaban al borde de un precipicio».

La opinión de Flores no era ninguna exageración. La viruela (Variola virus) fue una enfermedad extremadamente contagiosa, la cual podía desencadenar una infección por demás mortal. Se transmitía por contacto directo con los enfermos o sus fluidos, y también por objetos contaminados. Los contagios mantenían una tendencia cíclica que la hacían resurgir de epidemias anteriores, en lapsos que podían extenderse hasta por veinte años.

Sobra recordar los estragos que la introducción de la viruela causó en América, la cual fulminó a buena parte de la población india durante los siglos XVI y XVII. Incluso en el siglo XVIII, la enfermedad tenía una considerable tasa de mortalidad en Europa, rondando aproximadamente entre el quince y el treinta y tres por ciento de todos los contagios. A pesar de que se había vuelto semiendémica en numerosas villas y ciudades de las Indias Occidentales, la viruela no cesaba de atacar a sus habitantes, principalmente a los indios. Los sobrevivientes expuestos a las variantes más severas quedaban con secuelas terribles, en su mayoría cicatrices causadas por las erupciones cutáneas y, en ocasiones, ceguera y pérdida de extremidades.

Rutas de la expedición marítima de la vacuna contra la viruela en América con las sub expediciones
de Balmis y Salvany. Mapa publicado en Bulletin of
the History of Medicine, volumen 83, número 1, 2009.

Por otro lado, la expedición podría considerarse como una de las máximas expresiones de la ilustración hispánica. No sólo se trataba de un proyecto que hiciera frente al preocupante despoblamiento que la viruela causaba en el Imperio español. La empresa era la cereza que terminaría por completar el resto de políticas sanitarias implementadas por la casa real de los Borbón, como el saneamiento de las ciudades, la creación de cementerios alejados de las trazas urbanas, la asistencia social o el fomento hacia la investigación médica y farmacéutica. Aunque la Corona buscaba mejorar la salud de sus súbditos, su trasfondo simultáneamente se relacionaba con la triple intención de afianzarse como una monarquía ilustrada; para mejorar su imagen ante sus reinos indianos, mermada por la imposición de su proyecto reformista; al igual que se creía serviría como un medio para fortalecer su reformismo absolutista, garantizando, a través de la salud, el crecimiento de un rico y poderoso Estado.

Sin embargo, llevar a cabo una expedición que recorrería gran parte del planeta requería de cuantiosas sumas de dinero, en un momento donde España se encontraba en una maltrecha situación financiera, resultado de las guerras que había librado contra Francia (1793-1795) e Inglaterra (1796-1802). Un aspecto fue decisivo para que el Consejo de Indias aprobara la realización de la Expedición marítima: los avances generados por Edward Jenner en el método de inoculación de la viruela.

En 1798 el médico inglés Edward Jenner publicó su famosa investigación intitulada An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vacunae. En ella se presentó el uso de la viruela bovina como método para prevenir la viruela humana. Jenner tuvo noticia de cómo los pastores del condado de Gloucestershire no se enfermaban de viruela al estar en contacto con las erupciones que brotaban de las vacas contagiadas. Pronto ese saber local resguardado por los pastores de Gloucester se reformuló en un conocimiento médico universal. Jenner realizó una serie de experimentos que pronto derivaron en un mecanismo de inoculación más seguro que la variolización —a la que regresaré líneas adelante. El método consistió en inocular (injertar o introducir) la variante bovina de la viruela en un individuo sano sin desatar los efectos perjudiciales de la infección, lo que a grandes rasgos le prevenía de nuevas infecciones (inmunización). Ese revolucionario mecanismo comenzó a llamarse con el nombre de vacuna. Sus resultados recorrieron rápidamente Europa y generaron al mismo tiempo un conjunto de artículos periodísticos, boletines, reportes y tratados, igualmente publicados en España entre 1799 y 1804.

Portada del An Inquiry publicado por Edward Jenner, 1798. Colección: Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. Imagen tomada de aquí: https://collections.nlm.nih.gov/catalog/nlm:nlmuid-101596457-img

Finalmente, los avances de Edward Jenner en la vacuna y las experiencias americanas en las campañas de variolización inclinaron la balanza para que la Corona decidiese tomar un salto de proporciones monumentales en el combate contra la viruela. Los reportes presentados por el médico José Flores ante el Consejo de Indias brindaron valiosa información con recomendaciones acerca de la organización sanitaria y las estrategias que los expedicionarios debían tener en cuenta a la hora de poner en práctica sus campañas. La recepción de la vacuna asimismo fue reforzada por las opiniones de los entusiastas ilustrados, entre ellos, el cirujano Francisco Xavier de Balmis, uno de los impulsores del proyecto expedicionario. Balmis fue designado como cabeza de la Real Expedición en tanto era un experimentado cirujano militar que había servido en hospitales de España y América. Además se había convertido en un especialista de la vacuna y su ferviente promotor, al grado de haber traducido el importante Traité historique et practique de la vaccine (Tratado histórico y práctico de la vacuna) publicado en 1801 por el médico francés Jacques Louis Moreau de la Sarthe.

Progresión de los granos de la vacuna desde el día cuatro hasta el día quince en su tamaño y color natural. Lamina del Tratado histórico y práctico de la vacuna, 1803. Imagen tomada de aquí: https://wellcomecollection.org/works/xu53457e/items?canvas=40&langCode=false

Las resistencias a la vacunación

En 1802, antes del arribo de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en América, habían surgido algunos brotes de viruela. Posteriormente, durante su incursión en tierras americanas, los expedicionarios encontraron serios reveses que dificultaron su misión, entre los cuales sobresalen la falta de coordinación con las localidades y la resistencia de algunos pobladores a ser vacunados.

En julio de 1804, Balmis y la Real Expedición llegaron al puerto de Veracruz, en Nueva España. Prestos a comenzar sus labores de vacunación, no encontraron voluntarios dispuestos a inocularse. Para su sorpresa, la vacuna había sido previamente introducida desde la isla de Cuba en abril del mismo año. Aunque la inoculación era voluntaria, el fluido para vacunar duraba de cinco a doce días almacenada en láminas de vidrio, por lo que requería ser resguardada en humanos que, inoculados de brazo a brazo, alojaran el «pus» o «humor vacuno» que permitiera continuar con las inmunizaciones. Por tanto, los expedicionarios procuraron que el gobernador de Veracruz proporcionara diez reclutas del regimiento local para vacunarlos.

Un mes después, ya establecidos en la Ciudad de México, observaron que la vacuna había sido enviada desde Veracruz, y nuevamente se vieron forzados a solicitar la intervención de las autoridades civiles para encontrar voluntarios. Los niños y jóvenes eran las principales víctimas de la viruela, por lo que a ellos estaba dirigida la inmunización. Pasados algunos días, un oficial real convenció, tras muchos ruegos, a veinte mujeres indias para vacunar a sus hijos. Sin embargo, los subordinados de Balmis registraron que, después de haberlos inoculado, «cada una de las mujeres fue al boticario más cercano para conseguir un antídoto al veneno que habían introducido en los brazos de sus hijos».

El Dr. Jenner realiza su primera vacunación, 1796, Ernest Board. Colección: Galería de Wellcome. Imagen tomada de aquí: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Dr_Jenner_performing_his_first_vaccination,_1796_Wellcome_M0000144.jpg

La situación que los expedicionarios libraron en la ciudad de México en agosto de 1804 tiene especial relevancia por tratarse de la capital de la Nueva España, entonces uno de los principales virreinatos en América. A través de su ejemplo presumo que en otros lugares se pudieron haber presentado situaciones similares. Frente al temor y rechazo de un número difuso de personas para aplicarse la vacuna, surge una pregunta fundamental: ¿por qué causaba tanta desconfianza el método impulsado por Edward Jenner? La respuesta es sencilla, aunque al mismo tiempo carga con cierta complejidad.

Por principio de cuentas, las anteriores medidas contra la viruela dejaron una imagen poco alentadora para la vacuna. Durante la segunda mitad del siglo XVIII en el virreinato se incrementaron las acciones sanitarias para contrarrestar los brotes epidémicos, las cuales en esencia consistían en contener la propagación de nuevos contagios a través de la imposición de cuarentenas y la búsqueda de enfermos para aislarlos en hospitales y lazaretos improvisados.

No obstante, los oficiales reales reportaban que muchos pobladores, y en especial los indios, eran reacios a las medidas impuestas. El temor de las familias por apartarse de sus enfermos, al considerar que éstos empeorarían si se les concentraba en los hospitales, provocó que prefirieran huir fuera de los asentamientos o esconderlos en sus casas y mentir a las autoridades reales. Por su parte, las limitaciones en la movilidad de las comunidades vulneraban sus medios de subsistencia, aumentando la desesperación y la precariedad. Las cuarentenas y el aislamiento prolongado de contagiados produjeron grandes malestares, al grado que, como sucedió en el pueblo de Tsutitlán en 1797, provocaron levantamientos.

A la par de las medidas de contención, médicos como el distinguido doctor y matemático José Ignacio Bartolache crearon folletos informativos que daban nociones sobre la enfermedad de la viruela y remedios para lidiar con la infección. En su Instrucción que puede servir para que se cure a los enfermos de las viruelas epidémicas (1779), Bartolache recomendaba algunos remedios caseros para mitigar los síntomas, que consistían en expeler todo el vómito que podía aparecer ingiriendo agua con sal, y agua cocida con amapola (Borago officinalis) o con flor de borraja (perteneciente al género taxonómico de las Papaver) para contrarrestar el resto de malestares. Una dieta de atole «puro» y beber agua simple o mezclada con un poco de azúcar —añadía— ayudaba al restablecimiento de los enfermos.

Aunque los remedios eran eficaces en casos leves y moderados, pues continuaron utilizándose hasta finales del siglo XVIII, las infecciones severas quedaban a la suerte del contagiado. El escepticismo hacia la medicina profesional y los recursos empleados contra la viruela se vieron reflejados en algunos reportes civiles y eclesiásticos de la década de 1790, que, como advertía el párroco el encargado de Tlalnepantla, los indios en particular no confiaban en la medicina española y «se pasan convencidos de que los españoles los engañan».

Exvoto con cuatro milagros de San Miguel, siglo XVII. Colección: particular. Imagen tomada de aquí: http://52.183.37.55/artworks/1124

Si los recursos para contener y sobrellevar los brotes generaban incertidumbre, su prevención por medio de la variolización fue objeto de polémica y de franca colisión entre las concepciones médicas existentes.

La variolización era el método de inoculación que se ocupaba antes del desarrollo de la vacuna contra la viruela, y fue ampliamente utilizada en África y Asia desde tiempos antiguos. En Occidente, Inglaterra la introdujo a finales del siglo XVII y la utilizó de forma extendida por primera vez para contrarrestar las epidemias que aparecieron en Londres y Boston durante 1721. España comenzó a ocuparla desde 1728, aunque la practicó esporádicamente hasta la década de 1770. En Hispanoamérica se realizaron algunos ensayos en lugares como Bogotá (1756-1757, 1782, 1786), Caracas (1766), Guatemala (1780, 1794), Lima (1777, 1797), México (1779, 1797), Paraguay (1797), Puerto Rico (1792) y Santiago de Chile (1765).

A diferencia de la vacuna, el mecanismo se realizaba únicamente de humano a humano. Se tomaba el líquido de las ampollas de algún enfermo infectado con una variante leve para introducirlo en el tejido subcutáneo de una persona sana. La variolización no era del todo inofensiva, pues tuvo una tasa de mortalidad de veinticinco por ciento en las personas inoculadas. Su eficacia podía ser incierta, y sus resultados dependían de las condiciones de su uso. Tampoco evitaba problemas secundarios como desfiguraciones o ceguera.

Instrumentos de vacunación en el siglo XIX. Imagen tomada de aquí: https://www.historyofvaccines.org/content/vaccination-instruments

En la Nueva España la variolización desató controversias entre médicos y oficiales reales. En tanto varios galenos prominentes estaban convencidos de los beneficios, sus críticos argumentaban que contribuía a la dispersión de la viruela y no a su prevención. El mismo virrey Marqués de Branciforte dudaba del mecanismo, y procuró que, para afrontar la epidemia de 1797, se prefirieran las cuarentenas y el aislamiento. Finalmente, se permitió que las variolizaciones se emplearan de forma voluntaria, aunque continuó siendo objeto de lucha entre sus detractores, caracterizados en buena medida por los médicos y cirujanos de tradición hipocrático-galénica (centrados en un ejercicio esencialmente libresco y especulativo basado principalmente en la teoría humoral), frente a sus partidarios, el cúmulo reducido de médicos de corte experimental, aquellos profesionistas centrados en la investigación farmacéutica y la práctica clínica con los pacientes en los hospitales.

Como sucedió en el resto de Occidente, entre los detractores se sumaron algunos religiosos, quienes veían en la variolización un atentado contra la función divina de las epidemias, vistas como castigos enviados por Dios para purgar a los pecadores. Otros clérigos observaron en las intenciones de los médicos explicaciones terrenales, entre ellos posiblemente el padre José Hinojosa, director del coro de la catedral metropolitana de México, a quien se acusó de haber sido el autor de la siguiente sátira:

Los médicos más pobres, los más necesitados

las inoculaciones han inventado.

Más, empero, se dice de los inoculados

que con la muerte van tomados de la mano.

Piensan que sanarán y están equivocados,

se trata de una trampa en la que así han caído.

Esto es tan verdadero que los tiene asustados

mientras que muchos otros la muerte han encontrado.

En ese sentido, las reacciones de las indias de la ciudad de México en agosto de 1804, como el levantamiento del pueblo de Tsutitlán y la sátira de 1797, no surgieron de la nada. Ante todo fueron manifestaciones comprensibles frente a un peligro potencial, motivadas por la desconfianza respecto de las medidas que se habían utilizado para afrontar las epidemias de viruela de finales del siglo XVIII y, en abstracto, de la medicina profesional en su conjunto. El miedo hacia las campañas de vacunación realizadas por la expedición marítima fue consecuencia de los rumores y las dudas que todavía circulaban en la Nueva España y en el resto de Hispanoamérica.

Las estrategias frente a la resistencia

El temor fue, quizás, el principal enemigo que los expedicionarios de la vacuna debían vencer para consolidar su labor. Sin embargo, no sólo se trataba de la propagación del miedo. En realidad necesitaban hacer frente a la relativa efectividad que la medicina occidental había mantenido durante el periodo moderno, ya fuese en sus modalidades tradicional-especulativa o experimental. Por tanto, resultaba indispensable paliar las predisposiciones e ideas negativas y remediar la carencia de información que la gente tenía para así poder aceptar la vacunación.

Pese a los problemas, la Real Expedición contaba con el incondicional apoyo de la Corona, y por extensión, de sus autoridades reales en Indias; de los científicos, entusiastas e intelectuales ilustrados dispersos en los territorios americanos; además de su vinculación estratégica con la Iglesia. Los oficiales reales se encargaron de hacer valer las campañas de los expedicionarios mediante una constante persuasión que indujera a las personas a inocularse. Incluso, para convencer a la población, el virrey José de Iturrigaray envió a su hijo menor a la Casa de los Niños Expósitos para ser vacunado.

Por su parte los partidarios de la medicina experimental divulgaron los beneficios de la vacuna. En su mayoría se trataba de la élite que se había codeado con la atmósfera de la ilustración, junto con su producción científica e intelectual. Durante la epidemia de 1797 fue el sector que acogió abiertamente la variolización, y con la llegada de la vacuna se esforzaron por introducirla en sus propias comunidades. En particular la Gazeta de México, periódico de gran circulación al interior del virreinato, esparció las noticias sobre la vacunación en el resto de la Nueva España y remitió suplementos para despejar dudas y presentar su funcionamiento.

Portada del II Suplemento de la Gazeta de México, 26 de mayo de 1804. Colección: Hemeroteca Nacional Digital de México, UNAM. Imagen tomada de aquí: http://www.hndm.unam.mx/consulta/publicacion/visualizar/558075be7d1e63c9fea1a2b0?intPagina=9&tipo=publicacion&anio=1804&mes=05&dia=26

Finalmente, la Iglesia fue fundamental para que los pueblos y villas aceptaran las campañas. El reconocido médico José Flores aconsejaba a los expedicionarios que contaran con la presencia de párrocos, para que éstos aminoraran la incertidumbre que sentían los pobladores durante las jornadas de inoculación. Esta medida era vital, por el peso moral, jurídico y social que la Iglesia católica tenía en el entorno hispánico.

Durante siglos el cristianismo había hecho una estupenda alianza con la medicina hipocrático-galénica, revistiendo de un sentido religioso las enfermedades por demás crónicas o mortales como la peste negra, cuyas causas (nosología) resultaban ampliamente indeterminadas, ahí donde las teorías y especulaciones médicas existentes no podían hallar explicaciones coherentes. Incluso el fervor de la feligresía llegó a avivar tremendas reacciones, a extremos que justificaron las matanzas de judíos, cuando la peste negra arrasó con Europa durante la Baja Edad Media.

Conviene saber que clérigos como el arzobispo de México Alonso Núñez de Haro y Peralta fueron partidarios de la variolización, y apoyaron ampliamente la contención de las epidemias de viruela que surgieron durante el último tercio del siglo XVIII. En cambio, durante la primera década del siglo XIX, la Iglesia católica hispánica se convirtió en el respaldo de una vacuna «destinada por la Providencia para alivio y consuelo del género humano y honor de la medicina», en palabras de la Gazeta de México. Por su parte, el dominio directo e implícito que la Corona española ejerció sobre la Iglesia en sus territorios (Regio patronato) aseguró que la clerecía indiana en su conjunto se sumara a su cruzada por extender la vacunación, lo que quizás terminó por aplacar las opiniones adversas de uno que otro párroco.

Reflexiones finales

El esfuerzo de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna no terminó con los brotes de viruela en América, aunque sentó valiosos precedentes sanitarios. No fue sino con la cooperación internacional de mediados de siglo XX que las campañas de vacunación cercaron los contagios, hasta que finalmente en 1980, la Organización Mundial de la Salud declaró su completa erradicación mundial.

Las resistencias contra la vacuna en la Nueva España, como en el resto del Imperio español, durante la primera década del siglo XIX, surgieron gracias al temor y la desconfianza respecto de las medidas de contención y prevención, en un periodo donde la medicina en su conjunto se desarrollaba con muchos tropiezos. Tanto expedicionarios, clérigos y oficiales reales percibieron el problema de informar y concientizar a un ingente cúmulo de sociedades en su mayor parte analfabetas y con profundas desigualdades, por lo que las campañas de vacunación contra la viruela dependieron principalmente de una extensa persuasión a través de las autoridades reales y eclesiásticas complementada con la divulgación impulsada por las redes de entusiastas ilustrados, científicos y médicos.

La lucha contra la enfermedad y la muerte está lejos de ser el relato simple de un progreso triunfante. En realidad ha sido un camino lleno de zarzas y espinas para la humanidad en su conjunto y para la medicina en lo particular. A su vez, constituye el resultado de una accidentada construcción de conocimientos, prácticas y tratamientos desarrollados en Oriente y Occidente desde tiempos inmemoriales, y con mayor dinamismo a partir del siglo XIX hasta la actualidad. Más allá del papel protagónico de los profesionales de la medicina, aquella orquesta incansable ensayando los acordes de la sanidad, resulta prudente prestar atención a las comunidades con las que han compartido escenario y que también han pagado un alto costo social y humano.

Las reacciones de adversidad y aceptación hacia las vacunas (inoculaciones) y los tratamientos médicos no fueron, ni son, problemas triviales. Hoy en día se sabe que el miedo y la desinformación son los grandes componentes que fomentan la renuencia contra los beneficios que brindan las vacunas. No obstante, lejos de ser un problema que dependa únicamente de actitudes personales, es necesario reconocer que semejantes resistencias necesitan comprenderse al analizar el entrelazamiento y la complejidad de sus factores. La medicina y su impacto sociocultural, conllevan al mismo tiempo una inmersión en las recónditas profundidades de la ciencia, la economía, la educación, la política, la religión y el pasado.

Para saber más

Cooper, Donald B., Las epidemias en la Ciudad de México, 1761-1813, traducción de Roberto Gómez Ciriza, México, Instituto Mexicano del Seguro Social, 1980.

Cueto, Marcos, Steven Palmer, Medicine and Public Health in Latin America. A History, Nueva York, Cambridge University Press, 2015.

Mark, Catherine, José G. Rigau Pérez, «The World’s First Immunization Campaign: The Spañish Smallpox Vaccine Expedition, 1803-1813» en Bulletin of the History of Medicine, volumen. 83, número. 1, primavera 2009, p. 63-94.

Morales Cosme, Alba Dolores, «Una política sanitaria en la colonia: el caso de la vacuna contra la viruela», tesis de licenciatura, México, Facultad de Filosofía y Letras-Universidad Nacional Autónoma de México, 1996.

Porter, Roy, Breve historia de la medicina. Las personas, la enfermedad y la atención sanitaria, traducción de Irene Cifuentes y Teresa Carretero, Madrid-México, Taurus-Merk, 2004.

Tanck de Estrada, Dorothy, «Muerte precoz. Los niños en el siglo XVIII» en Pilar Gonzalbo Aizpuru (coordinadora), Historia de la vida cotidiana en México. Tomo III. El siglo XVIII: entre tradición y cambio, México, El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, 2012, p. 213-245.

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