La moda: amiga y perdición
febrero 13, 2021 La Bola

La moda: amiga y perdición de las mujeres

Por Azalia Servín Alejandre

En este artículo se analiza la naturaleza ambivalente de la moda femenina durante la segunda mitad del siglo XIX a partir del estudio de la Casa Worth, la primera casa de alta costura fundada en París en 1858. La manera en que el dueño de este negocio y sus clientas fueron percibidos por sus contemporáneos revela los valores, las aspiraciones y los miedos de una sociedad en proceso de modernización. Mientras el crecimiento de la industria y de los medios de comunicación generados por el desarrollo tecnológico se consideraron signos de progreso, los cambios sociales y culturales derivados de dicho crecimiento fueron recibidos con recelo, en particular lo que atañía a las relaciones de género. La mayoría de los letrados se oponía a la desaparición de la mujer tradicional, oposición que se traslució en su discurso en torno a la moda.

La moda en el siglo XIX, una cuestión moral 

El siglo XIX fue el siglo de la moda. Por primera vez en la historia, la ropa nueva y a la moda fue accesible para todos gracias al avance tecnológico de la industria textil y al surgimiento de la industria de la confección, es decir, de la fabricación de ropa en serie. Este hecho fue celebrado por muchos, entre ellos, Michelet, quien en el El pueblo vinculó el progreso material al progreso moral: 

No se trata de simples mejoras materiales: significan un progreso del pueblo tanto en su exterior como en su apariencia, que es el patrón con el que los hombres se juzgan entre sí; son, por así decirlo, la igualdad visible. El pueblo se eleva, por ese camino, a ideas nuevas que de otra manera no alcanzaría; la moda y el gusto son para él una iniciación en el arte. Agregad –cosa más importante aún– que el vestido impresiona a quien lo lleva: éste quiere ser digno de él y se esfuerza por ponerse a su altura por su postura moral.

A partir de la supuesta influencia de la ropa en el comportamiento, las personas fueron juzgadas por su exterior. A través de la indumentaria y la forma de llevarla los decimonónicos creían conocer la moral, el carácter, la clase, las costumbres y la educación de sus contemporáneos. La semejanza entre las palabras para referirse a la ropa y a las costumbres: «Habits et habitudes, −costumes et coutumes» se tomó como prueba de la relación entre la ropa y la moral.

Debido al poder de la indumentaria para moldear y reflejar el carácter, vestir a la moda y según la edad, el género y la posición económica y social de cada uno se convirtió en un imperativo social; no cumplirlo se consideraba una falta de respeto al orden moral de la sociedad y conllevaba el ridículo, el ostracismo, el riesgo de que a uno lo tomaran por quien no era, o bien, que se dudara de las cualidades profesionales de las personas. Al ser la ropa «el más poderoso de los símbolos», como decía Balzac, los sacerdotes, los juristas, los militares y los gobernantes utilizaban prendas que destacaran sus cargos. Por ejemplo, el manto usado por la reina de Inglaterra el día de su coronación estaba cargado de simbolismo, los motivos florales representaban a los miembros del Reino Unido (rosas, Inglaterra; trébol, Irlanda; cardo, Escocia), las estrellas a la India colonial y las coronas a la monarquía. En otras palabras, es una pieza que pretendía reflejar el poderío del imperio inglés.

Fotografía de Alexandra de Dinamarca, reina del Reino Unido, 1902. Royal Collection Trust. Imagen disponible en: https://www.rct.uk/collection/2106320/queen-alexandra-1843-1925-wearing-coronation-robes-with-attendants-1902

La moda, una cuestión femenina

«si une femme cesse d’être une poupée , elle cesse d’être une femme»

Taine, Notes sur l’Angleterre

En el caso de las mujeres, la ropa era además un deber de género. Para demostrar su desprecio al Antiguo Régimen y al mismo tiempo manifestar la igualdad entre los hombres, el guardarropa masculino decimonónico quedó reducido al traje negro. A partir de esta «renuncia masculina al adorno», como la llamó el psicoanalista inglés Carl Flügel,  la moda se volvió un asunto femenino. 

Dada la relación entre moda y moral, se creía que una mujer floja seguramente también era floja moralmente, o bien, no era mujer, pues la «naturaleza» y el bienestar de la sociedad les inspiraban el deseo de agradar. Las ideas en torno al gusto natural por la ropa databan por lo menos del siglo XVIII. En 1762, Jean Jacques Rousseau afirmaba en su tratado educativo Émile que “las pequeñas niñas, desde que nacen, aman el adorno: no contentas con ser bonitas, ellas quieren que uno las encuentre tales”. ¿De dónde nacía este deseo por ser bonitas? De su destino, según Rousseau, las mujeres nacieron para los hombres: “para gustarles, serles útiles, ser amada y honrada por ellos, criar a los jóvenes, cuidar a los grandes, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce.” Aunque el gusto excesivo por el adorno no era recomendable, a las mujeres poco agraciadas sí les estaba permitido dedicar mucho tiempo y energía en él, porque en este caso el fin sí justificaba los medios. En la caricatura «Être et paraître«, el caricaturista Paul Hadol se mofa justamente de los artilugios a los cuales recurrían las mujeres a fin de alcanzar el ideal de belleza dominante en 1869.

Hadol, «Être et paraitre», en Le monde comique, No. 1,  ca. 1869, p.1.

De acuerdo con la domesticidad, la ideología dominante en el siglo XIX, la principal misión de una esposa era ser el «ángel guardián de su casa», o sea, vivir consagrada a su familia, al cuidado de su casa, y a Dios a través de la oración y la caridad. Bajo estas circunstancias, se esperaba de las señoras que fueran el principal adorno de sus casas. La respetuosa admiración que despertaba una mujer era un halago al amor propio de su marido. Al no poder adornarse a sí mismos, las mujeres se convirtieron en las vitrinas de los hombres, es decir, el lujo de sus prendas reflejaba la fortuna de sus padres, esposos o amantes, hecho que el economista y sociólogo Thorstein Veblen denominó «consumo vicario».

Sólo las emancipadas –mujeres que se negaban a ser únicamente madres y demandaban el derecho a la educación, al trabajo, al voto, a un contrato matrimonial justo y al divorcio–, no se interesaban por la moda, porque desde su punto de vista, el gusto por la moda era uno de los mecanismos para cosificar e infantilizar a las mujeres. En la serie de caricaturas titulada Ladies of the Creation realizada por el ilustrador inglés John Leech para satirizar a las emancipadas, el autor se mofa del desprecio de éstas por el adorno.

John Leech, «The Ladies of the Creation; or How I Was Cured of Being a Strong-Minded Woman», en Punch´s Almanack for 1853, Londres, Published at the Office, 1853

La moda, perdición de las mujeres

Como se señaló arriba, la moda se consideraba un deber para las mujeres; no obstante, se creía que muchas lo llevaban al extremo, al grado de descuidar otros deberes. A pesar de que la Iglesia seguía jugando un papel muy importante en la sociedad, en la prensa eran frecuentes las sátiras sobre la religiosidad de las señoras, por ejemplo, en una caricatura de Bertall sobre las carreras de caballos (unas de las principales de la época), una provinciana toma nota de la toilette de las parisinas para imitarlas, pues quiere un vestido así para la misa del domingo, el principal acontecimiento social de la semana en muchos pueblos.

Bertall, «Courses de septembre (suite)», en Le journal amusant, No. 509, 30 de septiembre de 1865, p.6

Es muy probable que el origen de lo anterior se debiera al desarrollo comercial. A lo largo del siglo XIX, las mercerías y otros negocios dedicados a la venta de artículos para el adorno evolucionaron hasta convertirse en verdaderos templos dedicados al consumo. Con la aparición de las «tiendas de novedades», las antecesoras de las actuales tiendas departamentales, las mujeres hallaron un lugar en el que podían no sólo comprar, sino también en el cual podían gastar su tiempo libre y socializar (en esa época ya existían clubes literarios y políticos llamados «círculos», pero estaban reservados a los hombres). Esta nueva práctica fue condenada, porque supuestamente el tiempo que antes pasaban las damas en la Iglesia, ahora lo pasaban en las tiendas. De igual manera, alarmó la proliferación de establecimientos liderados por hombres. En 1861, el escritor Eugène Pelletan preguntaba: 

¿creería usted que en pleno siglo diecinueve vemos modistos que tienen barba –hombres, hombres auténticos, hombres como los suavos que con sus manos sólidas toman las dimensiones exactas de las mujeres con más abolengo de París, las visten, las desvisten, las hacen ir y venir ante ellos, ni más ni menos que como los bustos de cera en los escaparates de los peinadores? 

La desazón de Pelletan surgía de la ruptura con el modo tradicional de producir la moda en Francia. Desde que Luis XIV creó el gremio de las costureras en 1675 a fin de resguardar el pudor y la modestia de las damas, la sociedad asumió que la costura era un oficio femenino, primero porque se pensaba que las mujeres tenían más gusto por los detalles, segundo porque se decía que era un trabajo que no requería mucha «fuerza» e «inteligencia», tercero porque era uno de los pocos empleos accesibles para las mujeres, a quienes el desempleo orillaba frecuentemente a la prostitución.

Por eso, cuando el modisto inglés Charles Frederick Worth abrió su negocio en París, sus contemporáneos afirmaron que por su culpa, las mujeres perdían la virtud más valorada del siglo: el pudor, porque las veía en ropa interior, las tocaba para tomarles las medidas, las examinaba como examinaría a un caballo antes de comprarlo y las citaba en la noche para supervisar el uso de sus creaciones antes de los bailes. Por todo lo anterior, Alexandre Dumas hijo se preguntaba en el prólogo de La dama de las Camelias dónde estaba la dignidad de una mujer «que se hacía vestir por un hombre».

Bertall, La vie hors de Chez soi, L´hiver, le printemps, l´été, l´automne, París, E. Plon et Cie, 1876, p. 328

Por otro lado, el hecho de que una mujer se vistiera con un hombre significaba, según el escritor Léopold Stapléux, que no lo hacían para cubrirse, sino para gustar y excitar y para conseguirlo buscaban a una persona del sexo al cual querían seducir. Si la búsqueda de amantes no estaba en el origen de la coquetería, sí podía conducir a ella, porque de «la coquetería a la galantería no hay más que la distancia de la ocasión» a decir de Pelletan. 

A diferencia de las damas sencillas y recatadas, tal como la joven retratada por el pintor francés Charles-François Marchal, las clientas del señor Worth rompían además con todas las reglas de la decencia, pues competían con las cortesanas por el cetro de la elegancia. 

Charles-François Marchal, Penélope, ca. 1868. Imagen disponible en: https://www.metmuseum.org/art/collection/search/436970

Ante los ojos de los asustados moralistas, era imposible distinguir entre una cortesana y una mujer de mundo, de ahí que unas y otras fueran denominadas con palabras similares: las primeras eran llamadas cocottes y las segundas cocodettes (ver Imagen 7). Pese a que el modisto inglés no era el responsable de esta situación, sí contribuía a mantenerla, primero porque él estaba al frente de todas las cocodettes, segundo porque sin distinguir moralidades, a todas las vestía igual, tercero porque en su negocio decentes e indecentes se hallaban codo con codo. Liane de Pougy, una cortesana devenida princesa y escritora, anotó en sus memorias que a las mujeres como ella les gustaba visitar las casas de costura, porque eran de los pocos lugares donde se sentían bien tratadas. Como el interés de las vendedoras era ganar dinero, no les importaba la virtud de sus compradoras.

Tricoche, «Paris régénéré», en Le monde comique, No. 55, ca. 1869-1870, p.1

Aún cuando las amantes de la moda no cayeran en «la indecencia», el gusto excesivo por la toilette resultaba perjudicial para su familia. Las «víctimas de la moda» dañaban el bienestar material de sus familias porque eran capaces de sacrificar productos básicos, comerse la dote de sus hijas y hacer imposible el ahorro. Desde el punto de vista de Emmelyne Raymond, escritora y editora de periódicos de modas, muchos hogares parisinos no conocían lo necesario por disfrutar de lo superfluo. En algunos casos, el pago de una factura implicaba la venta del patrimonio familiar, o bien, la caída de las mujeres, pues supuestamente las deudoras se veían orilladas a conseguir amantes para saldar sus cuentas. Según el escritor belga Adolphe Van Cleemputte, la mitad de las familias parisinas estaba arruinada a causa de la vanidad femenina. Quizá la obsesión por este tema haya sido la razón por la cual los novelistas y dramaturgos franceses más famosos de la época incorporaron la cuestión del lujo desmedido en sus novelas: Zola lo hizo en La jauría, Sardou en La familia Benoiton y Flaubert en Madame Bovary.

Al mismo tiempo, la publicación en la prensa de noticias sobre litigios entre modistos y sus clientas a raíz de facturas no saldadas también provocó la reacción de los moralistas. Como afirmaba el reverendo padre Huguet, «la mujer que más se estima es de la que no se habla ni hace ruido.» Una mujer comme il faut no debía aparecer en los tribunales ni siquiera como testigo, mucho menos como acusada. A raíz de estos pleitos, los hermanos Goncourt dedujeron que el gusto por el lujo era corruptor. Decían: «Jamás el parecer ha sido tan imperioso, tan gobernante, tan desmoralizante para un pueblo.» Un buen día, concluían, se abriría el libro «de la deuda de la toilette publique

La moda, un arma para sobrevivir en una sociedad patriarcal

A pesar de las críticas, la exclusión del mundo laboral y educativo provocó que las mujeres decimonónicas pertenecientes a las clases medias y altas mantuvieran el interés por el adorno. Primero porque, como lo señaló el sociólogo Georg Simmel, la moda se volvió uno de los pocos terrenos donde ellas podían sobresalir, o, como afirmaría la escritora Esther Sezzi, el lujo era una de las pocas glorias a las que las señoras podían aspirar. Segundo, porque el adorno se volvió una herramienta indispensable para lograr el principal objetivo vital de la mayoría de las mujeres decimonónicas, a saber, el matrimonio. En el caso de quienes sí podían ejercer oficios, como las artistas, la belleza era la mejor aliada cuando se trataba de alcanzar el éxito en los escenarios.

En Le livre des femmes, obra escrita para combatir los movimientos de emancipación femenina, la condesa Dash afirmaba: «el matrimonio es la más grande acción en la vida de una mujer: hay que casarse, la religión y la sociedad lo quieren, ellas exigen que tengamos un protector, una casa, grande o pequeña. Nosotras somos algo por nuestros maridos.» Naturalmente, la toilette era fundamental para la consecución de este objetivo. Por un lado, era importante no asustar a los pretendientes con un gusto desmesurado por la moda pues, como se indicó más arriba, el lujo desenfrenado podía conducir a la ruina de los maridos o a la pérdida de la virtud. Por otro lado, lucir muy bella aumentaba las posibilidades de encontrar un buen partido.

La elección del marido prácticamente determinaba el destino de las jóvenes. Para las muchachas pertenecientes a antiguas familias y bien posicionadas, un buen matrimonio era el principal medio de conservación del estatus. En el caso de las jóvenes consideradas nuevas ricas, un «buen partido» era fundamental para lograr la aceptación de las familias de abolengo. Aun cuando existía una gran rivalidad entre las antiguas y la nuevas élites, los matrimonios entre la nobleza y los burgueses enriquecidos, especialmente estadounidenses, se volvieron muy frecuentes a lo largo del siglo XIX. A pesar de que la antigua nobleza despreciaba a los norteamericanos por su arribismo, la precaria situación financiera de muchos nobles europeos los orilló a casarse con jóvenes del otro lado del Atlántico.

Las estadounidenses, por su parte, tenían en mucha estima el abolengo. De ahí que fueran capaces de humillarse y gastar enormes sumas de dinero con tal de conseguir un marido con título nobiliario. Las herederas estadounidenses desposadas con nobles empobrecidos fueron conocidas como «Dollar Princesses». Mary Leiter, más tarde conocida como Lady Curzon, fue una de estas princesas, su incapacidad para concebir un hijo barón fue uno de los numerosos hechos reales que inspiraron al creador de la serie televisiva Downton Abbey. En la imagen aparece con el célebre vestido «Pavorreal» elaborado por Worth con motivo de la coronación de Eduardo VII. Al ser una prenda pensada para simbolizar el poderío del imperio británico, su tela fue elaborada siguiendo técnicas heredadas de la corte de los mongoles, el zardosi, y sus bordados hacen referencias a símbolos de poder tradicionales en la India, como el pavorreal.

William Logsdail, Portrait of Mary Curzon, Baroness Curzon of Kedleston, 1909, Kedleston Hall, Derbyshire. Imagen disponible en: http://www.nationaltrustcollections.org.uk/object/108822 

Fuera del ámbito de las élites, un buen matrimonio era el principal medio de ascenso social para las muchachas humildes. A diferencia de los muchachos pobres que podían salir adelante a través de la educación y el trabajo, las mujeres no podían entrar a trabajar sin perder clase, de manera que un esposo rico era su única alternativa. Entre las cortesanas, el casamiento representaba el camino a la redención. Aunque estas alianzas no eran bien vistas, algunas cortesanas lograron comprometerse con nobles o millonarios. La historiadora Lola González-Quijano interpreta dichos casamientos como un desafío a las normas burguesas. En la tarjeta de visita captada por el fotógrado Adolphe Disdéri se puede observar a Rosalie Léon, una antigua cortesana que protagonizó un gran escándalo al desposarse con el príncipe ruso-germano Peter Wittgenstein.

André-Adolphe-Eugène Disdéri, Rosalie Léon, 1866. Imagen disponible en: https://www.metmuseum.org/art/collection/search/306162

Incluso lejos de las cuestiones amorosas, la moda jugaba un rol importante en la vida de las mujeres. Entre las que desempeñaban un oficio artístico, el adorno y la belleza eran los mejores complementos del talento. Según Adelaide Ristori, la primera actriz italiana en obtener reconocimiento internacional, para una actriz la apariencia era tan importante como los dotes histriónicos. De hecho, ella creía que había cosechado sus primeros éxitos gracias a su juventud y su buena presencia. Por tal motivo, antes de interpretar a un personaje, además de aprenderse las líneas e investigar el contexto histórico de la obra, obtenía el vestuario apropiado. Cuando se presentaba con el vestuario adecuado, no sólo se sentía más segura, también el público estaba predispuesto a recibirla bien.

El punto de vista de Ristori del vestido como necesidad lo podemos confirmar con la cantante sueca Jenny Lind. Aunque era reconocida mundialmente por su voz, nunca se presentaba en París, la capital mundial de la moda y el arte en esa época, porque no era bonita ni sabía vestir bien, aspectos fundamentales para el público francés. El modisto Worth también conocía a esa audiencia, por eso decía: “¡Pieza elegante! Pueden presentar cualquier cosa, tendrá éxito.” Quizá por ello, las actrices nunca olvidaban anotar en los programas de sus presentaciones el nombre del modisto que había elaborado el vestuario.

Mars, «Costume de Mme. Sarah Bernardt par Worth, au 2e acte de Fédora», en  L´Art de la Mode, Gillot impresor, ca.1883. Imagen disponible en:  https://luna.folger.edu/luna/servlet/detail/FOLGERCM1~6~6~295115~122537:Costume-de-Mme–Sarah-Bernhardt-par#

Conclusiones 

Como se pudo observar, el discurso decimonónico en torno a la moda femenina estuvo lleno de contradicciones, mismas que ponen de manifiesto el miedo a la desaparición de la mujer tradicional, pues al mismo tiempo que condenaban a las despilfarradoras, les exigían vestir según su posición social. También las tachaban de frívolas e indecentes, les exigían ser bellas pero no las dejaban estudiar ni trabajar; los argumentos normalmente aducidos para ello era la supuesta inferioridad física e intelectual de las mujeres. No obstante, hubo quienes justificaban su oposición con el temor a la desaparición del encanto femenino. Para muchos, resultaba intolerable que las mujeres dejaran de ser seres agradables para los hombres. Al estar reducidas al papel de madres, esposas y trofeos para sus maridos o amantes, resulta natural que el adorno se convirtiera en un arma de supervivencia para las mujeres y que éstas hicieran oídos sordos ante la crítica. 

Para saber más

Flügel, John Carl, The psychology of clothes [1930], London, The Hogarth Press Ltd.,1950.

Perrot, Philippe, Fashioning the Bourgeoisie, Trad. Richard Bienvenu, Nueva Jersey, Princeton University Press, 1994.

Servín Alejandre, Azalia, El mundo de la casa Worth, Tesis para obtener el grado de doctora en Historia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018.

Simmel, Georg, «La moda»[1905] en Cultura femenina y otros ensayos, Trad. Genoveva Dieterich, Barcelona, Alba Editorial, 1999.

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