El Plan de Iguala
febrero 18, 2021 La Bola

El Plan de Iguala

El 24 de febrero de 1821 se proclamó el Plan de Iguala. Este documento permitió consumar la independencia, es decir, romper el lazo colonial con España y crear el Estado mexicano.

La revolución de independencia inició en 1810 y tuvo su conclusión once años después. Como todo proceso histórico, tuvo varias etapas. Para 1820, Nueva España estaba en aparente calma: la administración colonial tenía el control político, económico y militar de casi todo el territorio; la insurgencia, con Vicente Guerrero como figura principal, libraba una guerra de guerrillas en las montañas del estado que actualmente lleva su nombre, sus acciones limitadas a esa área no representaban una amenaza para el poder colonial.

Las noticias inquietantes llegaron desde el otro lado del océano Atlántico: el 7 de marzo, después de un levantamiento liberal, el rey Fernando VII juró la constitución española –muy a su pesar– y dio paso a una monarquía moderada. Cabe recordar que dicha carta magna se había promulgado en 1812, pero el monarca, al no estar de acuerdo con ella, la suprimió en 1814 y restableció el absolutismo: el congreso desapareció y regresó a las prácticas del Antiguo Régimen, pues quedó como único soberano. En 1820, las cortes, con capacidad legislativa, fueron reinstaladas y la figura del rey quedó arbitrada por ellas. Los integrantes de este nuevo cuerpo tenían la característica de ser liberales. Entre sus nuevas ideas, estaba buscar la secularización, es decir, querían separar el poder político de la esfera religiosa y limitar la influencia de la Iglesia en la sociedad. Para lograrlo, emprendieron una serie de reformas audaces que generaban una ruptura con la tradición hispana: se le prohibió a la Iglesia adquirir nuevas propiedades, se propuso la desaparición paulatina de las órdenes de frailes y monjes y se quitó el fuero especial a todos los eclesiásticos, entre otras medidas.

Las noticias anteriores desconcertaron a buena parte de las élites novohispanas. Sus intereses se veían ampliamente afectados y decidieron algo impensable once años atrás: romper el vínculo de dependencia con España después de 300 años. La jerarquía eclesiástica no fue la única con esos planes: ricos comerciantes, políticos e integrantes del ejército estaban en desacuerdo con las medidas metropolitanas. Las cortes tenían representantes americanos, quienes impulsaban una serie de leyes afines a sus intereses, de carácter autonomista. Entre ellas, proponían tener un mayor número de diputados en Madrid, la creación de cortes que sesionaran en territorios americanos, la designación de un poder ejecutivo y la formación de secretarías. No obstante, los peninsulares les negaron toda pretensión. Por otro lado, personas desposeídas con reivindicaciones sociales pretendían esa separación en aras de terminar con tanta desigualdad e injusticia. Todos los elementos estaban reunidos para efectuar dicha acción, pero hacía falta un documento… un plan escrito que pusiera en común acuerdo a sectores tan disímbolos y con ciertas contradicciones. Ese papel fue el Plan de Iguala.

El documento fue enarbolado por Agustín de Iturbide, hombre nacido en Nueva España y opositor de la insurgencia. Aunque la firma fuera de este personaje, hubo varios implicados en la conformación de este plan político. ¿Qué es lo que decía? Lo más importante es que decretaba la absoluta independencia del reino y establecía un gobierno monárquico «templado por una constitución». De igual forma, la religión católica quedó como la única permitida y garantizó la preservación de todos los fueros, propiedades y demás privilegios de la Iglesia. También aseguró la ciudadanía de todos los habitantes del territorio, lo que incluía a españoles peninsulares, criollos, indios, mestizos y mulatos; en pocas palabras, proponía una unión entre españoles y americanos. Para sostener todo lo anterior, creaba un ejército, cuyo nombre –de las Tres Garantías– resume su propósito: garantizar la unión, la independencia y la religión.

Los jefes de distintas corporaciones y sectores se fueron sumando a esa propuesta política promulgada en febrero de 1821, intendentes, ayuntamientos, guerrilleros, obispos y frailes. Vicente Guerrero se había adherido desde antes de la publicación, el 10 de febrero; el obispo de Puebla, Antonio Joaquín Pérez Martínez expresó su beneplácito hasta agosto de ese año, aunque estuvo involucrado en la génesis del documento. Por último, Juan O’Donojú –nombrado recientemente Jefe Político de la Nueva España– llegó a un acuerdo con Iturbide (los Tratados de Córdoba) y aceptó la independencia. Así, el 27 de septiembre, el ejército Trigarante entró a la Ciudad de México y comenzó la construcción de México como país.

En conclusión, la importancia del Plan de Iguala radica en que fue un programa político que logró reunir y llegar a acuerdos básicos y generales entre distintos grupos. Es paradójico que muchos lo impulsaron por promover la conservación de privilegios frente a reformas que disgustaban –tal es el caso de la Iglesia o de los comerciantes–, mientras que otros vieron en esta coyuntura la posibilidad de impulsar cambios que generaran una sociedad más igualitaria. De igual forma, es curioso que este pacto guarde gran similitud –se antoja pensarlo como un reflejo– con el México de hoy: en 1821 reunió a personas y sectores muy distintos, algunos diametralmente opuestos. A 200 años, con una composición social contrastante y con sectores muy marcados, poseedores de intereses distintos, la unión continúa y por ello existimos como país.

Para saber más

Chust, Manuel, “Entre la insurgencia y el colonialismo: las Cortes de Cádiz y el autonomismo americano, 1808-1837”, en Historia y sociedad, núm. 12, noviembre de 2006, pp. 217-238. Disponible en: https://revistas.unal.edu.co/index.php/hisysoc/article/view/23274

Gómez Álvarez, Cristina, El alto clero poblano y la revolución de independencia, 1808-1821, México, Facultad de Filosofía y Letras-UNAM, 1997.

Plan de Iguala. Disponible en: https://www.historiadelnuevomundo.com/el-plan-de-iguala/

 

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