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El amor y la sexualidad en el cine: el deseo y la pasión a través de la pantalla mexicana 1896-1950

Por Ana Salinas Alverdi

Desde la creación del cinematógrafo, hace más de cien años, las películas se han insertado en la cotidianidad de las personas. La pantalla grande, con sus personajes, historias y diálogos, se ha vuelto un marco de referencias comunes en las que podemos identificarnos, pensarnos y resignificarnos.

Si bien es cierto que las primeras imágenes e “historias” que fueron producidas por el cinematógrafo a inicios del siglos XIX no eran puestas escenas elaboradas, sino que apelaban a mostrar la cotidianidad de la vida diaria; las calles de las ciudades, personas trabajando, niños corriendo y una larga lista de ejemplos que nos muestran a este invento innovador y fantástico cuya función fue en primera instancia mostrar la realidad tal cual la percibimos. Sin embargo, al igual que pasaría con otras disciplinas artísticas como la fotografía, la pintura o la literatura, el cine representó una oportunidad única para contar historias de una manera muy diferente a las vistas hasta ese momento.

Cinematógrafo de los hermanos Lumière, imagen tomada de WikiMéxico

El cine, ya en los inicios del siglo XX, empieza a apostar por la exploración de nuevas temáticas y la realización de historias más elaboradas. En ese sentido, la representación del amor y de la sexualidad se vuelven dos de los grandes temas que comienzan a abordarse en la pantalla, ya sea de manera conjunta o separada. El cine del nuevo siglo comenzará a beber de las tradiciones opéristica, literaria y teatral ya desarrolladas y consolidadas durante el siglo pasado no solo para crear y plasmar la creatividad artística en las películas, sino también para crear las historias que demandaba un público cada vez más amplio.

Estos procesos creativos cinematográficos fueron compartidos en distintas partes del mundo, en el caso particular de México, el cinematógrafo llegó en 1896 a través de las gestiones que realizaron sus creadores los hermanos Lumière con el gobierno del presidente Porfirio Díaz, de hecho, sería él, así como su círculo familiar y político más cercano quienes disfrutarían de las primeras imágenes proyectadas por el cinematógrafo en nuestro país.

El cine en México, al menos en sus inicios, pasó de ser admirado y consumido por las élites mexicanas como el gran invento y epitome del ingenio humano, a ser un divertimento relativamente común una vez que estratos sociales más populares se interesaban cada vez más en lo que podía contarles el cinematógrafo. Este particular fenómeno, de manera sencilla nos muestra el poder de la imagen cinematográfica que fue capaz de permear en la sociedad, sin hacer una distinción económica y de clase.

Pese a la gran popularidad y aceptación con la que el cine comenzó a aflorar por todo el territorio nacional, también se presentaron distintas llamadas desde el ámbito civil y en particular del religioso para respetar “el orden moral y las buenas costumbres”. La prensa de la época, comenzó a llenarse de opiniones diversas dónde se ponía en relieve y cuestionaba lo visto en las pantallas, incluso se llegó a señalar  el ambiente necesario en las salas para la proyección cinematográfica como uno de los que fomentaba la inmoralidad debido a la oscuridad y a la concurrencia masiva de espectadores.

Además, el cine una vez que comenzó a producir filmes más elaborados y a alejarse más de la aparente “verosimilitud” del cinematografo para adentrarse en puestas escenas más osadas, o presentar historias que enardecían al público, también diversificó sus contenidos al público  y para 1905 se tiene registro de las llamadas “vistas para hombres solos” que fue una forma más elegante de nombrar al cine pornográfico.

Antes del estallido de la Revolución maderista en 1910, el cine como industria presentó los primeros intentos de censura y regulación del contenido sexual y moral de los filmes, y sobretodo en regulación del público que lo consumía, en especial de niños y jóvenes a quienes se les buscó prohibir la entrada a todo espectáculo que se considerará denigrante. Los empresarios y dueños de los locales de exhibición presentaron una ardua batalla en la que se terminó estableciendo reglas de conductas, de higiene y de contenido durante las exhibiciones.

Durante el conflicto armado de la Revolución, se redujeron las películas de ficción, sin embargo, los cines siguieron operando con regularidad, incluso se aprobó una segunda reglamentación para la operación de la incipiente industria cinematrográfica en 1913, contemplando sanciones más severas para quiénes atentaran contra las buenas costumbres. En este periodo, los cines se llenaron de exhibiciones centradas en los acontecimientos políticos y militares que estaban sucediendo en el país. También se llenaron de corresponsales extranjeros sumamente interesados en filmar el conflicto armado y en informar todo lo acontecido a  sus naciones.

Femeneidad en pantalla: deseo, tragedia y baile.

La experiencia revolucionaria sin duda fue un parteaguas para el cine nacional, esta trajo nuevos paradigmas sociales, nuevos cambios a nivel político, y la conformación de una identidad cultural y nacional apegada a los principios revolucionarios populares. Esto resignificó de una manera completamente nueva la forma en la que el cine se veía a sí mismo, ya no sólo como una diversión popular, sino como parte fundamental de este proyecto cultural nacional.

La transición del cine mudo al cine sonoro en la década de 1930 sería fundamental para el fortalecimiento del cine como industria, ya que dotó de una nueva vitalidad a los filmes, que ahora contaban también con las voces de los actores en pantalla para la reafirmación de los diversos mensajes que emitían las películas, y acercaban un poco más al público a las tramas  y personajes que estaban desarrollándose frente a sus ojos.

Sería la película Santa (1933) del director Antonio Moreno, la encargada de inaugurar el cine sonoro mexicano, así como el arquetipo de la representación femenina dentro del cine nacional en al menos tres décadas posteriores a su estreno. La película fue una adaptación de la novela homónima de Federico Gamboa del año 1903. Esta obra tuvo una primera adaptación cinematográfica en 1918, la cual fue musicalizada en vivo. Al igual que la novela, contó con una gran aceptación por parte del público, por eso no es de extrañarnos que se haya escogido a Santa para una nueva adaptación. El éxito del filme fue apabullante, esta versión logró encantar al público que quedó fascinado por las actuaciones de Lupita Tovar como la joven Santa, hermosa e ingenua pero caída en la desgracia de la prostitución, y con Carlos Orellana, como el pianista ciego Hipólito que queda cautivado por el corazón de la joven.

La trama está centrada en la bella Santa, quien es seducida por un soldado revolucionario de nombre Marcelino, para después abandonarla a su suerte provocando que Santa sea rechazada y vilipendiada por su familia, por lo que la joven tiene se ve obligada a huir a la Ciudad de México, dónde para poder sobrevivir termina trabajando en un burdel, es ahí dónde conocería al viejo y ciego pianista Hipólito. Debido a la gran belleza de Santa, pronto se vuelve cínica y egoísta debido a la gran popularidad de la que goza con los hombres, encontrando su verdadero apoyo en Hipólito que se enamora de ella. La trama avanza a un triángulo amoroso con el torero Jarameño, rico y atractivo, quién le pide a Santa que abandone esa vida para estar con él. Aunque Santa acepta, el regreso de Marcelino termina por provocar su ruptura con Jarameño y obliga a la joven a regresar a la vida del prostíbulo. Pronto, Santa cae enferma e Hipólito ocupa hasta el último de sus recursos para salvarla pero es imposible. La película termina con el fallecimiento de Santa y un devastado Hipólito cumpliendo su última voluntad al enterrarla en su hogar.

Afiche promocional de la película Santa

Santa, como fenómeno cinematográfico se encargó de mostrar en pantalla no sólo una historia de tragedia y amor, sino que el argumento sirvió para dotar de un significado moral a las decisiones de la protagonista, a señalar las consecuencias de quebrantar el orden social y el rol de las “buenas mujeres”.

Si bien el personaje principal es víctima de los engaños amorosos de Marcelino, y por consecuencia el origen de su tragedia personal, en filmes posteriores se retomaría a las figuras masculinas como detonantes de los infortunios femeninos, en particular aquellos que conllevan el ejercer su sexualidad plenamente, algo totalmente imposible para la sociedad del México posrevolucionario. El cine nacional comenzó a insertar en sus discursos a las mujeres en un esquema de figura virtuosa, hacendosa con la familia, obediente a los padres y al marido. Aquellas que no cumplían con lo establecido, podrían verse en peligro al caer en la vida de la calle, la prostitución y el vicio, justo como le sucede a la joven Santa. Es interesante notar algunos otros parámetros que estableció el filme: como dotar a la figura femenina con una dualidad narrativa de virtud/seducción y que a través del juego de luces y cámaras se pondría siempre en evidencia el carácter divino de Santa y su batalla personal con la vida viciosa que ejercía.

Fotograma de Santa (1933)

Por otro lado, una vez establecido en pantalla que se necesita un detonante de la tragedia (mayoritariamente masculino), también se conformaría otra figura personificando a un salvador, misma que representa el amor incondicional de Hipolito en Santa, y que sería representada en filmes posteriores como figuras masculinas que aceptan a estas “mujeres caídas” por amor verdadero.

La mujer del puerto de Arcady Boytler (1933) tendría una historia más oscura y transgresora que Santa, largometraje protagonizado por Andrea Palma, en el que no sólo se señalará el mismo modelo de mujer caída de que Santa, también aborda en la pantalla temas nunca antes vistos en el cine durante la época al señalar tabúes sociales como el incesto. En este filme hay un uso del melodrama para señalar las faltas morales de la protagonista, en la que el suicidio es la única solución ante la grave transgresión de las normas sociales.

Fotograma La mujer del puerto (1933) Andrea Palma interpreta a la joven caída en desgracia Rosario.

Ambos filmes, son productos de su tiempo, y nos muestran los roles aceptados por la sociedad donde se construyen las historias. El cine se vuelve entonces un espectáculo masivo que ayuda a normar el cuerpo de las mujeres y las practicas sexuales de la sociedad. Al menos durante la década de los treinta, los personajes de “mujeres caídas” se encontrarían desde los melodramas hasta el género de comedia ranchera, mujeres que por una causa u otra terminan cayendo en la prostitución para sobrevivir.

Para la década de los cuarenta, se integrará el aspecto del baile como un elemento narrativo y erótico que, a diferencia de la década anterior, dota a los filmes de un significado sexual explicito a través de los sugerentes movimientos de las bailarinas que se consagraron en la pantalla grande. Gracias a estos nuevos filmes, conocido como “cine de rumberas”, se lanzarán  al estrellato internacional mujeres como Ninón Sevilla, María Antonienta Pons, Meche Barba o Amalia Aguilar por mencionar algunas.

Las tramas de este cine también contendrán los elementos fundacionales del melodrama creado por Santa, sin embargo, la proliferación de centros nocturnos y la creciente vida citadina absorbió los filmes y creó nuevos paradigmas en las formas de retratar al amor y a la sexualidad. Las historias ahora pasaron a ser protagonizadas por mujeres conscientes del influjo sexual que ejercen sobre los hombres, si bien algunas retoman la tragedia de mujer engañada y caída en desgracia, los personajes que interpretaron actrices como Ninón Sevilla en Aventurera (1950) o con Maria Antonienta Pons en Angel o Demonio(1947) poco dejan que los hombres vuelvan a ser dueñas de sus destinos.

Fotograma de Aventurera (1950). Ninón Sevilla se enfrenta con el hombre que la traiciona en el filme.

Imagen tomada de: Centro de Documentación Filmoteca UNAM, Maria Antonienta Pons en Ángel o Demonio.

Estos dos ejemplos, son versiones muy logradas de la evolución de la representación femenina, y que a diferencia de la gran mayoría de películas producidas durante esos años, el baile fue un pretexto  para impulsar la sexualización del cuerpo de la mujer como objeto de deseo de masas, envuelta en atuendos de fantasía y de sorprendentes pasos de baile. Sin embargo, las interpretaciones de Ninón y María Antonieta dotan de cierta liberación de la sexualidad oprimida y su ejercicio, muy al contrario de sus predecesoras Lupita Tovar y Andrea Palma. Son mujeres que se saben hermosas y exuberantes que no están dispuestas a ser manipuladas nunca más, y eso representó un punto de quiebre para los aspectos más tradicionales que se encontraban en el discurso narrativo de los filmes de los años treinta.

Es evidente, que este tipo de filmes permitía, de una manera cada vez mayor, la exploración de tramas más complejas y de personajes femeninos con una profundidad más grande. Sin embargo, como contrapunto, se puede señalar que estos filmes fueron dirigidos y producidos por hombres, desgraciadamente, la actividad de mujeres directoras y productoras ha sido muy limitada dentro de la industria mexicana, y aunque existieron casos y excepciones, el cine hecho por mujeres se inclinó más hacía los aspectos sociales y no a la sexualización de los cuerpos en pantalla.

Como acotación final de este recorrido por algunos momentos icónicos de la historia de nuestro cine, podemos entender que al menos en sus primeras décadas como industria, los filmes fueron  una forma de transgredir la tradición y la normativa social del amor, lo mismo que el ejercicio de la sexualidad. La pantalla cinematográfica siempre permitió explorar temas puntillosos y polémicos. La diversión que representaba, también vino a ser motivo de la forma en la gente accedía a distintos contenidos, por eso siempre se buscó mediar y controlar lo emitido en pantalla para que no fuera en contra de las convenciones sociales.

Es interesante notar, como el cine en tanto es un productor que construye realidad, reafirma valores y condena conductas.  El cine, se enmarca en una temporalidad que lo dota de significado, por lo tanto, las obras cinematográficas nos dicen mucho de los tiempos en que fueron creadas, y sin duda, el cine mexicano fue fundamental para la construcción de la identidad nacional.

Para saber más

Reyes, Aurelio de los, Los orígenes del cine en México, México, Fondo de Cultura Económica, 2010

Reyes, Aurelio de los, “Del cine mudo al sonoro” en Miradas al cine mexicano, vol. 1, México, IMCINE-CONACULTA,  2016.

Cabañas Osorio, Alberto, La mujer nocturna del cine mexicano, México, Universidad Iberoamericana, 2014.

Tuñon, Julia, “Lloro, luego existo. El melodrama mexicano del cine clásico y de fin de siglo” en Miradas al cine mexicano, Vol. 1, México, IMCINE-CONACULTA,  2016.

Ochoa Ávila, María Guadalupe (coord.), La construcción de la memoria. Historia del documental mexicano, México, Conaculta, 2013.