Altares de lujuria
febrero 19, 2021 La Bola

Altares de lujuria: deseo y perversión en la literatura anticlerical de la Ilustración

Por Mariana Rodríguez Gutiérrez

La cultura occidental sufrió grandes cambios a mediados del siglo XVIII y principios del XIX. En esa época, la denominada «Ilustración», la crítica y el espíritu del debate florecieron. En el presente artículo, con una prosa apasionante e intrigante, la autora aborda dos obras literarias de gran éxito en aquel momento y analiza los fuertes cuestionamientos que los respectivos escritores -uno inglés y otro español nacido en Trinidad- hicieron a la moral católica. Por supuesto, uno de los ataques más férreos lo llevaron a cabo a partir del irremediable deseo sexual en contraposición con la antinatural castidad pedida por la Iglesia a sus clérigos.

«¿Y si encontrara, en este mundo en el que me veo obligado a 

adentrarme, una mujer adorable, adorable como tú, Virgen María…?»

El Monje, Matthew G. Lewis

 

Por largo tiempo, los impresos (libros, folletos, periódicos, hojas sueltas) fueron el medio por excelencia para que las personas se informaran de lo que pasaba a su alrededor y, sobre todo, para que forjaran un juicio sobre su realidad inmediata. Para entender el fin de una época, como fue la transformación que ocurrió a finales del siglo XVIII y principios del XIX en el mundo occidental, estudiar los libros brinda un sinnúmero de posibilidades para entender la irrupción del racionalismo y el conocimiento producido y difundido en el Siglo de las Luces. La Ilustración, entendida como un movimiento intelectual que permitió la reflexión y la crítica del mundo tal y como se conocía, brindó múltiples herramientas para que hombres y mujeres explicaran y debatieran las condiciones sociales y culturales que le daban sentido a su existencia. 

Si la sociedad hasta ese entonces se había guiado sobre todo por preceptos religiosos, casi sin dar cabida a otras formas de explicación, para el último tercio del siglo XVIII el pensamiento racional y la experiencia humana tomaban fuerza y ponían bajo escrutinio el conocimiento antiguo y moderno en todos los ámbitos. Las prácticas culturales también encontraron una forma renovada de expresión, de modo que la lectura, la escritura, la opinión pública, las costumbres, y por supuesto, las ideas relativas al amor y al sexo tomaron rumbos distintos –aunque esto no elimina las continuidades y pervivencias de la tradición–. 

La Iglesia, que gozaba de una omnipresencia en la vida de los individuos de ese tiempo, no sería una excepción y también sufriría el embate de las nuevas corrientes e ideas. La difusión de éstas, a través de los libros, a lo largo de todos los dominios de los imperios occidentales más importantes –como lo fueron España, Gran Bretaña, Francia y Portugal– no pudo detenerse a pesar de los intentos de censurar la circulación de los impresos que atentaban contra su doctrina o lo que aceptaba como prácticas tradicionales. Para el caso del mundo hispanoamericano, la Inquisición fue la encargada de establecer la censura, ya fuera previa o punitiva –la primera reglamentaba lo que podía imprimirse, la segunda censuraba lo que ya estaba publicado–. Esto con la intención de poner un alto a lo que se consideraba herejía –por supuesto, bajo la óptica de la religión católica– y a aquellas nuevas corrientes que cuestionaban a las autoridades políticas establecidas.

Ya que el universo de los libros que difundieron el pensamiento empírico y la Ilustración es muy amplio, para el presente texto me enfocaré en dos novelas que fueron publicadas durante el fin del Antiguo Régimen. Estas representan una muestra sobresaliente de la literatura que retomaba preceptos ilustrados y que, bajo la narrativa de ficción, entabló una férrea crítica a la institución eclesiástica y especialmente a sus miembros: los clérigos. A través de dos relatos que narran acontecimientos que oscilan entre el deseo y la lujuria, nociones ilustradas y liberales son expuestas para cuestionar la moralidad de los religiosos, de las autoridades eclesiásticas y de la sociedad, considerando que todos ellos actuaban bajo la superstición, la injusticia, la deshonestidad y la intolerancia.

El gran villano católico en El Monje de Matthew G. Lewis

En 1796, en la ciudad de Londres, un muchacho de diecinueve años veía materializada la publicación de su primera obra. Bajo el título de The Monk, aunque de autoría anónima para ese entonces, Matthew G. Lewis lanzaba al mercado libresco una novela gótica o de terror que goza de excelente reputación hasta nuestros días. Son numerosas las ediciones y reimpresiones de su texto, así como varias sus adaptaciones cinematográficas (la última de ellas bajo la dirección del francés Dominik Moll en el 2011). Aun en la actualidad, esta novela inglesa impresiona por sus distintos pasajes donde se habla de relaciones lascivas, pecados capitales y la falta de moralidad al interior de los recintos religiosos. Sin duda, este texto causó mayor asombro en una sociedad tan religiosa como la dieciochesca.


Portada de The Monk, Londres,W. Mason,  ca. 1818, British Library. Imagen disponible en: https://www.bl.uk/collection-items/the-monk-by-matthew-lewis

 

Los hechos de esta historia ocurren en Madrid, España, una ubicación nada casual como se verá más adelante. El protagonista es un fraile franciscano llamado Ambrosio, de alrededor de 30 años. Toda su vida la ha pasado al interior del convento, pues juró nunca ir más allá de sus muros para evitar las tentaciones del exterior. Con una gran vanidad, el monje se tiene a sí mismo en alta estima debido a la enorme admiración que le tienen sus hermanos frailes y los fieles de la ciudad por su incomparable virtud y sabiduría. Por decenas, los feligreses acuden a la misa dominical en la que el clérigo acostumbra predicar sus sermones. Implacable como religioso, el franciscano practica una superioridad moral para juzgar a quienes le rodean. Él mismo afirma: «he superado la certeza de la juventud sin una mancha en [mi] conciencia… Nadie más que yo… ¡La religión no puede enorgullecerse de otro Ambrosio!». Pero, el arribo de un novicio al monasterio alterará todo su mundo ya que representará un enorme reto para su moralidad y rectitud. Poco a poco, Rosario –como llamaban al recién llegado– se mostrará tal cual es para probar la supuesta honestidad y casi inmaculada personalidad de Ambrosio. Matilde, el verdadero nombre del novicio, resultará ser una enviada del demonio, quien está dispuesto a usar todas las herramientas a su disposición para manchar y condenar fatalmente al monje sirviéndose de la enorme vanidad que caracterizaba al franciscano. Matilde es la figura encarnada del retrato de la Virgen María que tanto le cautiva al fraile, imagen que cuelga de una de las paredes de su dormitorio. Es en este momento, cuando asoma la primera crítica explícita de Lewis a una práctica católica: el celibato. Matilde le dice a Ambrosio

Lo antinatural son tus votos de celibato. El hombre no ha sido creado para vivir así. ¡Si el amor fuera un crimen, dios no lo habría hecho tan dulce, tan irresistible!… Goza de estos placeres libremente, sin los cuales la vida es un don sin valor

Rosari (Matilde) revela su identidad a Ambrosio. Imagen tomada de Le Moine, París, MAradan, 1811. Imagen disponible en: https://archive.org/details/lemoine34lewi/page/n13/mode/1up

Después de traspasar los límites carnales permitidos para un fraile y con ello violar uno de sus votos, Ambrosio cree que al observar «estrictamente todas las reglas de la orden salvo la castidad» conservaría «la estima de los hombres e incluso la protección del cielo». Sin embargo, el franciscano pronto encontró en Matilde el tedio y el fastidio de la monotonía. Así, puso sus ojos y pensamientos en una nueva mujer, virtuosa, inocente en todos los sentidos y tanto o más bella que su habitual amante. Antonia, una joven –perteneciente a la nobleza matritense– que vive con su madre Elvira, será el nuevo objeto de sus afectos, y cuanto más digna parece más provoca en el monje las ansias de poseerla. 

Vale la pena hacer una pausa antes de abordar el desenlace de la historia. Para ilustrar cómo es que la novela representó un género que exploró los límites de lo permitido dentro de los valores morales de la época, refiero el siguiente fragmento en el que Ambrosio espía a Antonia. El autor relata una escena que se debate entre el pudor y lo erótico

[Antonia] se estaba desvistiendo para bañarse… El amoroso monje tuvo ocasión de observar los contornos voluptuosos. Se quitó la última ropa… Aunque ignorante de que era observada, un sentido innato del pudor la impulsó a velar sus encantos; y se quedó vacilando en el borde, en la actitud de la Venus de Médicis. En ese instante, un jilguero domesticado voló a ella, cobijó la cabecita entre sus pechos y los picoteó picarescamente. Sonriendo, Antonia trató en vano de apartar al pajarito, y finalmente alzó las manos para quitarlo de su delicioso refugio. Ambrosio no pudo resistir más: sus deseos alcanzaron un grado frenético

A través de la complicidad de la propia Matilde, que por medio de diabólicos recursos busca dominar a la futura víctima, el fraile logra llevar a la joven a una oscura y fría cripta del monasterio y así tenerla para su propio goce. 

Naturalmente inclinado a la satisfacción de los sentidos, en el pleno vigor de su virilidad y el ardor de su sangre, había dejado que su temperamento alcanzara tal preponderancia que su lujuria casi rayaba en la locura. De su afecto por Antonia no quedaba ya más que la partícula más grosera. Anhelaba la posesión de su persona; y aun la tenebrosidad de la cripta, el silencio reinante y la resistencia que esperaba de ella parecían conferir un nuevo incentivo a sus fieras y desatadas ansias

Ambrosio lleva a Antonia a la cripta. Imagen tomada de The Monk, Londres, G. Purkess, 1859. Libro digitalizado en HathiTrust Digital Library: https://hdl.handle.net/2027/uiuo.ark:/13960/t0xq0b912

Antonia, después de haber sido victima de violación, es asesinada por el monje cuando éste toma conciencia de la enorme falta que ha cometido y la poca consideración y repulsión que le provoca ahora una Antonia deshonrada. Acorde a los valores de la época, una mujer que ve violentado su honor encuentra un mejor fin, para sí misma y para la sociedad, en la muerte que en la sobrevivencia. 

Al final, Ambrosio es capturado y acusado de todos los crímenes antes descritos. Torturado por la Inquisición –que se disponía a darle el mismo castigo que a su cómplice Matilde, que fue quemada en la hoguera–, decide pactar con el diablo y eludir su sentencia. Lewis, autor de esta novela que provoca al lector pasar página tras página con avidez, hace aún más sórdida la trama al recordar cómo llegó Ambrosio con los franciscanos que lo acogen: fue abandonado por un misterioso personaje a las puertas del monasterio cuando era un bebé. En este momento, el mismo demonio le esclarece su pasado y se atan los cabos sueltos. ¡Elvira es la madre de Ambrosio y de Antonia! Al lado de pecados como la vanidad, la mentira, el orgullo, la brujería y la lujuria, el incesto significaría por completo su derrumbe moral.

Ambrosio hace pacto con el diablo para eludir su sentencia. Imagen tomada de The Monk, Londres, G. Purkess, 1859. Imagen disponible en: https://hdl.handle.net/2027/uiuo.ark:/13960/t0xq0b912

Lejos de encontrar un mejor fin, su salvación fue pasajera, engañado por el diablo, éste le objeta al religioso «¿pretendes ir al Purgatorio con unos crímenes como los tuyos? ¿Esperas que se te perdonen tus ofensas con oraciones de beatas supersticiosas y monjes perezosos?». Sin duda, una crítica de Lewis a la multitud de hombres y mujeres dedicados al servicio espiritual católico. Finalmente, el fraile encuentra su muerte de una manera agónica y cruenta.

La novela de Matthew Lewis es de tal complejidad que la síntesis que presento deja de lado otras tramas, tan valiosas y relacionadas con el argumento principal que enriquecen el complejo retrato humano del fraile y la crítica que hace el autor de los valores católicos tradicionales. Motivo suficiente para que los lectores queden intrigados y la consideren como su próxima lectura. 

A lo largo de sus páginas, el clérigo personifica la doble moral y la deshonestidad. En varias ocasiones se confirma que la virtud de Ambrosio es tan endeble que con el sólo hecho de que se le presentara la ocasión caería en pecado, con la primera oportunidad de traspasar los muros del monasterio quedaría probada su «santidad». No es casual que los hechos ocurran en Madrid, siglo XVII, pues para los ingleses, como Lewis, el imperio español es la representación de lo anticuado y de la superstición. Sin embargo, esta ficción gótica no es sino una entrada sutil a las propuestas anticlericales plasmadas en Cornelia Bororquia.

Bororquia o víctima de la Inquisición y el anticlericalismo español de Luis Gutiérrez

Esta obra se publicó cinco años después que la de Lewis, en 1801 en París. El autor fue Luis Gutiérrez, un ex fraile trinitario que en 1809 murió a manos de la propia Inquisición, institución que es el objeto de sus ataques. A diferencia de El Monje, las críticas de Gutiérrez a la Iglesia, al Santo Oficio, a la intolerancia religiosa y a la inmoralidad de los clérigos son explícitas y frontales, con un lenguaje sencillo, sin tantos personajes y contadas a través de cartas.

Portada de Cornelia o la víctima de la inquisición, Sevilla, Imprenta Nacional, 1844. Imagen disponible en: https://www.bibliothecasefarad.com/catalogos/consultar-catalogo/?url=%2Fsefarad_pdf%2F1844_Cornelia_o_victima_inquisicion.pdf

 

Al tratarse de una obra que circuló en la jurisdicción inquisitorial española, no es extraño que de manera pronta a su publicación fuera estrictamente prohibida. En un edicto de 1803, la inquisición novohispana censuró in totum incluso para aquellos que tuvieran licencia inquisitorial para leer libros prohibidos– la obra de Gutiérrez bajo los siguientes motivos:

…hemos resuelto arrancar de las manos de los fieles la venenosa cizaña [sembrada] por medio de esta novela que se puede llamar el compendio de cuantos vituperios, infames calumnias y ridículas falsedades han vomitado los enemigos de la religión… contándoles un suceso falso… disfraza los errores, blasfemias y herejías que ultrajan la religión, injuran al Santo Oficio… siendo algunos de sus párrafos un puro deísmo, ateísmo, naturalismo y materialismo, y un refinado y capcioso espíritu de sedición, suponiendo entre el trono y los ministros del Altar la más indigna colusión

Edicto inquisitorial que prohíbe la circulación de Bororquia o víctima de la inquisición, año de 1803. Archivo General de la Nación, México

Igualmente, destaca el hecho que en este mismo edicto se prohibiera otra obra clásica de la Ilustración, el Contrato social de Rousseau. Inclusive se pensó que el traductor de esta obra del francés al español era el mismo autor que Bororquia. Cabe señalar que en este caso actuó primero la censura inquisitorial de la Nueva España que la peninsular, pues la Inquisición española lo hizo hasta el año siguiente.

Sin duda, el que los sacerdotes intentaran o lograran seducir a los feligreses era un asunto escandaloso, pero no extraño para la época. Aunque este edicto arguye la falsedad de los hechos narrados en Bororquia, en los archivos inquisitoriales son numerosos los expedientes relativos al delito de solicitación, esto es, que los religiosos, aprovechando el sacramento de la confesión, solicitaran a los fieles –tanto mujeres como hombres– cometer actos sexuales con ellos; tema central del texto de Luis Gutiérrez.

El argumento de esta historia, relatada a través de cartas entre los distintos personajes, gira en torno al rapto de una joven –hija del gobernador de Valencia– por el arzobispo de Sevilla. Como castigo a los constantes desprecios que hacía Cornelia a los intereses amorosos del clérigo, éste la aleja de su hogar, de su padre y del caballero que la pretende –Bartolomé Vargas–. El religioso la lleva a los calabozos de la Inquisición y la mantiene ahí con el objetivo de que, tarde o temprano, ceda ante sus pasionales impulsos. Sin embargo, Cornelia Bororquia se mantiene fiel a valores cristianos como el honor, la castidad y el pudor, en contraste con la falta de moral del arzobispo andaluz. Ante la impotencia del clérigo y su acrecentada lascivia, en una de las tantas visitas que hizo a la joven prisionera, el sacerdote no soporta más sus desprecios y busca someterla para saciar su deseo. Para fortuna de Cornelia había quedado el cuchillo para cortar pan traído junto con sus alimentos, así, le propina una certera puñalada al arzobispo. Al borde de la muerte, el sacerdote confiesa sus viles actos y la completa inocencia de ella: «tú joven infortunada, tú dirás al tremendo juez que eras dichosa hasta que yo te vi, que eras pura y sin mancha hasta que yo tuve la desgracia de solicitarte». A pesar de esta confesión, la Inquisición decide continuar con la prisión de Bororquia y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Decididos los inquisidores de la culpabilidad y falta de fe de la joven, además de haber asesinado a un miembro de la Iglesia, le dictan sentencia. La llevan a la horca, la visten con un sambenito –prenda distintiva de las personas condenadas por la Inquisición– y la cuelgan frente a la multitud enardecida contra la inocente. Esto deja ver una crítica al fanatismo de la sociedad española y su nula capacidad de reflexión frente a la palabra de los clérigos.

Papel con poema sobre Cornelia, sin impresor, sin año, Cambridge University Library. Imagen disponible en: https://cudl.lib.cam.ac.uk/view/PR-F180-B-00008-00001-00136/1

Al igual que con Antonia, su fallecimiento significa la redención de la mujer deshonrada. No obstante, hay una diferencia importante entre las víctimas de las dos novelas. Cornelia sí pudo darle muerte a su agresor, una imagen simbólica y hasta utópica para que la sociedad decida poner fin, así como lo hizo la joven, a la superstición y a su sometimiento ante la religión y ante las autoridades. Hay que recordar que uno de los motivos de la prohibición de la lectura de esta novela, por parte de la Inquisición, fue que contenía «un refinado y capcioso espíritu de sedición».

Ya desde la Advertencia del libro, Gutiérrez afirma que «un gobierno debe permitir y proteger todos los cultos en su territorio, así como dios los tolera a todos en la tierra. El derecho de tolerancia es propio y peculiar de la divinidad». Abiertamente, el trinitario sienta las bases de lo que el lector encontrará a lo largo de todo el texto. Para él como para Lewis, España era un lugar donde imperaba la intolerancia y la superstición, el autor escribe que «la patria de Cornelia Bororquia no se halla todavía en estado de hacer concertar a la Religión y a la Filosofía. ¡Dichosos, dichosísimos de aquéllos que las vieren a las dos hermanadas!». 

En Cornelia se hace evidente cómo se entrelazan elementos de la ficción con el ensayo, es tenue el límite entre lo ficticio y los temas filosóficos, en el sentido de reflexionar sobre el presente estado de las cosas, de repensar la situación política de España y el sistema despótico que comienza a derrumbarse bajo las directrices de la razón. Así, el eje central de la controversia no es tanto la historia sino la lección moral que de ella se desprende.

Para finales del siglo XVIII y principios del XIX, la novela epistolar, como la obra de Gutiérrez, será muy exitosa debido a la flexibilidad que aporta para abordar cualquier tema, su lenguaje sencillo y su exposición de los hechos anclados en un presente narrativamente compartido e inmediato con quien la lee. Así, se involucra la práctica de la lectura con la reflexión subjetiva del interlocutor. Las opiniones del escritor en conjunto con las del lector articulan la esfera de la opinión pública, la cual se consolida en el mundo iberoamericano a partir de las últimas décadas del siglo XVIII. Así, los géneros textuales cobran importancia para los estudios históricos, pues no se reducen a la estructura de un escrito o a una clasificación útil para los especialistas, sino que representan el medio por dónde y cómo llegará cierto mensaje.

En este sentido, las cartas escritas por Bartolomé Vargas, el prometido de Cornelia, son las más sobresalientes. Este hombre no sólo relata los hechos relativos a la suerte de su amada, sino que enarbola un discurso plagado de reflexiones ilustradas a partir de su experiencia de vida. Vargas asevera que

Un hombre sabio y razonable conoce la crueldad e injusticia de la inquisición y jamás aprueba sus atropellamientos y vejaciones, antes bien los vitupera en secreto. Un reo del santo… infernal oficio… víctima sacrificada o al furor, o al interés, o a la ambición de unos hombres que son el azote de la humanidad y la deshonra de la religión.

Antes del doloroso rapto de la joven a manos del arzobispo, Bartolomé había viajado a Inglaterra, donde se alimentó de un nuevo pensamiento pragmático y crítico. De este modo, a partir de las vivencias y conciencia individuales forja una crítica de lo social que no dudará en hacer saber a su hermano, que se trata nada menos que del inquisidor que juzgará a su prometida. 

Es verdad que vosotros [el Santo Oficio] necesitáis muy poco para privar a cualquiera de su libertad: una ligera sospecha, una delación, una palabra os basta para perderle. Es preciso confesarte que vuestro empleo es sumamente deshonroso. Yo más quisiera tener un hermano verdugo o carnicero, que no inquisidor. Un tribunal bárbaro que no tiene otro código sino el capricho y la mentira, exige por jueces unos hombres sin honor, sin conciencia y sin sentimientos.

También describe a los religiosos como «los que han pervertido a los hombres. Enemigos del género humano, incapaces de conocer las dulces ventajas de la sociedad, ellos son los que han propagado la superstición y el fanatismo». Por su parte, Cipriano, el hermano inquisidor, encarna los valores anti-ilustrados de la sociedad española. En su carta de respuesta le echa en cara su visita a Inglaterra y todo lo malo que ha aprendido de esa nación. 

La hija del Gobernador de Valencia no merece ciertamente tu amor. Es una mujer perversa que no tiene la menor confianza ni respeto por la Divinidad… se le han encontrado varios libros y papeles que te hacen a ti algo culpable; y entre otros un mamotreto de voces inglesas, hecho de tu propio puño. Según se ve, parece que tú te entretenías en enseñarla aquella lengua. ¡Ojalá que jamás la hubieras tú aprendido! Antes de partir para aquel reino eras cristiano… Qué provecho se puede en efecto sacar de esos librachos extranjeros, en donde se pinta la virtud tan diferente de lo que es en sí, en donde se habla mal del Papa, de los cardenales y del Santo Oficio; en donde se trata de todo menos de los intereses del alma? ¿Qué nos importa la ilustración y civilización de las demás naciones, si al cabo sabemos que está cerrada para ellas la puerta del Paraíso?

Esta epístola es muy interesante porque también declara el por qué sigue estando presa Cornelia. A pesar de la confesión de culpabilidad del arzobispo, según los valores permitidos por la tradición y la religión, Cipriano argumenta que «Doña Cornelia es sabia y leída, y esto sólo basta para tenerla sujeta hasta que confiese o a fuerza de ruegos o a impulsos de la tortura, para poderla condenar en debida forma».

Ahora bien, en relación con el uso de los libros para cultivar la razón y el conocimiento, ambas novelas critican su censura y expurgación, para dar fuerza a sus argumentos ocupan a la Biblia como ejemplo

  El Monje 

¿Cómo? -se dijo el fraile- ¿Antonia lee la Biblia y sigue aún en la ignorancia?… descubrió que Elvira [su madre] aunque admiraba la belleza de las sagradas escrituras, tenía el convencimiento de que, si estaban íntegras, no podía dejarse a una joven lectura más indecorosa que ésta. Todo es designado clara y rotundamente por su nombre, y los archivos de un burdel no podrían proporcionar mayor selección de expresiones indecentes. Tan convencida estaba Elvira de esto que [optó por] copiarla ella a mano, y alterar o suprimir todos los pasajes indecentes.

Bororquia 

Bartolomé Vargas: ¡Qué digo! La Sagrada Escritura misma ha sido revista, corregida y aumentada al grado de estos impíos. Aún han hecho más, nos han envilecido hasta tal punto que no podemos leer ni escribir sin su expreso permiso. Ved esos índices, esos expurgatorios, esos monumentos de su [insolencia] y atrevimiento no menos que de nuestro envilecimiento y cobardía…

 

Pero regresemos con los argumentos de Cipriano de Vargas, el inquisidor, quien para afianzar sus palabras y su espíritu anti-ilustrado recurre al uso de la historia cristiana

Los apóstoles cuidaron muy poco de las artes, manufacturas, comercio, legislación, ciencias y artes, porque sabían muy bien lo poco importante que era todo esto para conseguir la vida eterna. Así que no dijeron a las naciones: Procuraos una buena legislación, labrad los campos, cultivad las artes, fomentad la navegación y el comercio, etc.: bautizaos y creed, he aquí lo que predicaron con tal feliz éxito. La fe sola es la que nos puede hacer eternamente dichosos, y lo cierto es que la sabiduría nunca se ha hermanado bien con ella.

Para finalizar con el análisis de la novela de Luis Gutiérrez, cabe destacar un elemento de primera importancia para reconocer que se trata de un escrito que representa el pensamiento ilustrado: la separación entre la Iglesia y el Estado, esto es, la secularización que busca la división entre el poder político y el religioso. Bartolomé, el sujeto que enuncia una crítica social incluso más relevante que la misma protagonista de la historia, reitera el vil «pacto del Trono y el sacerdocio»

¡Oh religión, religión!… con tu égida se defiende el poder arbitrario de los tiranos, con tus armas se enciende la guerra, se fomenta la discordia… ¿Cuándo será el día en que desengañados los príncipes de la maldad de estos horribles monstruos, y atentos a sus intereses y a los de sus pueblos, mandarán poner fuego a los tremendos edificios donde se albergan majestuosamente estos perversos, escándalo de la humanidad y deshonor de la razón y la justicia?

Como corolario al clamor por la muerte de su amada y ante el predominio de la inmoralidad y superstición propia de los religiosos que la provocaron, Bartolomé, símbolo de una conciencia crítica e ilustrada, demanda el uso de la razón como la única vía de conseguir la libertad en todos los ámbitos humanos.

Un grupo de mujeres lee El Monje de Lewis, sus caras muestran sorpresa y horror. Año 1802, The British Museum. Imagen disponible en: https://www.britishmuseum.org/collection/object/P_1868-0808-6990

***

Como puede verse la lujuria en los clérigos es el principal motor de las obras analizadas en este texto, pero no es más que un vehículo para cuestionar a las autoridades eclesiásticas y al estado de las cosas en el Antiguo Régimen. Conforme transcurren los hechos en ambos textos, los preceptos ilustrados y la crítica a las instituciones católicas son evidentes. Los estudios históricos sobre la circulación de los libros prohibidos indican la importancia de las obras literarias relativas al amor y a la sexualidad, incluyendo las pornográficas, para comprender la época. Estas jugaron un papel relevante en el posterior derrocamiento de las monarquías absolutas durante los siglos XVIII y XIX. Para el historiador Robert Darnton, los libros que abordan lo sexual usan este tema para atacar a la Iglesia, a la corona y a la sociedad; en ocasiones este tipo de literatura era más irreligiosa que las obras ilustradas comúnmente consideradas como clásicas.

Para saber más

Darnton, Robert, “Sexo para pensar”, en El coloquio de los lectores, México, fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 61-96.

Gómez Álvarez, Cristina y Guillermo Tovar y de Teresa, Censura y revolución. Libros prohibidos por la Inquisición de México (1790-1819), Madrid, Trama Editorial, Consejo de la Ciudad de México, 2009.

Gutiérrez, Luis, Cornelia Bororquia o La víctima de la Inquisición, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2016. Disponible aquí: http://www.cervantesvirtual.com/obra/cornelia-bororquia-o-la-victima-de-la-inquisicion/

Lewis, Matthew G., El Monje, México, Editorial Lectorum S.A. de C.V., 2005.

Ozuna Castañeda, Mariana, La forma de las ideas. Géneros literarios en la folletería, Nueva España, 1808-1820, México, Trama Editorial, UNAM, 2019.

Sebold, Rusell P., La novela romántica en España. Entre libro de caballerías y novela moderna, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2002.

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