A riesgo de ser soltera
febrero 22, 2021 La Bola

A riesgo de ser soltera:  palabras de matrimonio y sexualidad en Nueva España

Por Estefany Aguilar Flores

En el siglo XVIII algunas mujeres se involucraron con hombres que les prometían matrimonio; sin embargo muchos no cumplían. En este artículo Estefany Aguilar nos relata algunos casos de mujeres del pueblo de Huexotla en Texcoco que denunciaron el incumplimiento de la palabra matrimonial  que habían recibido y, nos explica, por qué podía ser desfavorable para una mujer que no se efectuará el enlace matrimonial.

El tres de mayo de 1748, María Polonia, india originaria y vecina del pueblo de Huexotla, de la ciudad de Texcoco, se querelló con Nicolás Florencio, indio soltero hijo del fiscal de la iglesia del pueblo, quien hacia cerca de dos años le había dado palabra de matrimonio y mano de esposo por lo que ella se rindió a su voluntad y entregó su inocencia. Al ver la demora del cumplimiento de su palabra, María acudió al escribano para que diera parte al cura de su situación y el matrimonio se efectuara. Al hacer el cura el careamiento entre ambas partes, se confirmó que Nicolás era el deudor de la honestidad y palabra de María, por lo que a ella se le depositó en una casa entretanto se celebraba el casamiento. Sin embargo, a los pocos días, el cura mandó por María para decirle que Nicolás había cambiado sus intenciones y no se casaría con ella, sino que la dotaría con lo que le tuviera que pagar. Este hecho resultaba desfavorable para María, pues de no cumplir Nicolás con su palabra, ella se quedaría «dañada y gravada por soltera».

La situación de María era similar a la de muchas otras jóvenes novohispanas quienes al recibir la promesa de matrimonio de algún hombre accedían a tener relaciones carnales con la confianza de que en un futuro próximo cumplirían su palabra y recibirían el sacramento matrimonial que era la única forma lícita en que un hombre y una mujer podían unirse. Sin embargo, muchos no cumplían su palabra, lo que complicaba que las mujeres tuvieran un futuro matrimonial porque pasaban a ser calificadas como alguien sin honra y a ser reconocidas como solteras. En este caso, el presente texto dará a conocer, a partir de las querellas referentes a las promesas de matrimonio, cómo y por qué la vida de las mujeres novohispanas podía ser trastocada por este hecho.

Los expedientes a los que me referiré en el presente texto corresponden al juzgado eclesiástico del Convento de San Luis Huexotla y se ubican en el Archivo Histórico de la Diócesis de Texcoco. Espero que, con este trabajo, se pueda conocer un poco más acerca de las ideas del amor y la sexualidad en el período novohispano y se atienda mejor a los intereses, las creencias, las emociones y las prácticas de los sujetos en su vida cotidiana. Asimismo, que sea de utilidad para reflexionar en nuestra actualidad cómo atendemos estos temas, pues es posible encontrar hoy en día juicios que se asemejan a los del período al que me avocaré.

La legalidad de la pasión

Las emociones y las pasiones son temas que por lo general están regulados por un orden normativo de acuerdo a las ideas, creencias e intereses que rigen en un régimen político. En el siglo XVIII, la regulación del amor y la sexualidad se encontraba sujeta a las ideas morales de la Iglesia católica, la cual había procurado reformar las costumbres de los fieles desde el Concilio de Trento (1545-1563). En él, se estipuló que el matrimonio debía ser la única forma en la que un hombre y una mujer podían relacionarse carnalmente, por lo que todas aquellas relaciones ajenas a él como el concubinato, el adulterio y el rapto fueron condenadas, lo mismo que las transgresiones como la bigamia.

El interés de la Iglesia por tener el control de la sexualidad mediante su jurisdicción sobre el matrimonio se debió a que así podía incidir en el parentesco, vigilar las relaciones familiares y promover el orden y la disciplina del comportamiento social. Para garantizar su cumplimiento, se estipuló la forma del ritual matrimonial. Los interesados debían notificar al párroco su voluntad de contraer nupcias para que éste procediera a hacer las amonestaciones, esto era dar noticia pública de los nombres de los contrayentes «tres veces en tres días de fiesta seguidos, durante la celebración mayor». Asimismo, se estipuló que el enlace tenía que celebrarse ante el párroco y en presencia de dos o tres testigos.

Dichas acciones hacían que la relación íntima de la pareja pasará a ser de dominio público con el fin de que, al ser conocidas sus intenciones, se verificara que no hubiera inconveniente en autorizar su unión, como podía ser el caso que uno de los novios estuviera casado o que el parentesco entre ambos lo impidiera.

Cristóbal Villalpando, Los desposorios de la virgen, siglo XVII. Imagen tomada de: Los desposorios | Mediateca INAH

Sin embargo, el modelo matrimonial no logró impedir la existencia de uniones clandestinas, ya que la documentación de los archivos parroquiales nos permite notar que, a lo largo de los tres siglos del periodo novohispano, se dieron con frecuencia relaciones ilícitas. Entre ellas, se encontraron las que se efectuaron con el pretexto de haber celebrado esponsales, esto es, la mutua promesa de contraer matrimonio. Pues fue común que los novios al dar su palabra, que los comprometía y obligaba a casarse, considerarán que adquirían los derechos del enlace matrimonial por lo que fue común que cohabitaran y tuvieran relaciones carnales.

En realidad, para la Iglesia, los esponsales eran «palabras de futuro» que sólo expresaban el consentimiento de las partes, mientras que las «palabras de tiempo presente», que eran las que se hacían de acuerdo con el ritual eclesiástico, eran las que daban efecto al contrato matrimonial y con las que se transmitían los derechos para la unión sexual con la que se consumaba el matrimonio.

El error de tener relaciones carnales sin haber cumplido con las formalidades requeridas podía resolverse cumpliendo con el matrimonio. No obstante, el paso de la promesa a la formalización, significó una desilusión para muchos, ya que hubo casos donde se desconoció la promesa, se cambió de parecer e incluso ocasiones en las que se había dado palabra a más de una persona. La mayoría de las veces resultaron ser mujeres las afectadas por estos hechos, sin embargo, no faltaron los hombres que también se quejaron ante el cura por haber sido víctimas de un engaño.

No podemos saber cuántos de estos casos dicen la verdad o si sirvieron simplemente a los intereses de los querellantes. No obstante, en el relato de los expedientes se aprecian expresiones y consideraciones de las circunstancias a las que los hombres y mujeres de la época se vieron sometidos por las costumbres, normas y creencias. A través de las declaraciones podemos darnos una idea de las ilusiones, los miedos e incluso la desesperación de quienes se sintieron engañados ante las palabras de amor, los regalos y las caricias de la persona con quien pensaban formar un futuro. Cualquier ser humano es capaz de tener estas emociones ante una situación similar, pero las condiciones culturales y sociales del momento podían empeorarlo al convertir ese pesar privado en público.

Amores clandestinos y falsas promesas

Así como el caso de María Polonia que se expuso al principio de este artículo, en los documentos respectivos al convento de San Luis Huexotla del siglo XVIII, se encuentran otras quejas de mujeres que, por el arrepentimiento, la negación o la postergación de un matrimonio prometido hicieron público su caso para conseguir una resolución a su favor. Entre ellos, se encuentra el caso de Petrona Isabel, vecina del pueblo de Nexquipayac, quien en 1740 presentó su petición al juez eclesiástico. En ella, dijo que hacía poco más de ocho meses Gabriel Martín, le había quitado su honestidad con palabra de casamiento en «un miércoles santo en la noche […] como a las once» y que luego de que le «hubo su honestidad», se retiró sin hacerle caso ni hablarle de dicha palabra. Posteriormente, Gabriel Martín tuvo el atrevimiento de engañar a otra vecina del pueblo a quien entregó al fiscal de la Iglesia para casarse con ella sin atender que había dado palabra y era deudor de la integridad de Petrona, por lo que la susodicha solicitó que se le hiciera cumplir su promesa o se le pusiera en la cárcel.

Otro caso fue el de María Josepha Caballero del pueblo de Chiautla quien en 1741 señaló que Joseph, indio vecino del pueblo y hermano de Juan Diego el zapatero, le tenía dada palabra de matrimonio mediante la cual trataron «ilícitos amores» y había quedado encinta. Indicó también que su «ilícita amistad» había sido denunciada al tribunal ante lo cual Joseph quedó de casarse con ella para lo que pidió tres meses para su efecto, mientras tanto ella quedó en depósito aguardando el efecto del enlace. Sin embargo, a menos de un mes le llegó la noticia de que Joseph se había arrepentido y dicho falsedades de que ella le había sido infiel porque la había visto hablar con un hombre. Ante este hecho, Josepha solicitó que se encarcelara a su «prometido» y se le hiciera cumplir su palabra, pues alegó que lo que Joseph decía era falso y tenía ya puesta prenda en ella.

Anónimo, Cortejo y ocio en la terraza de una casa de campo (acercamiento), siglo XVIII. Imagen tomada de Historia (uniandes.edu.co)]

En los tres casos, los acusados corroboraron que en efecto habían dado palabra de matrimonio a las susodichas, sin embargo, se habían arrepentido. Nicolás Florencio, quien se había prometido con María Polonia declaró que, si bien era cierto que habían tenido «ilícita amistad», había hallado a la susodicha «corrupta y ya mundana» y que a pesar de ello trataba de casarse. Sin embargo, dijo que al poco tiempo experimentó el poco juicio de María ya que se iba a las ferias y regresaba a deshoras de la noche sin saber él si volvería sola y que cuando la buscaba a deshoras en su casa no la hallaba, además que la había visto jugar con un mozo llamado Joseph, por lo que se rindió de su amistad con ánimo de no volver a proseguir con ella.

Nicolás Florencio pidió que se repelara la demanda de María en cuanto a la satisfacción de su virginidad ya que estaba «corrupta» y que, aunque esto no se podía probar, se podía considerar el modo de vivir y costumbres de María.

Haciendo constar el ser estas nada recogidas, ni honestas y [estar] totalmente fuera de la sujeción y obediencia que las doncellas acostumbran y deben tener a sus padres; faltando de su lado y casa a horas incompetentes, y aún las noches enteras, sin saberse la parte o lugar en que las ocupan y más si acostumbran comunicaciones con hombres.

Por su parte, María Polonia respondió que como prueba de que Nicolás era el deudor de su virginidad tenía un anillo y un listón que el susodicho le dio en señal de matrimonio. También señaló que cuando ejecutó su «violación» lo hizo en casa de una tía de él y reclamó «que si la halló corrupta por qué no se lo declaró», agregó, además, que si Nicolás decía no ser el actor de su deshonra entonces dijera quién lo era y lo justificará.

En el segundo caso, cuando Gabriel Martín se presentó a declarar, dijo que, aunque era cierto que se había «mezclado carnalmente» con Isabel Petrona, ella le había insistido a caer y la había hallado «corrupta», y que «esto lo había hecho por ver si eran ciertas las voces que corrían de que dicha Petrona tenía amistad con un hombre casado llamado Antonio». Dijo también que en una ocasión el dicho Antonio le reclamó el que entrara en la casa de Isabel y lo había empujado sobre la lumbre y «maltratado mucho de obras y de palabras», por lo que se retiró, además de que se encontraba disgustado por no haberla hallado doncella. Posteriormente, cuando se interrogó a Antonio, éste negó que tuviera algún trato con Isabel y haber maltratado a Gabriel Martín, su declaración fue corroborada por otro testigo y se mandó poner a Gabriel Martín en la cárcel pública.

Por último, en el caso de María Josepha y Joseph, cuando declaró el acusado, corroboró que era cierto que la «ilícita amistad» que había tenido con María había sido bajo palabra de matrimonio y si bien estaba pronto a cumplirla, se había arrepentido por «motivo de haber visto el día viernes santo en la tarde al tiempo que pasaba la procesión del Santo Entierro: hablar a dicha Josepha Caballero con un hombre a quien no conoce». Cuando se le preguntó si había visto algunas acciones indecentes o podía justificar alguna cosa mala contra ellos, respondió que no, «tan sólo que no le había cuadrado el que se hubiesen hablado por lo cual no quería casarse con ella, sino que se obligara darle alguna cosa según sus fuerzas alcanzasen, y que al tiempo del parto se haría cargo de la criatura».

Sin embargo, no era la primera promesa de matrimonio que Joseph hacía y rompía, ya que el juez tuvo noticia de que anteriormente el susodicho había extraído de su casa a una mujer llamada Antonia por cuya causa fue preso y en su momento aseguró que la había extraído para efecto de casarse con ella, pero nunca hizo las diligencias para el matrimonio y, por el contrario, se fue de la ciudad. Por este motivo, se mandó que se le pusiera en la cárcel.

El relato de los tres expedientes no permite conocer qué sucedió después, si se efectuó alguno de los matrimonios o se dotó a alguna de las mujeres en compensación de los hechos o también si la justicia fue a favor de los hombres. Sin embargo, se pueden apreciar las intenciones de las partes. Mientras, por un lado, las mujeres hicieron público su caso con el fin de encontrar solución a su situación, por el otro, los varones, aludieron al comportamiento de sus contrapartes para justificar su arrepentimiento y evitar el matrimonio.

De doncellas a solteras

En el caso de las mujeres, la negativa de que se les cumpliera una promesa de matrimonio significaba un cambio de estado en el que pasaban de ser conocidas como doncellas, que eran quienes no habían «conocido varón» y conservaban su pureza, a ser solteras, que eran quienes ya se habían mezclado carnalmente con un hombre. Si bien, para nuestra actualidad este cambio podría pasar desapercibido, en la época, pasar de un estado a otro, traía consigo una serie de repercusiones en la vida de las mujeres. Pues mientras a la doncella se le consideraba como alguien honesta, modesta y sumisa; a la soltera se le juzgaba como alguien débil ante las pasiones y las tentaciones carnales, lo que la había llevado a perder su virginidad.

En las declaraciones de los casos antes relatados, cuando María Polonia expresó su temor por quedar «dañada y gravada por soltera» y al juzgar Nicolás y Gabriel que los comportamientos de sus contrapartes no correspondían a los de una doncella, es notorio que en lo tocante al matrimonio era importante la reputación de una mujer. El buen comportamiento de una doncella facilitaba que tuviera un matrimonio ventajoso y se casara con un hombre de buena fama por considerarse que mantendría el honor de la familia, por el contrario, se juzgaba que casarse con una soltera traería una vida de infidelidades que pondría en tela de juicio el honor de su marido.

El prejuicio sobre la sexualidad de las mujeres radicaba en las ideas morales de la época, en las que se concebía que la mujer a imagen de Eva era un ser frágil, susceptible de caer en pecado y propensa a los engaños, lo que ponía en peligro tanto la salvación de su alma como la de quienes la rodeaban. Para contrarrestar las inclinaciones a las que se creía era propenso el sexo femenino, se juzgó que la mujer debía tener una vida en recogimiento, esto era retirada de los peligros del mundo, donde pudiera ejercitar su espíritu para con ello controlar sus emociones y dominar sus pasiones.

De este modo, las actividades de las mujeres debían reducirse a los espacios intramuros. Así, si bien el lugar propicio para las mujeres seglares era el hogar, fue común también que, ante las diversas circunstancias personales, como podía ser que la mujer quedara desamparada ante la muerte de sus padres o marido, lo mismo que durante un juicio, como en el caso de María Polonia y Josepha; se les depositará en un recogimiento de mujeres, en un convento de monjas, en un colegio de niñas o en una casa honorable con el fin de que se les resguardará de los males y se les instruyera en las buenas costumbres.

En los cuadros de castas es posible apreciar algunas de las actividades que se consideraban propias de las mujeres. Imagen tomada de: HISTORIA DE MÉXICO (historialozanitooo.blogspot.com)

El comportamiento femenino, además, debía estar bajo la vigilancia de una figura masculina. En el hogar, eran los varones de la casa quienes se encontraban a cargo, primero el padre y, luego, al contraer matrimonio, el marido. Esto, no se debía sólo a la naturaleza que se les atribuía, sino también a que eran las responsables del linaje familiar y cualquier desliz que tuvieran podía contraponerse a los intereses de una alianza matrimonial o amenazar la seguridad del patrimonio, al procrear al hijo de alguien ajeno al hogar. Por este motivo, cuando una mujer era objeto de escándalo y se ponía entredicho su honra, el honor de los hombres de su casa también resultaba afectado.

Sin embargo, como en los casos de María, Petrona y Josepha, muchas de las mujeres que se vieron afectadas por circunstancias que ponían en duda su honra, no participaron como simples víctimas de la situación, al contrario, actuaron para salvaguardar su honestidad y mantener o recuperar su buena fama, por lo que acudieron a las autoridades para hacer público su caso, un paso arriesgado que podía hacer de conocimiento de todos un asunto que aún pertenecía a la intimidad de la pareja, pero que de resolverse a su favor les permitía concebir un futuro más favorable que el de ser juzgada socialmente como una soltera, sobre todo cuando había un hijo, producto de su ilícita relación.

Por supuesto que el interponer una querella no significaba que la promesa matrimonial se cumpliría y, de hecho, en la mayoría de los casos esto no llegaba a pasar, pues era preferible para los hombres dotar a la afectada con un pago que le retribuyera su honor. No obstante, la querella no dejaba de ser un recurso mediante el cual, por un lado, las mujeres luchaban por el cumplimiento de aquello que se les había prometido, mientras que, por el otro, exhibían el comportamiento de sus contrapartes y el que habían sido ellas las engañadas.

Hace falta aún estudiar cómo se transformaba la vida cotidiana de aquellas mujeres que tras un juicio o un escándalo pasaban a ser reconocidas como solteras, algunas de ellas, quienes ya no tuvieron la oportunidad de contraer matrimonio pasaron a habitar los conventos, los colegios y los recogimientos de mujeres, dependiendo de sus posibilidades económicas. Otras, se quedaron en sus hogares y apoyaron en la manutención de la casa mediante su trabajo ya fuera en el negocio familiar o fuera de él, mientras que seguramente no faltaron las que sí pudieron concretar con alguien más un matrimonio. También habría que considerar que, entre ellas, las más desdichadas, tuvieron que recurrir por su situación y necesidad a la prostitución.

 Miguel Cabrera, Biombo jornada campestre con músicos, 1760. Imagen tomada de: Historia (uniandes.edu.co)

Las formas en cómo se valoró el amor y la sexualidad en el siglo XVIII no resultan del todo ajenas a nuestro presente, aún la sociedad juzga a la mujer a partir de su comportamiento sumiso o de su actitud jocosa y continúa considerándola como un ser frágil que requiere la protección de una figura masculina y no como un ser independiente capaz de decidir y actuar de acuerdo a sus necesidades e intereses. Quizá, si miramos hacia atrás y conocemos de dónde parten nuestros prejuicios sociales podamos combatir aquellas prácticas que han normalizado la violencia contra las mujeres.

Para saber más

Candau Chacón, María Luisa, «El matrimonio clandestino en el siglo XVII: entre el amor, las conveniencias y el discurso tridentino» en Estudios de Historia de España, núm. 8, 2006.

Ghiradi, Mónica y Antonio Irigoyen, «El matrimonio, el Concilio de Trento e Hispanoamérica» en Revista de Indias, vol. LXIX, núm. 246, 2009.

Gonzalbo, Pilar, Los muros invisibles. Las mujeres novohispanas y la imposible igualdad, México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2016.

Gonzalbo, Pilar, «Los peligros del mundo. Honor familiar y recogimiento femenino», Elisa Speckman, Clauda Agostoni y Pilar Gonzalbo (Coords.), Los miedos en la historia, México, México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2009.

Seed, Patricia,  Amar, honrar y obedecer en el México colonial. Conflictos en torno a la elección matrimonial, 1574-1821, traducc. de Adriana Sandoval, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Alianza Editorial, 1991.

 

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