El inicio del turismo en México
diciembre 14, 2020 La Bola

Patrimonio, identidad nacional y el inicio del turismo en México

Por Daniel Salinas Córdova

En el presente artículo, el autor trata las formas en que el turismo y la protección del patrimonio cultural se relacionaron en las décadas de la posrevolución en México. Se presenta cómo dentro de las políticas nacionalistas impulsadas por los gobiernos de la época se buscaba generar una nueva identidad nacional que amalgamara a la población, en las cuales los monumentos históricos y arqueológicos tuvieron un papel importante. Igualmente, se revisa la manera en que la industria turística, que entonces apenas iba comenzando en el país, influyó en dichos procesos. Un breve análisis de guías turísticas de la época ilustra la manera en que el turismo influyó en la forma en que se definieron y representaron ciertas concepciones sobre el patrimonio de México.

En el período posterior a la Revolución Mexicana, comúnmente conocido como posrevolución (1920-1940), se efectuó la reconstrucción social, material y económica del país tras el violento conflicto armado de la década anterior. Esta época se caracterizó por la creación de una nueva identidad nacional promovida por el Estado y diversos grupos de intelectuales como una forma de unificar a la población. A través de la educación, el arte y las políticas públicas se crearon nuevas definiciones de lo que significaba ser mexicano. El pasado, los monumentos y la diversidad cultural del país, que van desde los sitios arqueológicos prehispánicos y la arquitectura colonial hasta las tradiciones vivas, fueron los pilares fundamentales de este proceso. Aunque mucho se ha escrito sobre la educación y las artes nacionalistas, otra práctica importante involucrada en este proceso a la que generalmente se le ha prestado menos atención es el turismo.

Las bases de la industria turística mexicana se establecieron durante el mismo período posrevolucionario. Con el objetivo de atraer a viajeros internacionales, específicamente estadounidenses, los impulsores turísticos promovieron las muchas maravillas culturales y naturales de México como sus principales atractivos, al tiempo que desarrollaron la infraestructura necesaria –carreteras, hoteles, restaurantes, etc.– que facilitaban viajar por placer. Las nociones de «patrimonio» fueron vitales para la promoción de México como un destino turístico, por lo que muchos desarrolladores se involucraron, apoyando al gobierno para garantizar que los sitios arqueológicos y los edificios históricos estuvieran protegidos y fueran accesibles para los visitantes.

Póster turístico promocional de México de la Asociación Mexicana de Turismo, 1945, Harry Ransom Center, Texas War Records Travel Posters Collection, Universidad de Texas. Imagen disponible en: https://www.davidrumsey.com/luna/servlet/detail/RUMSEY~8~1~292093~90063904:Pictorial-Map-of-Mexico–Published-

Patrimonio, turismo y Estado

Tras la Revolución Mexicana a principios de la década de 1920, el país se encontraba devastado moral y materialmente; la población estaba profundamente conmocionada y dividida por una década de violencia, muerte y caos. Para contrarrestar esto, el cada vez más consolidado Estado mexicano impulsó una serie de políticas educativas y culturales nacionalistas con el objetivo de establecer una nueva identidad nacional como parte de las estrategias de cohesión social y pacificación. En general, estas políticas le dieron importancia principalmente al pasado indígena prehispánico, aunque en cierta medida también al del período colonial, promoviendo una identidad nacional que proyectaba la figura del mestizo como el arquetipo del «auténtico mexicano». La promoción del concepto esencialista de mestizaje (la mezcla racial y/o cultural de los pueblos indígenas con los europeos) comenzó a mediados del siglo XIX y tuvo una naturaleza compleja y, a menudo, contradictoria. La idea del mestizo ignoró o invisibilizó la presencia de los pueblos indígenas contemporáneos, así como los aportes de africanos y asiáticos a lo que entonces se consideraba como «mexicano» por excelencia. En pocas palabras, la mexicanidad fue concebida como resultado de la mezcla de aspectos indígenas y españoles por igual.

En estos procesos de creación y negociación sobre la identidad nacional, la diversidad cultural y artística del país se sacrificó al fijarse ciertas expresiones culturales en cuadros estereotípicos que representaban y definían una identidad y estética de lo «típicamente mexicano», por ejemplo los charros, la china poblana, el mariachi, la talavera, el jarabe tapatío, las lacas de Olinalá, etc. Muchas de estas tradiciones con orígenes particulares se proyectaron como nacionales, adquiriendo dimensiones que suprimían su regionalismo.

Postal de una «Hermosa señorita mexicana del Viejo México» vestida de China Poblana, ca. 1930-1945, Biblioteca Pública de Boston. Imagen disponible en: https://www.digitalcommonwealth.org/search/commonwealth:x346ft90r

Uno de los ejemplos más conocidos de este proceso de creación de identidad nacional homogénea fue el movimiento muralista, en el que pintores como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros embellecieron las paredes de los edificios públicos con escenas de la historia y tradiciones mexicanas bajo el patrocinio de la recién fundada Secretaría de Educación Pública (SEP) y su director José Vasconcelos. Además de la educación y las artes, los monumentos históricos y los sitios arqueológicos también jugaron un papel importante en este proceso de construcción de identidad nacional. A estos remanentes físicos del pasado del país se les otorgó un estatus patrimonial, con un claro interés de conservarlos como testimonios de las épocas pasadas. Los gobiernos posrevolucionarios persiguieron el fortalecimiento del sentimiento nacionalista en la población y, como el pasado era considerado como algo que ligaba fuertemente a las personas, los monumentos arqueológicos e históricos se incorporaron al discurso historiográfico nacionalista del Estado que buscaba unir a todos los mexicanos bajo una historia compartida. Así, monumentos como las pirámides de Teotihuacán o Monte Albán, la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México y otros conventos y edificios de la época colonial se convirtieron en símbolos de esta nueva identidad nacionalista mexicana, para funcionar como una herramienta con la cual ejemplificar y a la vez generar dicha identidad.

A fines de la década de 1920 el objetivo del gobierno era fortalecer y estructurar sus esfuerzos para proteger los monumentos históricos y arqueológicos. La legislación vigente en ese momento estaba desactualizada y sólo consideraba a los monumentos y artefactos arqueológicos de la época prehispánica, dejando desprotegidos cuatro siglos de cultura material de los períodos Colonial e Independiente. Además, las instituciones a cargo del patrimonio cultural de la nación se encontraban desarticuladas y eran ineficaces debido a inestabilidades presupuestales y de personal, encontrándose ampliamente superadas por diversos desafíos y luchando para poder cumplir con los objetivos planteados. Para remediar esta situación, en 1930 y 1934 se promulgaron nuevas legislaciones sobre monumentos, las cuales reglamentaron las materias relacionadas con la protección y conservación de los monumentos históricos y arqueológicos, las bellezas naturales y los aspectos «típicos» y «pintorescos» de los pueblos bajo la jurisdicción del Gobierno Federal.

Postal de la Pirámide del Sol en Teotihuacán, ca. 1930-1945, Biblioteca Pública de Boston. Imagen disponible en: https://www.digitalcommonwealth.org/search/commonwealth:x346fw33j

La ley de monumentos de 1930 también creó el Departamento de Monumentos Artísticos, Arqueológicos e Históricos, dependiente de la SEP, en el cual se agruparon gran parte de los organismos e instituciones que hasta ese momento se encargaban de la protección y estudio del patrimonio cultural mexicano, incluyendo el centenario Museo Nacional y las instancias responsables de decenas de sitios arqueológicos y varios inmuebles coloniales. Mediante labores de estudio, restauración, cuidado y difusión de monumentos arqueológicos e históricos a lo largo de la década de 1930, el Departamento de Monumentos articuló de forma coordinada los esfuerzos para codificar y unificar la cultura nacional de México a través de una estructura centralizada e institucionalizada.

El hito culminante de las políticas patrimoniales de la posrevolución fue sin duda la creación del Instituto Nacional de Antropología e Historia en febrero de 1939 a finales de la presidencia de Lázaro Cárdenas. Al igual que su antecesor el Departamento de Monumentos, el nuevo instituto formaba parte de la SEP, pero ahora como un órgano descentralizado con personalidad jurídica y patrimonio propios, lo cual, junto con mayores presupuestos, le daba más flexibilidad y alcance. Entre sus objetivos se encontraban investigar, conservar y difundir los sitios arqueológicos y edificios históricos del país, así como propiciar la investigación científica sobre los pueblos indígenas del territorio. El INAH fue producto directo de las políticas anteriormente descritas y desde entonces sigue siendo la principal autoridad en cuestiones relacionadas con el patrimonio cultural de México.

Para comprender mejor estas políticas culturales y patrimoniales es necesario considerarlas como parte del amplio proyecto de desarrollo nacional de los gobiernos posrevolucionarios de fines de los años veinte y treinta. Dicho proyecto buscaba fortalecer a la nación y el gobierno mediante la consolidación de instituciones estatales y su activa participación en la promoción del desarrollo industrial, comercial y agrícola del país.

El proceso de consolidación y categorización de las políticas y categorías patrimoniales en México es muy similar a lo que la arqueóloga australiana Laurajane Smith ha llamado «discurso patrimonial autorizado», el cual privilegia la monumentalidad, el consenso social y la consolidación nacional, y concibe al patrimonio como algo frágil que requiere la protección de expertos, así como su regulación y institucionalización mediante agencias culturales estatales. El interés emergente en los monumentos por parte del Estado mexicano y las políticas patrimoniales establecidas de arriba hacia abajo que se iniciaron en las décadas posteriores a la revolución bien podrían verse como el establecimiento de una modalidad del discurso patrimonial autorizado en México.

Miguel Gómez Medina, Mapa Pictórico de México, 1931, David Rumsey Historical Map Collection. Imagen disponible en: https://www.davidrumsey.com/luna/servlet/detail/RUMSEY~8~1~292093~90063904:Pictorial-Map-of-Mexico–Published-

Fue también durante las décadas posrevolucionarias que el turismo se desarrolló en México. Tanto políticos como inversionistas, mexicanos y estadounidenses por igual, vieron al turismo como una industria que ofrecía al Estado y a las élites posrevolucionarias los medios para participar en el capitalismo moderno, generando empleos e infraestructura. Además de mejorar la economía nacional, el turismo también propiciaba su enriquecimiento personal.

Las primeras instituciones y asociaciones de promoción turística –privadas, gubernamentales y mixtas– se establecieron a fines de la década de 1920 con el objetivo de promover a México como un destino atractivo para los turistas estadounidenses. El éxito de la industria se basó en gran medida en el patrimonio y la riqueza cultural del país, ya que éstos constituían uno de los atractivos más notables de México para los extranjeros. Los tesoros arqueológicos, arquitectónicos y folklóricos, así como las maravillas naturales como sus paisajes, playas y buen clima, brindaban el exotismo y la autenticidad que los turistas buscaban. Así, el turismo inherentemente evocaba orgullo por las cosas exclusivamente mexicanas.

No es sorprendente entonces que los promotores y funcionarios turísticos pronto se involucraran en los debates sobre las formas de definir la «mexicanidad». En grupos como el Comité Nacional de Turismo, establecido en 1936, se discutieron cuestiones relacionadas con el México «real», «verdadero» y «auténtico», el México que los turistas querían ver y el México que se les iba a mostrar. Éstas no eran simples preguntas retóricas, ya que sus respuestas tuvieron repercusiones reales y tangibles en aspectos como el desarrollo urbano, la creación de atractivos y la promoción de destinos turísticos. Algunas autoridades vieron en el turismo un potencial riesgo que podría afectar la «esencia de México». José Quevedo, el entonces director del Departamento de Turismo, consideró que importar costumbres y productos extranjeros –como clubes nocturnos o comidas estadounidenses– para atraer y agradar a los turistas amenazaba las costumbres y tradiciones locales, insistiendo en que se deberían promover atractivos turísticos que defendieran y promovieran lo que se consideraba que era la esencia de México, como ferias regionales, música, bailes típicos y fiestas tradicionales.

George H. Bodeen, Póster turístico de «La forma de ver México», 1936, Colección Adrian Yekkes. Imagen disponible en: http://adrianyekkes.blogspot.com/2014/02/vintage-travel-visit-mexicoin-1936.html

Las instituciones turísticas unieron fuerzas con el Departamento de Monumentos y otros actores clave en sus objetivos de proteger y promover el patrimonio cultural y natural en la búsqueda más amplia de definir, negociar y preservar la identidad nacional del país. Un ejemplo de ello es la participación de un representante del Departamento de Turismo en la Comisión de Monumentos, que, como parte del Departamento de Monumentos, se encargaba de declarar edificios históricos como «monumentos nacionales», lo cual los protegía legalmente. Mientras tanto, este mismo departamento se aseguraba de que los principales sitios arqueológicos y edificios históricos bajo su cuidado, como las pirámides de Teotihuacán, Tenayuca, Tepoztlán y Cholula o los conventos coloniales de El Carmen, Acolmán y Tepotzotlán por ejemplo, fueran protegidos, acondicionados y abiertos al público para ser visitados.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la industria turística que en las dos décadas anteriores se había establecido en el país tuvo un enorme auge. Con la bonanza económica de la posguerra el número de viajeros extranjeros que visitaron el país creció increíblemente, pasando de 23,769 en 1930 a 384,297 en 1950. En sólo 20 años la cifra se multiplicó más de 16 veces. La declaratoria de la primera Ley Federal de Turismo en 1949, durante la presidencia de Miguel Alemán, consolidó el involucramiento del Estado en asuntos del turismo en México y reguló las actividades del rubro. Desde entonces, el turismo en México no ha dejado de crecer hasta el 2020, cuando la pandemia del coronavirus puso en jaque a toda la industria a nivel global.

El papel del turismo en la creación del patrimonio

El patrimonio no es un hecho, no es algo que esté ahí esperando ser encontrado. En los últimos años múltiples autores han teorizado sobre cómo el valor de lo que es considerado patrimonio no es intrínseco y fijo, sino más bien es algo que se le atribuye a objetos, lugares o prácticas culturales. De esta forma, qué se considera patrimonio es algo que constantemente está cambiando y evolucionando. El patrimonio se construye a través del entretejido de representaciones, acciones y discursos ligados a relaciones de poder en los que intervienen muchos actores con diferentes intereses.

Las industrias turísticas son uno de esos actores, ya que afectan la forma en que se construyen y difunden las nociones de patrimonio e identidad siguiendo sus intereses capitalistas, muchas veces perpetuando discursos patrimoniales oficiales ante audiencias nacionales e internacionales. Una forma de apreciar esto durante la posrevolución es a través del estudio de guías turísticas de la época. Escritas mayoritariamente en inglés, pero algunas también en español, estas guías fueron creadas por autores y agencias privadas y en contadas ocasiones públicas, para públicos principalmente extranjeros y a veces nacionales. La forma en cómo los edificios históricos, los sitios arqueológicos y los paisajes de México fueron representados en las guías turísticas del período posrevolucionario ilumina los procesos en los cuales ciertos lugares se transformaron en destinos turísticos, contribuyendo a la conformación y construcción de nociones de patrimonio.

Portada de la Guía Ilustrada de Turismo de México por Guía Roji, 1934. Fotografía cortesía del autor

Los destinos turísticos no existen a priori, sino que es a través de transformaciones simbólicas que son creados y recreados tanto por las prácticas de los turistas como por los textos turísticos que éstos consumen. Los turistas buscan destinos y experiencias que están fuera de su vida cotidiana, por lo que esta transformación simbólica consiste en hacer que los sitios sean únicos e infundirles significado. Una de las formas en que esto sucede es por medio de la «otredad», cuando las guías turísticas enfatizan el carácter distintivo de los lugares, destacando y amplificando su diferencia con los entornos y contextos diarios de los turistas.

Las guías turísticas de México de las décadas de 1920 y 1930 emplean un lenguaje particular para hablar sobre los atractivos culturales que se promocionan, enfatizando y exaltando ciertos aspectos. La misma selección de los elementos que son presentados también es reveladora. Como parte de mi tesis de maestría revisé numerosas guías de la época y analicé profundamente cuatro de ellas, estudiando la forma que en sus páginas se describen y representan los destinos en el entonces ya turístico estado de Morelos. Muy de acuerdo a las tendencias de la época, las guías prestan especial atención a los monumentos, reseñando mayormente sitios arqueológicos y edificios históricos, a menudo reproduciendo una serie de temas e imágenes en común.

Detalle de la pirámide de la serpiente emplumada en Xochicalco, de la guía Cuernavaca. Where the importance of doing nothing becomes apparent, 1940. Fotografía cortesía del autor.

El primer grupo está compuesto principalmente por las zonas arqueológicas de Xochicalco, Tepozteco y Teopanzolco, las guías presentan a estos sitios como lugares envueltos en misterio que desconciertan a los académicos y deleitan a los viajeros. Los autores tienden a prestar especial atención al carácter religioso de los sitios y en sus textos abundan adjetivos como «magnífico», «misterioso» y «pagano» para describir las ruinas precoloniales. Respecto a los edificios históricos es notable cómo en las guías hay un especial enfoque a los inmuebles coloniales del siglo XVI, principalmente iglesias, conventos y el Palacio de Cortés en Cuernavaca, a los cuales se les trata como vestigios de la época de la Conquista. La catedral de Cuernavaca y otros conventos son descritos como fortalezas y en más de un texto se les liga directamente con la época medieval en Europa. El paso del tiempo en los monumentos históricos es algo que los hace más atractivos e importantes, su antigüedad aumenta su valor. Las descripciones de algunos textos cuentan con tintes nostálgicos por el antiguo esplendor y magnificencia que los edificios debían de haber tenido en el pasado. Entre los adjetivos comúnmente usados para describir estos inmuebles están «pintoresco», «marcado por el tiempo», «masivo» y «espléndido».

Como se puede ver, estas formas de reseñar y representar sitios e inmuebles se pueden concebir como dispositivos que hacen que los destinos descritos sean más atractivos e interesantes para los turistas al amplificar su «alteridad». Los textos turísticos como guías ayudan a estructurar la mirada de los turistas al dirigir su enfoque hacia lo que es distintivo y amplificar la diferencia entre la realidad cotidiana de los viajeros y el destino «extraordinario». A menudo, esto incluye procesos de exotización, es decir prestar especial énfasis a lo diferente a partir de una fascinación por lo extranjero, lo distinto. A través de sus representaciones, las guías y otros textos turísticos suelen seguir la línea de lo que el crítico cultural palestino-americano Edward Said denominó «orientalismo», ya que ofrecen la posibilidad de descubrir pasados lejanos, glorias pasadas, edificios antiguos, gente sencilla y vestigios de otra época.

La mirada del turista. Ilustración del libro México vade-mecum for the visitor, México, Departamento de Turismo-Asociación Mexicana de Turismo, 1941, p. 15

Sin embargo, es importante notar que los discursos de las guías no son monolíticos, hay muchas diferencias entre los textos escritos en inglés para ser consumidos por turistas extranjeros y los hechos en español para públicos nacionales. Por un lado, los procesos de exotización son mucho más pronunciados en los textos dirigidos a turistas estadounidenses. La figura del «mexicano» o el «indio», así como sus tradiciones, son vistas como algo completamente ajeno y fascinante, e inclusive en varios casos, siguiendo claras ópticas coloniales y racistas, se insinúa su inferioridad respecto a las propias de los turistas occidentales. En cambio, en las obras destinadas a viajeros nacionales, pese a que hay algo de exotización, ésta es mucho menor, en general se presta más atención a cuestiones de la historia nacional de héroes, villanos y grandes hazañas para promover una concepción unificadora y nacionalista de la identidad y el patrimonio mexicano. Esto no es tan sorprendente ya que fue  en los años treinta y cuarenta cuando se comenzó a desarrollar un turismo nacional entre las crecientes clases medias urbanas, impulsando a este turismo doméstico como una forma en que los mexicanos conocieran lo que constituía a México.

Históricamente el turismo ha sido un importante agente de proyección y fijación de concepciones sobre lo que tiene valor estético y patrimonial. Las imágenes, narrativas y concepciones sobre la identidad y el patrimonio de México que se desarrollaron en la posrevolución gracias al turismo fueron efectivas y duraderas, ya que aún hoy se puede percibir su influencia. Sin embargo, las nociones impulsadas por la literatura turística no son los únicos elementos de los procesos de conformación de concepciones patrimoniales. A pesar de que las guías turísticas pueden aportar visiones profundas y significativas sobre la construcción y desarrollo de imágenes, discursos e identidades, no agotan el espacio para el examen de la negociación y construcción de concepciones de patrimonio, identidad y nación. No son los únicos agentes involucrados en la construcción y difusión de discursos e imágenes turísticas y patrimoniales. En estos procesos participan otros actores, como las pequeñas empresas involucradas en el turismo y la población local que se relaciona con los turistas.

Póster turístico de Taxco, 1938. Imagen disponible en: https://tessa.lapl.org/cdm/ref/collection/travel/id/205

Como hemos visto, durante el período posrevolucionario en las décadas de 1920 y 1930 fue que se instauró en el país una cierta percepción sobre qué definía al patrimonio de México, basado en una serie de políticas nacionalistas de protección, estudio y difusión de los monumentos históricos y arqueológicos. Los gobiernos y las élites culturales de la época promovieron una visión nacionalista de la identidad mexicana, fuertemente ligada a la idea del mestizaje. Las políticas patrimoniales conjugaron a diversos actores en la institucionalización de la protección del patrimonio, la cual se centralizó primero en el Departamento de Monumentos y posteriormente en el INAH.

También fue en este periodo que se estableció el turismo como una industria importante en el país, la cual no estuvo ausente en los procesos de creación, negociación y representación de concepciones sobre el patrimonio y la identidad de México. La influencia de estos dos procesos se sigue sintiendo hasta hoy en la forma en que el patrimonio es conceptualizado, protegido, difundido y disfrutado. Desde entonces y hasta nuestros días, para bien o para mal, el patrimonio y el turismo han ido de la mano.

Para saber más

Berger, Dina, The Development of Mexico’s Tourism Industry. Pyramids by Day, Martinis by Night, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2006.

Cottom, Bolfy, Nación, patrimonio cultural y legislación: los debates parlamentarios y la construcción del marco jurídico federal sobre monumentos en México, Siglo XX, México, H. Cámara de Diputados, LX Legislatura/Miguel Ángel Porrúa, 2008.

Lombardo Ruiz, Sonia, «La visión actual del patrimonio cultural arquitectónico y urbano de 1521 a 1900», en Enrique Florescano (editor), El patrimonio cultural de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 165-217.

Pérez Montfort, Ricardo, «Una región inventada desde el centro. La consolidación del cuadro estereotípico nacional 1921-1937», en Estampas de nacionalismo popular mexicano. Ensayos sobre cultura popular y nacionalismo, México, CIESAS, 1994, pp. 113-135.

Salinas Córdova, Daniel, «Guiding heritage. Representations of Mexico’s national hertiage in tourist guidebooks, 1920-1994», tesis de maestría, Países Bajos, Facultad de Arqueología, Leiden University, 2019.

Villalobos Acosta, César, «Arqueología mexicana en guías de turistas: educación y pasatiempo», Anales de Antropología, vol. 48, núm. 2, 2014, p. 41-74.

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