Memoriales de las mujeres de Juárez
diciembre 16, 2020 La Bola

Memoriales de las mujeres de Juárez

Por Mónica Arandia Mondragón

Invito a hacer un ejercicio de imaginación. Pensemos que venimos de otro lugar, de otra ciudad, de otro país o de alguna otra realidad donde no existe el feminicidio. Nos encontramos en el año 2020 en Ciudad Juárez, Chihuahua. Al transitar las calles de la ciudad nos topamos con algunos elementos visuales que saltan a la vista, más allá de las peculiaridades urbanas de una ciudad fronteriza, económica y culturalmente marcada por la cercanía con Estados Unidos de América. Hay un distintivo, en ningún otro lado visto: mientras caminamos por la ciudad encontramos cruces de madera de color rosa, también en los postes hay cruces de color negro con fondo rosa, murales con rostros de mujeres, inscripciones en las paredes en las que se lee «ni una más» o «justicia». Observamos botones de pánico distribuidos en los postes para activarse en caso de sentir peligro y señalética que dice «corredor seguro para mujeres», esto nos pone a pensar en la vulnerabilidad: ¿acaso al estar lejos de esa señal habrá peligro?, ¿de qué peligro advierte esta señal?

Corredor seguro para mujeres. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Hagamos un poco de historia. En Ciudad Juárez desde 1993 la sociedad civil y la prensa nacional e internacional comenzaron a poner atención, primero, a las mujeres y niñas desaparecidas, después, a las que eran encontradas asesinadas con extrema violencia sexual.

Ciudad Juárez es una ciudad fronteriza en la que la violencia se ha convertido algo habitual. En 2008 fue considerada la ciudad más violenta del mundo, por el incremento de la tasa de homicidios relacionados en su mayoría con el crimen organizado, que ha representado sufrimiento colectivo y ha lastimado hasta el día de hoy a la sociedad juarense que mantiene la herida abierta en su memoria.

Estudios sociales han establecido que la violencia, a pesar de afectar de manera general a los habitantes en Ciudad Juárez, se ejerce de formas distintas entre hombres y mujeres. La mayoría de hombres son asesinados con armas de fuego en luchas de poder por el control de territorios, a diferencia de las mujeres que son sometidas, asesinadas y violadas.

Mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Los habitantes se enteraron poco a poco de los asesinatos y las desapariciones a partir de la cobertura que los medios de comunicación locales realizaban. Sin embargo, los reportajes estaban atravesados por estereotipos negativos en contra de las mujeres, en los que se daban detalles de las víctimas como la forma de vestir, los lugares que frecuentaban o su vida sexual. Esta forma de comunicar la noticia hizo que las personas se concentraran más en el retrato que se hacía de las mujeres que en los crímenes de los que eran víctimas.

Por parte del gobierno se culpabilizó a las víctimas; por ejemplo, el ex Procurador de Justicia del Estado, Arturo González Rascón dijo que: “Las mujeres que tienen vida nocturna salen a altas horas de la noche y entran en contacto con bebedores, están en riesgo. Es difícil salir a la calle y no mojarse”.

El asesinato y desaparición de niñas y mujeres no comenzó en 1993, pero fue entonces que por el interés de personas como Esther Chávez Cano, se empezó a llevar el registro de las notas que aparecían en los periódicos. No fue la única ni estuvo sola, pero es el trabajo archivístico el que dio la posibilidad de establecer los pilares del problema de la violencia contra las mujeres no sólo como una cuestión local sino como un problema estructural y de impartición de justicia.

Este ejercicio de archivo/conservación se relaciona de manera directa con la idea de patrimonio cultural, que desde 1972 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) definió como:

el legado cultural que recibimos del pasado, vivimos en el presente y que transmitiremos a generaciones futuras. Existe un valor intrínseco que consiste en promover el acceso a la diversidad cultural, enriquecer el capital social y conformar un sentido de pertenencia individual y colectivo que mantiene la cohesión social y territorial.

Sí el patrimonio es el legado cultural que recibimos del pasado y vivimos en el presente, las cruces y los murales en Ciudad Juárez son el legado que nos dejaron las familias de las víctimas y las organizaciones sociales.

El patrimonio y la memoria trabajan con la misma materia prima: el pasado, a través de monumentos históricos, memoriales, placas, conmemoraciones, entre otros. Es útil conocer el pasado porque da identidad, sentido, certezas y entendimiento. Para el historiador Enzo Traverso “La memoria es un conjunto de recuerdos individuales y de representaciones colectivas del pasado”. En ese sentido, se relaciona con la idea de patrimonio pues sucede a través de la subjetividad individual y se configura colectivamente. El patrimonio dejó de ser una palabra que se refiere a los bienes que una persona adquiere de los padres por herencia para transformarse en memoria de las sociedades; lo que permanece fijo en las dos acepciones es su carácter hereditario, que supone una intención de preservación a través del tiempo.

Es decir, el patrimonio es la herencia para las personas del futuro, es un horizonte de expectativas de lo que en el presente se considera valioso y por tanto vale la pena conservar, que permite tener un marco referencial donde reposa la identidad colectiva puesto que se ve reflejada en esos valores o ideas.

Las cruces, los murales y los espacios memoriales son importantes por un lado, por su valor simbólico porque ponen ahí lo que no está, evocan el feminicidio al dar cuenta que en ese espacio se encontró un cuerpo o fue vista por última vez. Por otro lado, su valor como patrimonio cultural da cuenta de la violencia en contra de las mujeres en Ciudad Juárez. Estas manifestaciones son una forma de apropiación colectiva, configuran la identidad de esa sociedad y son objetos de memoria, al tiempo que tienen la función de exigir justicia.

El patrimonio es aquello que socialmente se considera digno de conservación, Esther Chávez Cano encontró dignas de conservación las notas periodísticas donde se daba cuenta de las mujeres asesinadas y desaparecidas. Pierre Nora, historiador francés reconocido por sus trabajos de memoria e identidad, nos recuerda que la memoria hay que crearla a través de archivos, aniversarios, celebraciones conmemoraciones, etc.

Friso con cuatro cruces rosas. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Fue gracias al compromiso de los distintos grupos de personas y organizaciones no gubernamentales que se recopilaron datos que diferían de los oficiales. Amnistía Internacional en México Muertes Intolerables reporta que entre 1993 al 2003 se han registrado alrededor de 370 homicidios de mujeres, de los cuales como mínimo 137 son asesinatos con violencia sexual, 75 cuerpos continúan sin ser identificados y el número de mujeres desaparecidas asciende a más de 400.

En todo México asesinan y desaparecen mujeres, pero no en todas las ciudades se encuentran los memoriales de la forma y en la cantidad en la que se existen en Ciudad Juárez. Lo que ha transformado el paisaje urbano de la ciudad es la agencia que las personas asumieron ante la ausencia de sus mujeres, el duelo ante los cuerpos mutilados y falta de justicia. A lo largo de sus calles encontramos evidencias/huellas, objetos y espacios que son significativos para las familias de las víctimas, para los habitantes del lugar y que se han convertido en símbolos internacionales del feminicidio; es la memoria que se vive en el presente.

Cruz con estacas en la línea. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Según Maurice Halbwachs, sociólogo francés, la «memoria colectiva» se perpetúa en el interior de muchos marcos sociales, más o menos estables, a modo de una cultura heredada y compartida. Así la memoria viva en el presente no es una experiencia individual sino una construcción colectiva: puede ser que no se haya vivido en carne propia alguna experiencia, pero como seres sociales nuestra vida se amalgama con la de más personas, personas cercanas. Por eso se hereda, por eso se comparte.

Lluvia Rocha se encuentra parada en el estacionamiento de Costco Ciudad Juárez, lugar donde fue encontrada sin vida Lilia Alejandra en 2001. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

En la fotografía vemos a Lluvia Rocha, mujer juarense, en la colonia Pradera Dorada; muestra el lugar aproximado donde el 21 de febrero de 2001 se encontró el cadáver de Lilia Alejandra. En la acera más cercana al estacionamiento, aduanalmente se encuentra una mampara que explica: «En este lugar fue encontrada sin vida Lilia Alejandra, de 17 años, trabajadora de maquila, madre de Jade y Kaleb, hija de Norma y José. Soñaba con ser periodista, trabajaba para superarse, como estudiante tuvo varios logros y reconocimientos».

Mampara que lleva por título ¿Quieres saber qué pasó aquí?, que recuerda y evidencia el asesinato de Lilia Alejandra. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Lluvia Rocha se ha convertido en activista por la experiencia de su vida en Ciudad Juárez, a pesar de no tener familiar que haya sido asesinada o desaparecida. Actualmente, da acompañamiento psicológico a víctimas por violencia de género y organiza pintas de murales con rostros de mujeres y niñas asesinadas y desaparecidas en distintos barrios de la ciudad. También, colabora con algunas asociaciones civiles de derechos humanos dentro del tema de violencia de género.

Desde hace años, Lluvia es la encargada de darle mantenimiento a la mampara dedicada a Lilia Alejandra, por la que tiene, además, un vínculo especial originado años atrás. Cuando tenía 17 años siempre cruzaba para ir a la escuela por el terreno donde fue encontrado el cuerpo de Lilia Alejandra, ahí su madre le tomó una fotografía en 2001. Ese mismo año, entre septiembre y octubre desaparecieron Laura Berenice Ramos Monárrez de 17 años; Claudia Ivette González de 20 años y Esmeralda Herrera Monreal de 15 años. Sus cuerpos fueron encontrados en noviembre con signos de maltrato físico. Posteriormente, este caso fue conocido como «Campo Algodonero» y se convirtió en un referente al hablar sobre feminicidios.

Foto de la foto de Lluvia con un par de cruces. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Existe en Ciudad Juárez un grupo de madres que gestiona de forma independiente recursos para poder pintar el retrato de sus hijas. Sumándolos son más de 50 rostros pintados a lo largo de la ciudad. A través de estas acciones se forja la identidad de la comunidad y se mantiene la cohesión social, pues la memoria es una construcción colectiva.

Mural que recuerda a Lilia Alejandra a 15 años de su asesinato. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Los murales han servido para llamar la atención de los medios de comunicación. Son, además, una forma para denunciar los feminicidios y desapariciones como crímenes de Estado y sirven para sensibilizar a la población como una herramienta de educación popular. Es distinta la experiencia de la gente al ver una cruz, que al ver el rostro y nombre de una víctima. Una vez pintado el mural, su permanencia en el espacio público irrumpe la cotidianeidad de una persona generando una experiencia estética, una emoción. Es distinto leer en el periódico «aparece el cadáver de una mujer» o «una muerta más» a ver el rostro de esa mujer pintado en la pared. El tamaño de la imagen le da una dimensión distinta a la tragedia. Un propósito de estos murales es invitar a quien los mira a tomar una postura política frente al feminicidio.

Mural dedicado a Cinthia Jocabeth. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Las desapariciones y feminicidios de mujeres son acontecimientos ante los cuales es muy difícil mantenerse apacible, esas sensaciones se convierten en el detonador de la toma de una postura política. Después, entra la razón para darle sentido al hecho por ejemplo: tomarse una foto en la cruz rosa donde se encontró el cuerpo de Ana Lilia.

Al caminar por el centro de la ciudad se pueden observar las cruces negras pintadas con fondo rosa sobre postes de luz, la mayoría están muy cerca de las paradas de las principales rutas de camiones, vías de conexión entre el norte y sur, poniente y oriente. Estas cruces marcan el lugar donde se vio por última vez con vida alguna mujer o niña desaparecida; fueron pintadas a partir de 1998 por la organización «Voces sin Eco» que fue la primera agrupación compuesta por familiares de las víctimas, que ante la falta de respuestas convincentes sobre el paradero de sus hijas su principal objetivo fue exigir a las autoridades justicia.

Cruces negras sobre fondo rosa pintadas en los postes de las calles de Ciudad Juárez. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

A finales de los años 90 las autoridades detenían a las personas que hacían las pintas de cruces en los postes. Según Enzo Traverso «hay memorias oficiales, mantenidas por instituciones, incluso por los Estados, y memorias subterráneas, ocultas o prohibidas. La visibilidad y el reconocimiento de una memoria dependen también de la fuerza de sus portadores». Las memorias débiles se consideran de esta manera porque quienes las ejercen no poseen la hegemonía del discurso del poder dominante. El Estado no quiso dar cabida a esta memoria subterranea, pues esto significaría reconocer las fallas en la impartición de justicia.

La versión oficial para ese momento era que las mujeres eran asesinadas por andar en malos pasos; cuando las madres iban a presentar su denuncia al Ministerio Público, recibían la respuesta: «No se apure señora, al rato regresa. De seguro anda con el novio… Es más, cuando llegue me la presenta». Eso le dijeron a la señora Irma Pérez madre de Olga Alicia Carrillo Pérez. Así, el Estado y los agentes que actúan en su nombre no le dieron la escucha necesaria a quienes fueron a denunciar la desaparición de las mujeres. La mirada de las autoridades estuvo atravesada por la misoginia, en un contexto de violencia generalizada, sumado al prejuicio por clase, pues la mayoría de las víctimas provenían de clases bajas, vivían en las periferias pobres y se dedicaban a la maquila en condiciones precarizadas.

Las familias, que también son víctimas, tuvieron que vivir con la ausencia, encontrar los medios para hacerse escuchar y buscar justicia a través de sus acciones. Así se construyó una memoria, que inicialmente fue débil o subterránea y hoy es parte de la colectividad y del patrimonio cultural.

La fuerza política y la lucha por la memoria de las mujeres asesinadas y desaparecidas logró llevar hasta sus últimas consecuencias el caso «Campo Algodonero». La Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró responsable al Estado mexicano por la violación al Derecho a la Vida, Derecho a la Integridad Personal, Garantías Judiciales, Derechos del Niño, Protección Judicial y por el incumplimiento de las obligaciones que derivan del artículo 7 de la Convención para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer. La socióloga Elizabeth Jelin dice que «la memoria tiene entonces un papel altamente significativo, como mecanismo cultural para fortalecer el sentido de pertenencia a grupos o comunidades». No hubiera sido posible llevar hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos el feminicidio de estas mujeres sin la agencia política de las familias y la sociedad civil.

Finalmente, las cruces, los murales y los espacios memoriales como patrimonio cultural han dado cuenta de la violencia en contra de las mujeres en Ciudad Juárez. Son un patrimonio gestado desde abajo, una forma de apropiación colectiva, configuran la identidad de la sociedad al tiempo que tienen la función de exigir justicia. La lucha social ha puesto sobre la mesa el problema de los feminicidios. El legado material de ese patrimonio se puede observar en cada memorial elaborado desde, por y para la sociedad civil.

Memorial dedicado a las víctimas de feminicidio del campo algodonero. Fotografía de: Mónica Arandia. Cortesía de la autora

Para saber más

Jelin, Elizabeth, Los trabajos de la memoria, Madrid, Siglo XXI, 2002.

Nora, Pierre. Los lugares de memoria, Montevideo, Ediciones Trilce, 2008.

Ravelo Blancas, Patricia, «La costumbre de matar: proliferación de la violencia en Ciudad Juárez, Chihuahua, México», en Nueva antropología, vol.20, núm.65, 2005, pp.149-166. Disponible en línea: http://www.scielo.org.mx/pdf/na/v20n65/v20n65a9.pdf

Traverso, Enzo, “Historia y memoria. Notas sobre un debate”, en Marina Franco y Florencia Levín (comp.), Historia reciente, Buenos Aires, Paidós, 2007, pp. 67-96.

Traverso, Enzo, La historia como campo de batalla: interpretar las violencias del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México, 2017.

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