La ópera: una herencia cultural
diciembre 9, 2020 La Bola

La ópera: una herencia cultural para la humanidad

Por Gustavo Ramírez Martínez

El patrimonio no se refiere sólo a monumentos y colecciones de objetos, también comprende las expresiones y las tradiciones “intangibles” heredadas por nuestros antepasados. Algunas formas operísticas ya se consideran como tal, sin embargo, la ópera occidental no ha recibido este reconocimiento. En el presente artículo, Gustavo Ramírez habla de la historia de este tipo de música, cuáles han sido sus aportes a la humanidad y por qué debería ser reconocida por la UNESCO como patrimonio cultural.

Ir al teatro es un placer, asistir a un ballet un gozo, rendirse a la ópera, la felicidad.

Annelou Dupuis

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el patrimonio cultural no se refiere sólo a monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende también las expresiones y las tradiciones “intangibles” heredadas por nuestros antepasados y transmitidas de generación en generación a nuestros descendientes. Tales expresiones incluyen tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativas a la concepción de la naturaleza y el universo, así como saberes y técnicas vinculadas a la artesanía.

Algunas expresiones de la ópera ya se consideran patrimonio cultural: la ópera Kun Qu (2008), la ópera Yueju (2009), la ópera tibetana (2009) y la ópera de Pekín (2010). La inclusión de estas formas de expresión como patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO resulta benéfica para alentar a los gobiernos, a las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) y a las comunidades locales a emprender acciones de identificación, preservación y valorización de su patrimonio con el fin de resguardar muestras representativas de la diversidad cultural mundial.

La ópera de Kun Qu es una de las más emblemáticas de Chinas, pues se sabe que existe desde hace más de 600 años. Imagen tomada de: https://ich.unesco.org/es/RL/la-opera-kun-qu-00004

Estas expresiones operísticas en su conjunto representan en buena medida la esencia de la cultura oriental y son reconocidas como una parte fundamental de su identidad, así como un símbolo de continuidad que debe transmitirse de generación en generación. La historia de la ópera Kun qu, por ejemplo, es una de las manifestaciones operísticas tradicionales más antiguas de China, que se inició hace más de 600 años. A lo largo de más de 200 años, ésta ha sido una de las más interpretadas en los escenarios chinos. Por otro lado, la ópera Yueju se caracteriza por su conjunto de instrumentos de cuerda y percusión, así como por el refinamiento en la indumentaria y el maquillaje de sus actores. Sus representaciones comprenden acrobacias y combates con armas reales inspirados en las artes marciales shaolin, lo que ha sido objeto de importantes recreaciones y en algunas comunidades rurales se asocia a elementos rituales, religiosos y sacrificiales, formando una amalgama espiritual de arte y tradiciones. Ancladas en el budismo, las historias de la ópera tibetana relatan la victoria del bien y la condenación del mal. De ahí su función social pedagógica para la comunidad y su vinculación entre los tibetanos de las diferentes regiones del país, promoviendo la unidad y el orgullo étnico.

La ópera de Pekín ingresó a la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010. Imagen tomada de: https://ich.unesco.org/es/RL/la-opera-de-pekin-00418

El que la ópera occidental aún no sea considerada patrimonio inmaterial de la humanidad probablemente obedece a razones que tienen que ver con un problema de integración en la sociedad, que se remonta a sus orígenes. Entre dichas razones se puede mencionar el origen aristocrático del género, cuyas obras eran encomendadas por reyes, cortes, eclesiásticos, entre otros, a través del mecenazgo y con motivo de celebraciones especiales, cuyas representaciones ocurrían principalmente en los círculos de la alta sociedad de la época. Desde ese momento ha persistido a lo largo del tiempo el prejuicio de la ópera cómo un género elitista. Incluso, con el surgimiento de los teatros, el acceso era limitado a un cierto público perteneciente a las clases acomodadas, aunque paulatinamente tuvieron acceso otras clases sociales. Al evocar al teatro griego, la ópera resultaba lejana al gusto del público, pues la sociedad no se identificaba con su temática, incluso en algunos pueblos se representaban en idiomas ajenos, estableciendo una brecha en su entendimiento.

Además, a lo largo de su historia, se han establecido códigos formales de vestimenta y conducta, y se restringe a un público de edad elevada. Otro problema es que el género operístico no ha sido totalmente universal, pues en el último siglo solamente se ha representado una limitada parte del repertorio, ya que más del 50% de las óperas representadas en el mundo corresponden únicamente a los siguientes cuatro compositores: Mozart, Verdi, Puccini y Wagner.

Sin embargo, en la actualidad ha cambiado paulatinamente la percepción de la ópera como un arte aburrido, reservado solamente para los conocedores y costoso, tanto en su producción, como para el acceso al público. El problema del entendimiento de lenguaje ha sido resuelto, ya que fue hasta finales del siglo XX cuando se comenzó a utilizar el subtitulaje en las puestas en escena. Todo lo anterior ha permitido que incluso se perciba cada vez más a la ópera como un fenómeno artístico que incluye toda una experiencia completa, no sólo como un espectáculo efímero, sino una experiencia social de aprendizaje. Hoy en día, gracias a las nuevas tecnologías estas barreras se han superado y la ópera se ha vuelto más accesible, no sólo para los públicos frecuentes, generalmente de edad avanzada, sino también para las nuevas audiencias compuestas por gente joven, incluyendo niños y adolescentes, provocando que el público se enamore de las grandes óperas del pasado cuya riqueza y fuerza de comunicación es tal que probablemente sea el legado de mayor trascendencia de toda la historia de la música occidental.

La ópera: sus orígenes y desarrollo

Hace aproximadamente cinco siglos, en Italia se fusionaron la música, la danza y el teatro para dar origen a un nuevo género: la ópera. Lo maravilloso de este género es que en ella se combinan las emociones con la música, la orquesta, la escenografía, la literatura, el drama y la danza, siendo su mayor atractivo la inclusión de la voz, probablemente el más complejo y conmovedor de todos los instrumentos musicales.

Si bien la música creada por el compositor es la parte medular de la ópera, no se puede explicar su universalidad y belleza sin un buen libreto, el cual puede escribirse a partir de diversos temas como la mitología griega, la historia de la Roma antigua, de obras literarias de autores como Shakespeare, Goethe o Schiller, así como de temas románticos, comedias o tragedias de la vida cotidiana.

El objetivo del libreto es que por medio del manejo del lenguaje, en ocasiones poético, pueda expresarse toda una gama de emociones.  Finalmente la ópera cobra forma cuando la música y el libreto son interpretados por la voz de los cantantes y el coro. La dualidad entre música y continuidad dramática genera en el espectador una avalancha de emociones, que en algunos casos representa un reflejo de sí mismo o de la sociedad a la que pertenece.

La ópera puede ser inherente a todas las culturas e idiomas, y al jugar con los sentidos y emociones le da su carácter universal para ser comprendida y compartida. Vincenzo Galilei, padre de Galileo Galilei, ideó su lamentazione para cantar un conocido pasaje de la Divina Comedia de Dante Alighieri, siendo éste uno de los elementos precursores del nacimiento de la ópera. La ópera entonces surgió en un ambiente, si bien intelectual, casi doméstico.

Alrededor de 1580, Vincenzo Galilei junto con pintores, literatos, músicos, poetas y cantantes como Girolamo Mei, Jacobo Corsi, Jacobo Peri, Giulio Caccini, entre otros, se reunían en una casa situada en Florencia que pertenecía al Conde de Vernio, Giovanni Bardi. A estas reuniones se les conoció como Camerata Bardi o Camerata Fiorentina, cuya razón de ser parte de la opinión de que los antiguos griegos y romanos representaban sus tragedias de una manera entre recitada y cantada.

El objetivo de sus reuniones era inventar una música de estilo recitativo que pudiera escenificarse, reviviendo la antigua tragedia griega o lo que entendían como tal. Intentaban regresar a la antigüedad clásica a través de un canto natural y más cercano al hombre y a sus emociones; se contraponían a la polifonía religiosa predominante en la época. De ellas surgió Dafne del músico Jacobo Peri y del poeta Ottavio Rinuccini como un primer intento de esta nueva idea. La obra se representó en el carnaval de Florencia a finales del siglo XVI. Si bien la música se perdió, de acuerdo con testimonios históricos produjo gran efecto por su novedad.

Casi de inmediato, en octubre de 1600 en el Palacio Pitti, se representó Eurídice, también de Peri. En ella se incluyeron instrumentos para acompañar la voz, mientras el canto al estilo recitativo alternaba con pasajes al estilo madrigal con cantos corales al unísono y se incluía el ritornello, forma musical que se utilizaba para designar los breves intervalos instrumentales que se alternaban con las estrofas cantadas o recitadas.

Así, se popularizaron los mitos de la antigüedad, pues Giulio Caccini volvió a musicalizar el texto de Peri y tituló a su nueva obra Orfeo. Caccini recopiló sus trozos de canto en su colección Nuove Musiche, que constituyó la primera colección de música para voz y bajo continuo. La Opera in Musica, como ya se la había llamado a este nuevo género musical, fue llevado a un nivel más alto por Claudio Monteverdi, considerado el padre de la ópera, con su Orfeo que se estrenó en 1607, la cual dejó cautivo al público con su drama lírico.

Paritura de L´Orfeo de Claudio Monteverdi. Imagen tomada de: https://imslp.org/wiki/L’Orfeo%2C_SV_318_(Monteverdi%2C_Claudio

 

Con la apertura del primer teatro de ópera en 1637 en Venecia, este género tuvo un mayor alcance entre el público. Ahí, fue Antonio Vivaldi (Orlando Furioso, Farnace) su principal estrella. La ópera se adoptó también en las cortes reales europeas, fue Jean-Baptiste Lully quien la introdujo en Francia al convertirse en el compositor oficial de Luis XIV y el alemán George Frideric Handel (Rinaldo, Julio César) junto con el inglés Henry Purcell (Dido y Eneas) quienes la popularizaron en Londres.

Durante los siglos XVII y XVIII se estableció la ópera seria, de corte solemne, que constó de una suerte de narración por medio del recitativo con momentos emotivos dados por el aria, con ello se formaba un monólogo solista cantable donde no había acción y se le interpretaba de forma cíclica. En Nápoles surgió también la ópera buffa, que aunque exigía virtuosismo en los cantantes, su corte era humorístico y reflejaba escenas y sentimientos de la vida cotidiana. En esa época se le dio mayor énfasis a la vocalidad que al texto.

A finales del siglo XVIII este modelo sufrió una reforma en donde el exhibicionismo vocal se sustituyó por el drama.  No hubo más puestas en escena fastuosas, ni personajes mitológicos, ni héroes de la antigüedad, ni vocalizaciones forzadas. Se pretendía liberar a la ópera de todo tipo de aspectos ajenos a su esencia, buscar su sencillez, regresar a lo natural y a la verdad.

Esta reforma fue encabezada por Christoph Willibald Gluck (Orfeo y Eurídice) y seguida por Wolfgang Amadeus Mozart (Don Giovanni, Cosí fan Tutte, Las Bodas de Fígaro, La Flauta Mágica) quien tuvo la influencia de la ópera seria y la ópera buffa pero también del singspiel alemán, una forma de diálogo hablado en sustitución del recitativo cantado. Bajo la influencia de Gluck y Mozart surgieron tres compositores colosales que dieron origen al belcanto: Gioacchino Rossini (El Barbero de Sevilla, La Cenicienta), Vincenzo Bellini (Norma, Los Puritanos, La Sonámbula) y Gaetano Donizetti (Lucia de Lammermoor, El Elixir de Amor, La Hija del Regimiento). Este movimiento operístico se interesó por el desarrollo de elementos de virtuosismo vocal como la coloratura, los agudos y los sobreagudos, así como un registro vocal completamente ligado (legato). Posteriormente, el Risorgimento fue encabezado por Giuseppe Verdi cuyas óperas como Nabucco se convirtieron en estandartes de lucha social y política. A su vez Rigoletto, El Trovador y La Traviata constituyeron tres de sus grandes obras maestras de corte romántico.

En la década de 1860 surgió un movimiento de impulso rebelde frente a la burguesía reinante, la scapigliatura encabezada por Arrigo Boito (Mefistófeles) que básicamente buscaba revalorizar el argumento, la armonía y orquestación que desembocaría en una continuidad dramática. De forma paralela a la ópera italiana, París se convirtió en el corazón europeo de ella. Surgió la Grand Opera encabezada por Giacomo Meyerbeer (Los Hugonotes). Por su parte, Jacques Offenbach (Los Cuentos de Hoffmann) desarrolló la opereta que alcanzó gran popularidad con su Orfeo en los infiernos.

Surgieron también compositores importantes como Héctor Berlioz (La condenación de Fausto, Los Troyanos), Charles Gounod (Fausto, Romeo y Julieta) y Jules Massenet (Manon, Werther), Georges Bizet (Carmen), Camille Saint-Saëns (Sansón y Dalila) y más tarde, Claude Debussy (Pelléas et Mélisande). Próximo al retiro de Verdi, otros compositores se perfilaron para ser sus sucesores, buscaban representar en mayor o en menor medida las pasiones humanas, la brutalidad, el realismo extremo con absoluta crudeza, movimiento que en conjunto se denominó verismo. Como compositores veristas destacaron Umberto Giordano (Andrea Chénier, Fedora), Ruggero Leoncavallo (Pagliacci), Pietro Mascagni (Cavalleria Rusticana) y Francesco Cilea (Adriana Lecouvreur). De todos ellos el que se convertiría en el sucesor de Verdi fue Giacomo Puccini, quien describió por medio de memorables melodías historias de amor en las que participaban heroínas con destinos trágicos (La Bohème, Tosca, Manon Lescaut, Madama Butterfly).

En cuanto a la ópera alemana, durante el clasicismo alemán  -dominado por Mozart- Joseph Haydn (Lo speziale, La fedeltà premiata) fue un prolífico compositor de ópera, aunque sus obras hoy en día son interpretadas ocasionalmente. Dentro de los grandes compositores alemanes de música instrumental del siglo XIX, sólo Beethoven incursionó con su única obra Fidelio. Por otro lado, Richard Wagner (El anillo del nibelungo, Parsifal) fue un prolífico compositor, quien a mediados del siglo XIX produjo una de las mayores transformaciones en el desarrollo de la ópera, que llamó Gesamtkunstwerk (obra de arte total), cuyo objetivo era la continuidad dramática y el desarrollo de líneas temáticas que se repetirían a lo largo de sus óperas (leitmotiv) en compañía de una compleja orquestación, una armonía poco convencional y largas líneas melódicas. Sus óperas se basaron principalmente en historias teutónicas.

Posteriormente, Richard Strauss (El Caballero de la Rosa, Capriccio) continuará con la escuela alemana, combinando el romanticismo de Wagner con elementos mozartianos. En ese siglo también se desarrolló la escuela de ópera rusa, cuyos principales representantes fueron Mikhail Ivanovich Glinka (Ruslán y Liudmila), Aleksandr Borodín (El príncipe Ígor), Modest Mussorgski (Boris Godunov), Piotr Ilych Chaikovski (Eugene Onegin) y Nikolai Rimski-Korsakov (Sadkó).

Al entrar el siglo XX, coexistieron distintos movimientos operísticos. Salomé y Electra de Richard Strauss conmovieron al mundo. Arnold Schoenberg (Moisés y Arón) rompió la tradición musical al rechazar la armonía a favor de la atonalidad, y junto con Alban Berg (Lulu, Wozzeck), incorporaron notas disonantes (notas sin resolver). El serialismo (tono y tiempo en forma secuencial) y el minimalismo con la repetición de elementos musicales, así como la música electrónica y la exploración de fenómenos como el silencio y el ruido, son lenguajes que han probado compositores como Philip Glass (Einstein on the beach), Luciano Berio (Un rey escucha) y Karlheinz Stockhausen (Luz). Por su parte, la ópera inglesa del siglo XX contó con Benjamin Britten (Billy Budd, Peter Grimes) como su gran exponente.

En la actualidad, la ópera sigue estando sujeta a experimentación, y su gozo visual y auditivo requiere de una preparación técnica, además de un gusto por la innovación radical.

Es importante también mencionar el papel que han tenido las mujeres en el desarrollo de la historia de la ópera. La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina (1625) de Francesca Caccini es considerada la primera ópera que se conserva escrita por una mujer. Entre algunas otras compositoras se encuentran Élisabeth Jacquet de la Guerre (Céphale et Procris), Maria Lluïsa Casagemas (Schiava e Regina), Kaija Saariaho (L’amour de loin), Gabriela Ortíz (Luciérnaga) y Diana Syrse (Marea Roja).

Portada de la ópera La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina (La liberación de Rugiero de la isla de Alcina), escrita por Francesa Caccini en 1625, primera mujer registrada que escribió una obra de este naturaleza. Imagen tomada de: http://revistadigital2.csmvalencia.es/wp-content/uploads/2019/03/Article-Sakira-Ventura.pdf

La ópera, un suspiro totalmente humano

Resulta interesante que los gustos tanto musicales como teatrales de distintas óperas han estado vigentes durante generaciones. Lo anterior se atribuye a los temas universales tratados como el desamor, la traición, el enamoramiento, entre otros, todos relacionados con expresiones meramente humanas que perduran en el tiempo. Así, la ópera permite al espectador, en el más ambicioso de los casos, lograr una conexión emocional (y artística) con un canto, un llanto, una pasión, una tragedia, en una constante búsqueda de perfección para ver su propia experiencia en el escenario.

Otro aspecto social de la ópera es la transmisión de ideas políticas y de ideologías a través de sus historias, aportadas tanto por el compositor como por el libretista. Desde el inicio, la ópera estuvo al servicio de la aristocracia y de las monarquías por tratar temas relacionados a su reconocimiento y a la exhibición de su poder. Las obras expuestas al público manifestaban la grandeza de la autoridad que las costeaba, o en otras ocasiones, se utilizaban para difundir mensajes políticos. Un ejemplo de esto último sucedió en Italia en el siglo XIX en donde la leyenda «Viva V.E.R.D.I!» comenzó a ser pintada en las paredes de los teatros más importantes de la Península Itálica como supuesta referencia al compositor, cuando en realidad se trataba de un mensaje liberador de Italia al ser las iniciales de Vittorio Emanuele, Re Di Italia (Rey de Italia). Otro ejemplo es Fidelio, que trata acerca de la búsqueda de la libertad y de una humanidad utópica. En ella, el personaje central es una mujer (Leonora) disfrazada de Fidelio, quien se las ingenia para entrar a la prisión donde se encuentra su marido Florestán, un preso político que ha sido injustamente encarcelado, y así liberarlo.

Representación contemporánea de Fidelio, ópera con música compuesta por Ludwig van Beethoven y cuyo estreno se efectuó en 1805. Imagen tomada de: https://www.operaactual.com/noticia/apoteosis-de-fidelios-en-el-ano-beethoven/

Finalmente, una de las cuestiones sociales más directas de la ópera es el público. En este aspecto, la asistencia a la ópera implica un acercamiento social que se ha transformado a través del tiempo. Desde sus inicios, la ópera ha sido un espectáculo elitista al que asistía  solamente la gente más adinerada y cultivada. Más tarde, las producciones operísticas comenzaron a ser más accesibles a todo público, las más frecuentes puestas en escena al aire libre donde un mayor número de personas podía apreciarlas. Es sobre todo en los siglos XX y XXI cuando la comercialización de la ópera hizo que esta se difundiera entre un público más diverso, como sucedió con los Tres Tenores (Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras) que se promovió de manera exitosa. También las transmisiones del Metropolitan Opera House de Nueva York y del Covent Garden de Londres  han sido todo un éxito en los últimos años. Lo anterior permite visualizar a la ópera como un género musical dinámico que ha cambiado a través del tiempo en función de las corrientes filosóficas, de pensamiento social y político, siempre adaptándose a la sociedad.

La ópera como patrimonio cultural tangible

Desde el punto de vista arquitectónico, la ópera puede considerarse como patrimonio cultural al promover que en distintos países del mundo se edificaran joyas arquitectónicas para servir como teatros de ópera. Richard Wagner, en su ensayo La obra de arte del porvenir, menciona que:

la arquitectura no puede tener un propósito más alto que crear un entorno espacial para una asociación de seres humanos en la que se representen artísticamente a sí mismos, entorno que la obra de arte humana necesita para manifestarse. Sólo aquel edificio que está totalmente al servicio de una finalidad humana está construido por necesidad; ahora bien la suprema finalidad humana es la artística, y la suprema finalidad artística es el drama.

Dentro de los teatros que cumplen esta definición se encuentran la Scala de Milán, la Ópera de Viena, la Ópera de Berlín, la Ópera Garnier, Covent Garden, el Metropolitan Opera House, el Teatro Colón, el Palacio de Bellas Artes, los Margraves de Bayreuth, la Ópera de Sydney, y Drottningholm, estos tres últimos inscritos en la lista de patrimonio mundial de la UNESCO en 2012, 2007 y 1991 (con una modificación en 2019), respectivamente.

Escenario del teatro del palacio de Drottningholm en Estocolmo, Suecia. Imagen tomada de: https://viajealpatrimonio.com/listing/real-sitio-de-drottningholm/

De acuerdo a estos criterios, los tres antes mencionados representan: 1) una obra maestra del genio creativo humano y 2) un ejemplo sobresaliente de un tipo de edificio, conjunto arquitectónico o tecnológico o paisaje que represente alguna etapa importante de la historia humana. El Teatro de Drottningholm, ubicado en Estocolmo, Suecia, se considera un caso excepcional. Es uno de los pocos teatros del siglo XVIII en Europa que todavía se utiliza como teatro con su maquinaria escénica original. La parte más importante del teatro es la maquinaria escénica, que es un raro ejemplo sobreviviente de efectos escénicos comunes de su época, el cual se encuentra intacto y en uso, formado por el sistema de carro y pértiga, que ayuda a cambiar las escenas rápidamente.

Maquinaria debajo del escenario del teatro en el palacio de Drottningholm, que data del siglo XVIII y que continúa en funcionamiento después de haber sido restaurada. Imagen tomada de: https://visitworldheritage.com/en/eu/a-guided-tour-of-the-drottningholm-court-theatre/95e80054-b102-48b0-b630-410f5557ac42

Aún más, desde el siglo XIX se establecieron como una institución diversos festivales de ópera, principalmente en Europa, que prácticamente se desarrollan sin interrupciones año con año y que han resistido incluso a las dos guerras mundiales, y han resurgido, determinando su función social y cultural, esenciales para la humanidad.

Además de ser un evento de tradición cultural, los festivales establecen identidad en las ciudades que los albergan, manteniéndose por generaciones y aportando ingresos económicos para la localidad. Algunos festivales emblemáticos son los festivales de Salzburgo (Austria), Bayreuth (Alemania), Glyndebourne (Inglaterra), Aix-en-Provence (Francia), Bregenzer (Austria), Lucerna (Suiza), Arena di Verona (Italia) y Rossini (Italia).

Otros aspecto relevante a considerar es que la ópera se encuentra en el imaginario colectivo desde siempre, por lo que tiene un papel central en la cultura. Esto es un punto más a considerar para su inclusión dentro del patrimonio cultural. Dada su influencia en la cultura a través del tiempo, resulta emocionante que el canto colectivo de arias, coros operísticos, así como fragmentos orquestales se hayan popularizado a tal grado que puedan ser tarareados, entonados o incluso cantados por personas de diferentes áreas geográficas en diferentes épocas, todo lo anterior mediante la transmisión del gusto de este género musical a través de las generaciones.

Todo lo expuesto anteriormente refuerza, sin duda alguna, la propuesta iniciada en 2011 por la Asociación de Cantantes Profesionales de Italia para elevar la candidatura de la ópera lírica italiana como patrimonio inmaterial de la humanidad ante la UNESCO, la cual no llegó a progresar en el 2015, pero que en el 2020, con el apoyo del Parlamento italiano, se espera que la iniciativa sea reconsiderada y aprobada por dicha organización internacional.

Para saber más

Abbate Carolyn y Roger Parker, A History of Opera. Updated Edition, Nueva York, W. W. Norton, 2012.

Menéndez Torrellas Gabriel, Historia de la ópera, Madrid, Akal, 2016.

Snowman, Daniel. La ópera. Una historia social, México, Fondo de Cultura Económica (FCE)/Ediciones Siruela, 2013.

Wagner, Richard. Ópera y drama, trad. de Ángel Fernando Mayo, Madrid, Akal, 2013.

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