El robo de los tesoros
diciembre 12, 2020 La Bola

El robo de los tesoros del Museo Nacional de Antropología

Por Salvador Cuauhtémoc Lira Padilla

En la madrugada de Navidad de 1985, varias piezas arqueológicas del Museo Nacional de Antropología e Historia fueron robadas, entre ellas la máscara de Pakal. Este suceso escandaloso fue resuelto varios años después. El presente artículo, escrito por Cuauhtémoc Lira, hace un relato de dicho robo insólito, así como del proceso de pesquisas que se llevó a cabo para recuperar las piezas robadas. De igual forma, invita a reflexionar sobre los cuidados e intereses económicos y políticos generados en torno a este tipo de patrimonio.

Introducción

El robo que aconteció la madrugada del 25 de diciembre de 1985 marcó un antes y un después en la historia de las instituciones culturales, por ello es esencial estudiar a detalle este suceso. El presente artículo busca realizar una reflexión de cómo influye el contexto político, económico y social en la salvaguarda de los bienes culturales y el papel que tiene la sociedad en su conservación. Su contenido se basa principalmente en hemerografía de 1985 (año del robo) y 1989 (año en que se recuperaron las piezas), en documentos oficiales consultados en el Museo Nacional de Antropología y en el testimonio del Licenciado Javier Coello Trejo, ex procurador general, protagonista de la lucha contra el narcotráfico y captor del artífice del robo.

El robo

La Nochebuena de 1985 intentó celebrarse con normalidad a pesar de que sólo habían pasado tres meses de aquel terrible sismo que acabó con la vida y el patrimonio de miles de habitantes. Las familias se juntaron para cenar y brindar, las principales avenidas, calles y glorietas lucieron adornos navideños llenos de color, y como nuevo elemento las personas se reunieron para celebrar la navidad en los campamentos y albergues para los damnificados; sin embargo, el año aún tenía lamentables sorpresas por mostrar.

Aproximadamente a las dos de la mañana, un Volkswagen Sedán se detuvo al poniente del Paseo de la Reforma, no muy lejos del Museo Nacional de Antropología, dos personajes vestidos completamente de negro, bajaron del vehículo y caminaron hacia la entrada del recinto. Como era Nochebuena sabían que los guardias pronto se encerrarían en una oficina a celebrar y sin problemas podrían entrar por la puerta principal que no poseía cerradura alguna. Llegó el momento indicado, los nueve oficiales de la policía bancaria que estaban a cargo de la protección del museo no harían más rondines hasta el cambio de turno, así que los ladrones se encaminaron hacía su primer objetivo, la sala maya. Al llegar se dirigieron al capelo 8, retiraron el acrílico sin mucha preocupación, pues no había sistema de alarma, y «sustrajeron 28 de los 30 objetos encontrados en el cenote sagrado de Chichen Itzá». Su siguiente objetivo se encontraba en el capelo 10 y de ahí tomaron otras cuatro piezas. Para terminar con su recorrido en la sala, se dirigieron a la vitrina donde se resguardaba el ajuar funerario de la tumba de Palenque –descubierto por Alberto Rhuz en 1952– y saquearon 32 piezas más, entre ellas se encontraba la máscara de Pakal.

Patio central del Museo Nacional de Antropología”. Imagen tomada de:    https://glocal.mx/museo-nacional-de-antropologia-pedro-ramirez-vazquez/

De ahí salieron al patio interior haciendo el menor ruido posible, caminaron hacia la izquierda para llegar a la sala de Oaxaca y continuar con el saqueo. Sin demora, llegaron a la vitrina 7 de la cultura Mixteca, la desmontaron, y de ahí tomaron “73 piezas, dentro había 75,  todas ellas de oro finamente trabajadas y decoradas con concha, turquesa y obsidiana”.  Posteriormente avanzaron al capelo 6 donde se apoderaron de un pectoral de jadeíta con rasgos de un felino antropomorfo, único en su clase, descubierto en 1945 en Monte Albán. Una vez satisfechas sus ambiciones en la Sala de Oaxaca, los asaltantes se encaminaron a la Sala Mexica donde tampoco les fue dificultado el acceso por cerradura alguna, de aquí tomaron una vasija de obsidiana con forma de mono de aproximadamente unos 15 cm de altura, la perfección en su tallado es tan impresionante que hasta se duda de su autenticidad, aun así es una de las piezas más valiosas del museo y los delincuentes lo sabían a la perfección. No conformes con esto tomaron otra pequeña escultura mexica hecha de jadeíta que mide aproximadamente unos 20 cm. Una vez guardado el botín en su bolsa de lona decidieron escapar, y aunque no hubo más rondines por parte de los oficiales de la policía bancaria, los delincuentes no querían ser sorprendidos por exceso de confianza, sin más, retornaron al vestíbulo, salieron por la puerta principal, caminaron hacia su Volkswagen Sedán sin levantar sospecha alguna y se dieron a la fuga.

Ajuar funerario de Pakal. Fotografía de: José Luis Magana.  Imagen tomada de: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/asi-se-presento-pakal-inframundo_9863

Durante la tarde del 25 de diciembre, la directora del museo, la arqueóloga Marcia Castro Leal explicó al periódico el Sol de México lo siguiente:

El suceso fue detectado a las 8:00 am, hora en la que se hizo el cambio de guardia, que estaba a cargo de 10 elementos de la policía bancaria industrial. Los guardias del turno matutino se lo comunicaron al jefe de intendencia, el señor Aníbal Molina, que al mismo tiempo se lo comunicó a las autoridades del museo y fue así como se procedió a levantar el acta correspondiente ante la Procuraduría General de la República, quienes a su vez detuvieron a los policías para su investigación.

Los nueve elementos de la policía bancaria y el bombero que se encontraban resguardando el museo durante la madrugada del 25 fueron absueltos de toda culpa después de su interrogatorio, pues se averiguó que no tuvieron nada que ver con el asalto, sin embargo, fueron despedidos y retirados de su puesto por no cumplir con la obligación de su trabajo. Al día siguiente, el 26 de diciembre, las principales autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia dieron una acalorada conferencia de prensa para aclarar lo sucedido. Enrique Florescano, director del INAH en ese momento reconoció que:

No se contaba con alarmas como en muchos otros museos del mundo y dijo que durante los últimos 21 años, la forma en la que habían sido resguardados los objetos, que era lo mismo en los capelos, las vitrinas y el edificio, había dado no sólo resultado, sino que también lo adoptaron otros museos del país y de América Latina

No obstante, era evidente que dicho sistema de seguridad era obsoleto y más por la situación mundial en cuanto al saqueo del patrimonio, pues el mismo Florescano reconoció que este tipo de crímenes habían ocurrido en otros museos importantes de ciudades como Nueva York, Moscú y Roma, pero a pesar de esto, no se hizo absolutamente nada para mejorar la seguridad del recinto.

Los curadores de las salas Mexica y Oaxaca, Felipe Solís y Ernesto González precisaron que tan sólo dos de las piezas sustraídas valían aproximadamente 15 millones de pesos. Se trataba de la vasija de obsidiana con forma de mono con un valor de 10 millones de pesos y del pectoral de jade verde con forma de felino, al que se le estimaba un valor de 5 millones de pesos. Sin embargo, su opinión conjunta era la siguiente: «Es muy difícil fijar a los objetos que forman parte de nuestro patrimonio un valor en términos económicos, pero si tuvieran que asegurarse ese sería el costo[…] Lo que debemos entender es que nos robaron una parte de nuestra historia y eso no tiene precio.» Se dejó claro que la vasija de obsidiana con forma de mono, el pectoral de Monte Albán y la máscara de Pakal eran piezas reconocidas a nivel mundial por lo que su venta sólo sería posible en colecciones particulares.

En un principio, el presidente Miguel de la Madrid mostró interés por recuperar las piezas hurtadas, mandó instrucciones precisas al procurador de la república para que se intensificaran todas las investigaciones. Gracias a ello fue establecida una coordinación policiaca amplia e intensa, se instruyó, con una serie de datos elementales, a todo el cuerpo de la policía federal; a la policía judicial militar; a la policía judicial del D.F.; a las correspondientes a cada estado; al cuerpo de migración; al personal de la dirección general de aduanas y al personal de todos los aeropuertos de la república. Por la parte internacional, se cumplió con la tarea de notificar a las autoridades policiales de los países con los que México tenía relaciones diplomáticas en ese momento, principalmente con Estados Unidos, pues se sospechaba que podrían ser vendidas ahí con mayor facilidad.


Pectoral de felino antropomorfo. Imagen tomada de: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Mascara_Dios_Murcielago.jpg

Por su parte, la élite intelectual, a través de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Antropología A. C., ofreció como recompensa 50 millones de pesos a la persona que otorgara alguna fuente de información confiable sobre el paradero de las piezas arqueológicas robadas. Dicha organización fue fundada y dirigida por Pedro Ramírez Vázquez desde 1965, a la cual se le sumaron un numeroso grupo de intelectuales con la finalidad de brindar apoyo en las labores de promoción y preservación de las colecciones del museo. Resulta irónico que dicha cantidad de dinero pudo emplearse antes para mejorar la seguridad de las salas y evitar este tipo de altercados.

Las primeras investigaciones duraron solamente un año, a pesar de todos los esfuerzos por recuperar los bienes culturales hurtados no existía una pista fidedigna de su paradero. Más de una vez, las autoridades encargadas de la investigación del caso estuvieron a punto de ser timadas por personas interesadas en obtener la recompensa prometida, y no faltaron los académicos oportunistas que aprovecharon la situación para darse unas vacaciones por varias partes del globo siguiendo rumores falsos del paradero de las piezas.  Este tipo de situaciones, aunadas a la crisis económica de la época, provocaron que el estado se enfocara en otro tipo de prioridades, como la reconstrucción de la ciudad después del sismo y el mundial de fútbol soccer de 1986. El caso fue cerrado y se archivó durante tres años.

Vasija de obsidiana con forma de mono. Imagen tomada de: https://mna.inah.gob.mx/colecciones_detalle.php?id=2068&sala=6&pg=3

La recuperación de los bienes culturales

La primera pista fidedigna del paradero de las piezas arqueológicas hurtadas se obtuvo después de un operativo donde fue capturado Salvador Gutiérrez, alias «El cabo», un importante narcotraficante del momento. Gracias a él, se averiguó que el robo había sido cometido por dos jóvenes estudiantes de medicina veterinaria. Aquella madrugada del 25 de diciembre de hace 35 años, el artífice del robo –Carlos Perches Treviño– y su compinche –Ramón Sardina– circularon por el periférico norte que estaba semivacío, la circulación de vehículos era mínima, la noche los protegió y las fiestas que habían en los hogares los encubrieron. Todo salió a la perfección, justo como lo habían planeado desde hacía ya 6 meses, pues durante ese tiempo «visitaron el museo unas cincuenta ocasiones para conocer las piezas más valiosas, realizar croquis, fotografiar las joyas, percatarse de la vigilancia y decidir la fecha del robo». Su siguiente objetivo era regresar a la casa de los padres de Perches, ubicada en el municipio de Naucalpan de Juárez, a esconder el botín.

Los jóvenes llegaron aproximadamente a las cuatro de la madrugada y festejaron el resto de la Nochebuena con los familiares de Perches, quienes en ningún momento imaginaron que Carlos y su amigo dejarían anonadada e indignada a la sociedad mexicana por el crimen que acababan de cometer. Los artífices del robo tampoco pensaron que su acción no sólo movilizaría a todas las autoridades policiacas del país sino también a las de otras naciones, y que las carreteras y los aeropuertos serían vigilados escrupulosamente para evitar que las piezas salieran del territorio. Fue por estos motivos que las joyas arqueológicas permanecieron escondidas en un armario cerca de un año, tiempo suficiente para que las investigaciones del caso cesaran y Perches pudiera realizar su siguiente movimiento.

 

Caricatura que expresa el hecho del robo al Museo. El Fisgón, “Nuevo símbolo”, en La Jornada, 26 de diciembre de 1985.

 

En 1989, la prensa aseguraba que la mente detrás del robo, Carlos Perches Treviño, era un adicto a la cocaína y que esto lo “llevó a dedicarse a la compra-venta de esa droga y a relacionarse con diferentes narcomenudistas” después del hurto de los bienes culturales. Fue en este lapso de tiempo donde conoció a Salvador Gutiérrez «El cabo», que no solamente se dedicaba a la venta de drogas sino también al tráfico de piezas arqueológicas y de obras de arte. En un principio le ofreció a Carlos la suma de un millón de pesos por el tesoro del museo, oferta que rechazó, pues pensaba que podía conseguir una mejor y al parecer no se equivocó, pues logró vender varias piezas.

Las investigaciones del caso se reabrieron por órdenes directas de Carlos Salinas de Gortari a finales de 1988. Después de unas elecciones turbias, su prioridad era resolver los cabos sueltos que el sexenio anterior no había conseguido aclarar, su finalidad era mostrar ante las potencias extranjeras y ante el pueblo mexicano que su administración era firme y capaz de dar resultados inmediatos. Una vez que obtuvo la presidencia, pidió resolver los casos de Félix Gallardo, el de Joaquín Hernández Galicia –mejor conocido como «la Quina»– y la recuperación de las piezas arqueológicas desaparecidas. Casos que fueron encomendados al procurador general de la república, Enrique Álvarez del Castillo, y al subprocurador de lucha contra el narcotráfico, Javier Coello Trejo.

Dado que no existía una prueba real de que los bienes culturales hurtados hubieran salido del territorio mexicano, se optó por realizar un trabajo de inteligencia. Dentro de los principales penales del país se colocaron micrófonos para poder grabar y escuchar las conversaciones de los presos con la finalidad de encontrar alguna pista. Después de varios meses de escuchar las grabaciones obtenidas en los penales, llamó la atención una en específico. El narcotraficante «El Cabo», que no tenía mucho tiempo de haber sido capturado, se comunicaba con un sujeto al que le pedía con mucho ímpetu que le vendiera las “joyas”. Evidentemente se tuvo que confirmar que esas joyas de las que hablaban hacían referencia a las piezas arqueológicas desaparecidas, fue así como se obtuvo la primera pista sobre su paradero, se decidió interrogar a Salvador Gutiérrez, quien finalmente confesó que tiempo atrás había tenido contacto con la persona que había robado el museo, que resultó ser un muchacho de 28 años.

Javier Coello Trejo y su equipo siguieron a Perches durante 45 días para asegurarse dónde escondía su botín. Lo acorralaron en su casa en Satélite, Estado de México, la madrugada del 10 de junio de 1989. El artífice del robo, al verse derrotado, no opuso resistencia y mostró dónde tenía guardado el botín. La mayoría de las piezas estaban escondidas en una bolsa de lona dentro de un armario, envueltas en papel de baño. Una vez aseguradas, lo primero que se hizo fue cotejar su autenticidad, para ello se solicitó la ayuda del director del INAH, Roberto García Moll. Después de varias horas de revisar el inventario, no quedó duda alguna de que eran las piezas arqueológicas que habían sido sustraídas del Museo Nacional de Antropología, empero, faltaban un par de ellas.

Javier Coello Trejo presenta las piezas recuperadas en 1989, tomadas del Archivo Coello Trejo. Imagen cortesía del autor.

En su declaratoria, Carlos Perches Treviño narró y confesó cómo había robado el Museo Nacional de Antropología y a qué personajes había logrado vender un par de piezas del botín. Parte de lo que faltaba se encontraba en poder de un afamado periodista del momento y de un importante empresario. Se le comentó la situación al presidente y éste fue a hablar con el periodista; por otro lado, Javier Coello Trejo habló con el empresario, ambos devolvieron lo que habían comprado ilícitamente con la condición de que no fueran mencionados en la historia oficial del caso.

Perches Treviño fue detenido bajo los cargos de robo de piezas arqueológicas, daño a monumentos nacionales y delitos contra la salud en sus modalidades de posesión, suministro, venta y compra de estupefacientes. La versión oficial menciona que, en mayo de 1991, fue sentenciado a 32 años de cárcel que debería de cumplir en el penal de Santa Marta Acatitla. «El juez de la causa, Luis Pérez de la Fuente, consideró aplicar la pena máxima para este tipo de delitos, porque el robo de piezas arqueológicas conmovió a la nación». No obstante su sentencia, su paradero es incierto, pues hay reportes que indican que fue puesto bajo libertad condicional en 1994 y otros afirman que ha fallecido.

Carlos Perches, Luis Perches e Isabel Carmila. Fotografía de: Frida Hartz, tomada de La Jornada, 13 de junio de 1989. Imagen cortesía el autor.

El 14 de junio de 1989 se realizó una suntuosa ceremonia en honor a las piezas recuperadas. Durante ésta, el primer mandatario –Carlos Salinas– dio un emotivo discurso sobre cómo estos bienes representaban un “puente entre la historia y el futuro” e hizo énfasis en que:

La recuperación de las piezas es algo que emociona a todos los mexicanos porque el robo fue un verdadero despojo a la nación y el hecho de que la acción tan eficaz de la Procuraduría haya permitido su rescate es un motivo de orgullo para mis compatriotas. Este acontecimiento nos permite reafirmar lo que queremos preservar y por qué queremos preservarlo, nos convoca a la acción no sólo gubernamental, sino la que debe reanimarse en todas las familias mexicanas

El presidente Salinas durante el acto de restitución de las piezas. Fotografía de: José Antonio López, tomado de La Jornada, 15 de junio de 1989. Imagen cortesía del autor.

Por parte de las autoridades del INAH, su director –Roberto García Moll– comentó que se tomarían medidas importantes con el objetivo principal de aumentar la seguridad en los recintos culturales del país, «a través de normas preventivas, reglamentos e instalación de equipos electrónicos».

Después del robo de 1985, pareció que las piezas volvieron a cobrar vida, pues nuevamente se volvió a hablar de ellas. Tras 21 años en que literalmente fueron dejadas a su suerte en capelos y vitrinas sin seguridad alguna, la población mostró interés por la gravedad del acontecimiento, sin mencionar otros factores como la recompensa que se ofrecía a quien diera información o el miedo que tenían algunos coleccionistas privados a que se les inculpara del robo. En este sentido, cabe preguntarnos ¿en verdad tienen que ser robadas las piezas de nuestros museos para que adquieran un valor y un significado dentro de la sociedad?

La negligencia del Estado hacia el cuidado del patrimonio cultural

Desde su creación en 1964, el Museo Nacional de Antropología ha sido el recinto cultural encargado de resguardar la más completa colección de bienes arqueológicos y etnográficos que posee nuestro país. Este museo es una oda al nacionalismo mexicano inspirado en sus raíces prehispánicas, fue el resultado final de un proyecto educativo impulsado por la presidencia de Adolfo López Mateos, con su inauguración dicho sexenio cerró con broche de oro, pues este gran recinto fue su legado para los mexicanos. Durante esta época todo el discurso político giraba en torno al orgullo de las raíces indígenas de nuestra nación, los bienes arqueológicos volvían a ser el centro de atención, el Estado se preocupaba por las condiciones de este patrimonio, pues le ayudaba a legitimar su poder, a generar una empatía y una identidad.

Recordemos que los usos del patrimonio cultural:

Se plantean en relación a la dinámica y disputa política, económica y simbólica que atraviesa el patrimonio cultural impulsado por los agentes tradicionales que intervienen en el circuito de la cultura: el estado, el mercado y la comunidad […] Las tensiones que se presentan en el uso del patrimonio cultural expresan la interacción entre esos sectores.

Las interacciones entre capital, estado y sociedad nos llevan a pensar en los usos y propósitos del patrimonio más allá de cómo conservarlo. Con la historia de este museo podemos notar claramente cómo se desarrolla esta dinámica, al momento de ser inaugurado fue el foco de atención de la sociedad tanto nacional como internacional, sin embargo, conforme fueron cambiando las diferentes administraciones del país, poco a poco fue olvidado junto con los bienes culturales que resguardaba. Esto se puede afirmar ya que, en 21 años, la dinámica del recinto no cambió absolutamente nada, por el contrario, el museo se quedó obsoleto ante los cambios de la sociedad y vulnerable a ser saqueado.

Durante los mandatos de Miguel de la Madrid y de López Portillo la educación y la cultura quedaron relegadas, no se les destinaba demasiado presupuesto a las instituciones encargadas del cuidado y la investigación del patrimonio cultural. Fue tanto el desinterés que, a tan sólo un año de haber sido robadas las piezas (1986), se dejó de investigar el caso y quedó archivado. Algo cambió radicalmente al inicio el sexenio de Salinas de Gortari en 1989, pues su estrategia política se basó en recuperar la confianza de la población. Como se puede apreciar, el patrimonio cultural tiene muchos usos más allá de su conservación, su divulgación y su investigación. El Estado puede usarlo como le convenga para legitimar su poder y en este caso generar un sentimiento de fortaleza y confianza hacia la nueva administración. Mientras el patrimonio cultural pueda otorgar alguna ventaja siempre será protegido, empero, si en él no se ve algún beneficio será descuidado y olvidado.

Carlos Salinas de Gortari contemplando la máscara de Pakal en 1989. Archivo Javier Coello Trejo. Fotografía cortesía del autor.

Conclusiones

Lo que pasó en la Nochebuena de 1985 fue el mayor robo de piezas arqueológicas que ha tenido nuestro país. Este caso es el más conocido porque fue un agravio al museo más importante de la nación. En 2018, salió la película Museo dirigida por Alonso Ruizpalacios, la cual dejó mucho que desear, incluso tuvo la osadía de concluir con la interrogante «¿Para qué arruinar una buena historia contando la verdad?». Es necesario que la sociedad sea consciente, no sólo de los aciertos que han tenido las instituciones encargadas del cuidado de los bienes culturales, sino también debe conocer sus fracasos y sus deficiencias, pues sólo así podrá hacer algo al respecto.

Este caso solamente es la punta del iceberg, existen centenares de historias de agravios a nuestro patrimonio prehispánico, colonial y moderno, el cual ha sufrido saqueos y destrucción. Parece que el INAH, a pesar de la promulgación de la Ley federal sobre monumentos y zonas arqueológicas, artísticas e históricas en 1972, ha sido incapaz de proteger en su totalidad los bienes culturales, no sólo por la falta de recursos sino también por su propia desorganización y corrupción interna. ¿Qué tipo de adversidades tendrá que enfrentar nuestro patrimonio cultural en estos tiempos tan complicados?

Para lograr preservar nuestro patrimonio cultural es fundamental que dos elementos de nuestra sociedad cooperen entre sí: por una parte el gobierno debe estar al pendiente de los bienes culturales que posee y a su vez proporcionar lo necesario para su conservación, divulgación e investigación; empero, la participación activa de la sociedad también es de suma importancia, debe aprender a formar vínculos de identidad a través de su patrimonio cultural y comprender que estos bienes pertenecen a las mejores expresiones artísticas y culturales que seres humanos de otros tiempos nos han legado.

Para saber más

Aspiros Villagómez, José Antonio, Los dioses secuestrados, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1987.

Ávila, Juan José de, «Robo a Antropología herida que no cierra». El universal, México D.F. 2005.

Cruz Gónzalez, Sotero. «Roban Fabulosas Joyas al museo de antropología». El Sol de México. México D.F., 26 de diciembre de 1985.

Gámez, Silvia Isabel, «La historia de un robo», Mural, Ciudad de México, 24 de diciembre del 2015.

Lira Padilla, Salvador Cuauhtémoc, «El sismo cultural de 1985: Una reflexión en torno al cuidado del patrimonio cultural dentro del Museo Nacional de Antropología», UNAM, tesis de licenciatura, 2019.

Ramírez de Aguilar, Fernando, «Fueron 111 los lotes de joyas recuperados», en Uno más uno, México D.F. 13 de junio de 1989.

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