De defensores de la constitución a soldados de la nación: las fuerzas armadas en México entre 1914 y 1945
mayo 10, 2019 admin

De defensores de la constitución a soldados de la nación: las fuerzas armadas en México entre 1914 y 1945

Por Daniel Ramírez Guzmán

En el presente artículo se describe a grandes rasgos el nacimiento del Ejército mexicano, como resultado del golpe asestado por Victoriano Huerta contra Francisco I. Madero, y la respuesta que, desde Coahuila, y a iniciativa de Venustiano Carranza, derivó en la formación de un ejército cuyo fin fue buscar el restablecimiento del orden constitucional quebrantado por Huerta. Además, se revisa cómo este ejército llamado constitucionalista, de carácter revolucionario y popular, logró en primer lugar derrotar al ejército federal huertista, y posteriormente a las facciones revolucionarias, hasta convertirse en el Ejército nacional. Para finalizar se presentan las acciones
tomadas desde el gobierno de Álvaro Obregón y hasta el de Manuel Ávila Camacho, para transformar al ejército revolucionario en un cuerpo profesional, despolitizado y subordinado al poder civil.

En mayo de 1911, el presidente Porfirio Díaz motivado por el inminente triunfo de las tropas maderistas emprendió un reacercamiento con los líderes de la revolución, con la finalidad de acordar los términos de su renuncia y así evitar la completa destrucción de lo que había construido su régimen.

El día 21 de ese mes, el representante oficial del régimen porfirista, Francisco S. Carvajal, así como los representantes del maderismo, firmaron los Convenios de Ciudad Juárez, en los que se acordaron el fin de las hostilidades entre los rebeldes y el Ejército federal a cambio de las renuncias del presidente Díaz y de su secretario de Gobernación, Ramón Corral, además del establecimiento de un gobierno interino a cargo del secretario de Relaciones Exteriores, Francisco León de la Barra. El gobierno interino tuvo como fin garantizar la transición entre el Porfiriato y la revolución, por lo que, a lo largo de los poco más de cinco meses de su gestión, León de la Barra con la venia de Madero, concentró sus esfuerzos en la organización de las elecciones y en la pacificación del país, principalmente mediante el licenciamiento de los contingentes revolucionarios.

En octubre se celebraron las elecciones pactadas meses atrás en Ciudad Juárez, y dieron como ganador a Madero con el 98% de los votos. El 6 de noviembre el nuevo presidente tomó posesión del cargo, sin prever los acontecimientos que tan sólo 16 meses después pusieron fin a su gobierno y a su vida.

La presidencia de Madero desde su inicio dedicó la mayor parte de sus esfuerzos y recursos a garantizar su sobrevivencia. Las protestas, los levantamientos y las rebeliones impidieron la realización de su proyecto. La primera de estas rebeliones fue encabezada por Bernardo Reyes, sucediéndole la de Emiliano Zapata, Pascual Orozco, Félix Díaz, y la que encabezaron Bernardo Reyes y Félix Díaz en febrero de 1913 que, aunque fracasó, creó las condiciones para el golpe militar del general Victoriano Huerta y que, a diferencia de los otros intentos, logró la adhesión mayoritaria del Ejército federal heredado del viejo régimen.

Debe recordarse que como parte de los Convenios de Ciudad Juárez, Madero, aceptó mantener al ejército del enemigo y prescindir de la protección del pueblo que peleó a favor de su causa. Esta situación no fue fácil ni para Madero ni para la institución castrense. Al presidente le implicó un constante e infructuoso afán de congratularse con los militares, quienes lo veían como un peligro para sus intereses y como el responsable de sumir al país en el caos. Por su parte, al Ejército federal le significó pasar de la humillación y la derrota a una situación incómoda en la que tuvo que guardar lealtad a su otrora enemigo y convertirse en el garante del orden, la legalidad y las instituciones del nuevo régimen.

Durante el maderismo, el Ejército federal creció y ejerció mayor presupuesto, especialmente a finales de 1911, cuando los levantamientos y las rebeliones contra el gobierno comenzaron a suceder una tras otra, inaugurando un escenario en el que el ejército fue incrementando su poderío militar y su importancia en la vida política. Esto quedó en evidencia cuando el general chihuahuense Pascual Orozco, que en 1910 se había levantado en armas en apoyo del Plan de San Luis, descontento con el gobierno maderista aceptó encabezar una nueva rebelión en su estado natal, Coahuila y Durango, cuyo programa quedó plasmado en el Plan de la Empacadora.

Banda de guerra y miembros del ejército durante una ceremonia militar, 1905-1910, , Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv.,  514359, disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A413207

La rebelión orozquista a diferencia de otras, como la zapatista, sí representó una clara amenaza militar para el régimen maderista. Prueba de ello fue la derrota en la batalla del Rellano en marzo de 1912, cuando poco más de dos mil elementos de las fuerzas federales comandadas por el entonces secretario de Guerra y Marina, el general José González Salas, fueron derrotadas por los orozquistas. Ante este descalabro, con el fin de recuperar Chihuahua y frenar la propagación del orozquismo, el gobierno reorganizó sus fuerzas sumando varios contingentes de los nuevos cuerpos de rurales (conformados por veteranos de la revolución maderista) y de las fuerzas “irregulares”, a los elementos federales, entre las que se encontraban gentes como Francisco Villa y Pablo González, y que las autoridades locales (como Obregón y Carranza) organizaron para combatir a los orozquistas en sus estados. A mediados de abril, el gobierno maderista logró reunir una fuerza de seis mil hombres; oportunos refuerzos que fueron enviados a combatir bajo las órdenes del General de Brigada Victoriano Huerta.

La victoria del Ejército federal sobre el orozquismo fue una realidad el 4 de julio de 1912. La hazaña militar de las tropas federales elevó su moral y les restituyó el prestigio perdido entre 1910 y 1911. Asimismo, con el replanteamiento de la estrategia contra el orozquismo resultado de la inicial derrota del ejército, entró en escena una oficialidad relativamente más joven procedente del Colegio Militar, encabezada por Huerta, a quien la institución castrense convirtió en su nuevo caudillo y el gobierno en General de División.

Finalmente, la victoria hizo que el ejército tomara consciencia de su valía como sostén y acreedor de la sobrevivencia del gobierno maderista. Sin embargo, para este último, la victoria no se tradujo en una mejora de su imagen, ya que no logró restablecer la confianza de algunos sectores de la sociedad y la simpatía del gobierno de los Estados Unidos, por el contrario, se adentró en un proceso de aislamiento que hizo cuestionable su permanencia.

 

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El 9 de febrero de 1913 estalló una rebelión en la Ciudad de México planeada entre las filas del ejército desde meses atrás, conocida como la Decena Trágica. Este episodio comenzó cuando el general Manuel Mondragón junto con sus hombres liberaron a Bernardo Reyes y a Félix Díaz de sus respectivas prisiones para liderar un golpe militar contra Madero. No obstante, esta rebelión quedó acéfala con la muerte de Reyes tras intentar tomar Palacio Nacional. Con la desaparición del viejo caudillo, el grueso del Ejército federal no secundó a Félix Díaz, el segundo al mando de los alzados, por lo que junto a Mondragón y cerca de 1500 hombres se atrincheró en La Ciudadela, la principal armería del ejército.

Por su parte, el presidente Madero, al tener noticia de la intentona militar, se desplazó del Castillo de Chapultepec al Palacio Nacional custodiado por los cadetes del Colegio Militar. En su trayecto, Madero se vio forzado a refugiarse en el estudio fotográfico Daguerre, ubicado a un costado de la Alameda. Hasta allí llegó Victoriano Huerta para ponerse a disposición del presidente con la promesa de aplastar el alzamiento militar. Con cierto recelo Madero aceptó otorgar a Huerta la jefatura de las operaciones militares de la Ciudad de México, a pesar de que hubiera preferido nombrar a Felipe Ángeles, el único general federal de todas sus confianzas, pero que a diferencia de Huerta no contaba con el suficiente prestigio, jerarquía y aceptación entre los mandos del ejército.

Tan pronto como Victoriano Huerta quedó al mando de la defensa de la ciudad se dispuso a resguardar Palacio Nacional y a intentar recuperar La Ciudadela. Sin embargo, hacia el 14 de febrero decidió sacar provecho de la situación y se unió a los insurrectos. De tal forma que el 18 de febrero, gracias a las negociaciones del embajador de los Estados Unidos Henry Lane Wilson con los sublevados, acordó el arresto del presidente y el vicepresidente. Con Madero y Pino Suárez presos en Palacio Nacional, Huerta, se las arregló para conseguir con engaños sus renuncias, y con el apoyo del ejército y del embajador estadounidense fue nombrado presidente el 19 de febrero. El destino de Madero y Pino Suárez estaba sellado. El nuevo titular del ejecutivo incumplió su promesa de mantenerlos con vida y ordenó su asesinato la noche del 22 de febrero.

La eliminación de Madero borró los errores de su administración y frenó de tajo una serie de reformas para diferentes ámbitos e instituciones, como las destinadas para el Ejército federal. Ejemplo de ello fue la cancelación de un proyecto de Ley del Servicio Militar Obligatorio, cuya finalidad era acabar con el reclutamiento forzado de soldados a través de la leva, es decir, el reclutamiento por la fuerza de individuos con la finalidad de convertirlos en soldados, algo que no fue realidad hasta 1939, cuando el Congreso aprobó la Ley del Servicio Militar, que entró en vigor el 31 de agosto de 1942, durante la presidencia del general Manuel Ávila Camacho, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

Francisco I. Madero, Victoriano Huerta, Manuel Bonilla y otros en el balcón de fotografía Daguerre, 1913, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 673223, disponible en:  https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A453803

El gobierno de Victoriano Huerta tuvo un genuino afán de restauración porfirista, por lo que fue bien recibido por las clases altas y los grupos conservadores, no obstante, también tuvo la pretensión de generar soluciones para algunos de los problemas que motivaron la revolución. Esto se tradujo en la formulación de diversos proyectos para el ámbito agrario, laboral, educativo y militar, cuya aplicación se acotó a las zonas que el huertismo logró controlar durante el breve tiempo que se mantuvo en el poder, particularmente en la Ciudad de México.

El régimen huertista se caracterizó por un marcado acento militarista, que ni siquiera durante la administración de Porfirio Díaz tuvo lugar, ni de forma posterior hasta nuestros días. El militarismo de Huerta se tradujo en un predominio e influencia de lo militar y los militares en la administración pública y la sociedad. De tal forma que a los secretarios de Estado se les otorgó el grado de general de brigada y a los subsecretarios de brigadieres. A los empleados públicos se les asignó un grado militar acorde a su jerarquía dentro de la burocracia, por lo que debieron portar uniforme y recibir instrucción militar. Al personal femenino se le indicó portar un distintivo en el brazo izquierdo acorde a la secretaría de Estado en donde trabajara, además de afiliarse a la Cruz Roja o Blanca.

El militarismo huertista también afectó a los planteles educativos, como ocurrió en la Escuela Nacional Preparatoria, donde se dispuso a organizarla disciplinaria y orgánicamente a la forma de cualquier otra institución de educación castrense, publicando para tal fin el 30 de agosto de 1913, el Reglamento Provisional para la Organización Disciplinaria Militar de la Escuela Nacional Preparatoria. En esta institución, el director recibió el grado de coronel; el secretario, el de teniente coronel; los profesores, capitanes primeros; los empleados de la biblioteca, subtenientes; y los alumnos, cadetes. Estos últimos se vieron obligados a portar uniforme, hacer prácticas de tiro y realizar ejercicios militares. En el caso de los empleados, las autoridades y los profesores, el uso del uniforme quedó establecido como un derecho, pero no como una obligación.

 

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Debe recordarse que Huerta notificó a los gobernadores la tarde del 18 de febrero de 1913, mediante circular telegráfica, la autorización del Senado para asumir el Poder Ejecutivo. A excepción del gobernador de Sonora, José Maytorena (quien eludió pronunciarse al respecto y salió rumbo al exilio a los Estados Unidos) y del gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, los gobernadores restantes prefirieron reconocerlo ante el temor de ser encarcelados o asesinados (como ocurrió con el gobernador de Coahuila, Abraham González).

La respuesta del gobierno del estado a la circular telegráfica enviada por Huerta quedó asentada en el célebre decreto 1421, autorizado por la XXII legislatura de Coahuila. En este documento se desconoció a Huerta como jefe del Poder Ejecutivo y se autorizó al gobernador Carranza para crear un ejército que coadyubara a restablecer el orden constitucional, exhortando a su vez a los jefes de las Fuerzas Federales, Rurales y Auxiliares, a secundar este fin. Este pronunciamiento es considerado el acta de nacimiento del Ejército constitucionalista, con el que el actual Ejército mexicano identifica sus orígenes institucionales. De allí nace la explicación en torno a la efeméride que se conmemora cada año a partir del Decreto Presidencial del 22 de marzo de 1950, que instituyó el 19 de febrero como día del Ejército Mexicano.

Sin embargo, el 19 de febrero, como fecha de la creación de un ejército llamado Constitucionalista resulta problemática, ya que las fuerzas que respondieron a la convocatoria del decreto 1421, no fueron conocidas con este nombre sino bajo el de Ejército coahuilense restaurador del orden constitucional. En realidad, fue hasta el 26 de marzo de 1913, con la promulgación del Plan de Guadalupe, que se aludió por primera vez a un Ejército constitucionalista, con Venustiano Carranza como su Primer Jefe, y también como encargado del Poder Ejecutivo luego de tomar la Ciudad de México. Este nombramiento hizo recaer en Carranza el supremo mando del ejército y del gobierno, sin recibir un grado militar, lo que evidenció su postura: la preminencia de la autoridad civil sobre la militar.

La respuesta al llamado del gobierno coahuilense para sumarse a los esfuerzos militares destinados a restablecer el orden constitucional, no fue precisamente rápida y unánime. Sin embargo, las movilizaciones empezaron a suscitarse en Chihuahua, Sonora, Nuevo León, Durango, Zacatecas, Sinaloa y Tamaulipas. De tal forma que, al correr de 1913, el general Álvaro Obregón, comandante del Cuerpo de Ejército del Noroeste; el general Francisco Villa, al frente de la División del Norte; y el general Pablo González, con el Cuerpo de Ejército del Noreste, aceptaron ponerse a las órdenes de Carranza para combatir a Victoriano Huerta.

Sobre los orígenes populares de las fuerzas constitucionalistas debe mencionarse que en el caso del Cuerpo del Noreste este fue integrado por agricultores, mineros, empleados del ferrocarril y vaqueros. El Cuerpo del Noroeste estuvo conformado por tropas procedentes de los Irregulares y de los nuevos Cuerpos Rurales (formados con tropas veteranas del ejército maderista), además de campesinos, mineros, vaqueros, miembros de la burocracia local y contingentes de indios mayos y yaquis. En la División del Norte desfilaron tropas con el mismo origen, a las que se sumaron miembros de las excolonias militares y jornaleros agrícolas procedentes de la Comarca Lagunera. En suma, la incorporación de un amplio abanico de elementos provenientes de casi todos los sectores sociales a los diferentes cuerpos del Ejército constitucionalista, determinó el origen popular del Ejército mexicano.

«Tropas constitucionalistas con rumbo al Ébano», refuerzos, ca. 1914, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 32462, disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A51020

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Tras diecisiete meses de resistencia, el gobierno huertista sucumbió ante las fuerzas revolucionarias en agosto de 1914. El día 12 de ese mismo mes Carranza designó al general Obregón para tratar lo relativo a la entrada de las tropas constitucionalistas a la Ciudad de México y la rendición de las tropas huertistas acantonadas en ella. Al día siguiente, Obregón viajó a un punto ubicado en el camino que iba de Teoloyucan a Tepotzotlán, en el Estado de México, y allí sobre la salpicadera de un automóvil firmó junto a los representantes del Ejército Federal, el general Gustavo A. Salas, y de la Armada nacional, el almirante Othón P. Blanco, dos actas que a la postre fueron conocidas como los Tratados de Teoloyucan. En uno de los documentos se acordó la entrega de la capital y en el otro, la rendición, desarme y disolución del Ejército federal y la Armada nacional.

Álvaro Obregón firma los Tratados de Teoloyucan, en el camino de Cuautitlán a Teoloyucan, 1914, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 3885, disponible en:  https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A57108

Con la desaparición del Ejército Federal heredado del régimen porfirista, el Ejército constitucionalista se convirtió en la única fuerza armada del país, hasta que los tambores de guerra resonaron de nueva cuenta, para dar paso a otra etapa de la Revolución en la que los contingentes constitucionalistas se dividieron y se enfrentaron a finales de 1914, en la llamada Guerra de Facciones. En esta etapa los villistas, los zapatistas y los llamados independientes (antiguos constitucionalistas) dieron forma al Cuerpo de Ejército de la Convención, que se enfrentó al Ejército constitucionalista, integrado por el Cuerpo de Ejército del Noreste y del Noroeste.

La confrontación entre el Cuerpo de Ejército de la Convención, que en la realidad equivalió a la División del Norte de Villa y el Ejército Constitucionalista con Obregón como su general, terminó con la derrota del primero, tras la segunda batalla de Celaya en abril de 1915. Con la victoria sobre el villismo, al constitucionalismo sólo le faltaba derrotar al zapatismo (aunque eso no fue una realidad sino hasta 1919 con la eliminación de Emiliano Zapata).

En 1917 la fase constitucionalista concluyó para dar paso al periodo constitucional con Venustiano Carranza como Presidente de la República, y con el Ejército Constitucionalista como el nuevo Ejército nacional (nombre que conservaron las fuerzas armadas hasta 1948 cuando el presidente Miguel Alemán decretó su cambio de nombre a Ejército mexicano). El nuevo mandatario tenía claro que para lograr la pacificación del país era necesario, entre otras cosas, poner en marcha una política militar enfocada a reducir el tamaño del ejército, reorganizarlo y profesionalizarlo. El objetivo era lograr un ejército pequeño y apolítico, aunque Carranza no viviría para verlo.

Médicos que le practicaron la autopsia al cadáver de Venustiano Carranza, 1920, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 503497, disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A409116

En abril de 1920 estalló la rebelión de Agua Prieta en contra del gobierno del presidente Carranza y en apoyo a las aspiraciones presidenciales del general Álvaro Obregón. Los rebeldes rápidamente encontraron el respaldo mayoritario del Ejército nacional, dejando al presidente sin defensas y rodeado sólo de sus más cercanos colaboradores, con quienes, ante la inminente llegada de los sublevados a la capital del país, decidió emprender una complicada travesía con destino a Veracruz, pero encontró la muerte el 21 de mayo en Tlaxcalantongo, Puebla a manos de los hombres del general Rodolfo Herrero.

Plutarco Elías Calles lee el Plan de Agua Prieta ante Luis L. León, Abelardo L. Rodríguez y otros, 1920, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. Inv., 616840, disponible en:  https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A436246

El triunfo de la rebelión aguaprietista cerró la fase armada de la Revolución iniciada por Madero en 1910 e inició otra: el de la posrevolución. En esta etapa, los militares sonorenses se convirtieron en la facción triunfadora que terminó por hacerse de las riendas de un país con demasiados asuntos por atender, entre ellos qué hacer con el ejército que los había llevado al poder. Para este fin, los años veinte fueron cruciales, ya que la estrategia de los gobiernos posrevolucionarios siguió el camino del licenciamiento de tropas; la cooptación, mediante la otorgación de prebendas económicas y/o políticas; y la eliminación de jefes y personal desafecto al régimen de los sonorenses, aspecto facilitado gracias a las rebeliones militares delahuertista (1923-1924), serranogomista (1927) y escobarista (1929), pero también a otros conflictos como la Guerra del Yaqui (1926-1927) y la Guerra Cristera (1926-1929).

Igualmente, los sonorenses apostaron a la educación y a la profesionalización como elementos decisivos para convertir a los soldados de la revolución en verdaderos soldados profesionales. El artífice de este proceso fue el general Joaquín Amaro, encargado de 1924 a 1931 de la Secretaría de Guerra y Marina (antecedente de la actual Secretaría de la Defensa Nacional), durante las presidencias de Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio. Gracias a las reformas del general Amaro, en el instituto armado se colocaron los cimientos del anhelo carrancista de lograr la subordinación de las fuerzas armadas al poder civil y de convertir a las fuerzas revolucionarias en un verdadero ejército profesional.

Joaquín Amaro, retrato, Ca. 1925, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 9421, disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A18807

En 1939 estalló el último levantamiento militar de importancia: la rebelión del general Saturnino Cedillo contra el gobierno del general Cárdenas.  La trascendencia de esta rebelión para el ejército radicó en que la disciplina y la lealtad del ejército fue puesta a prueba, demostrando el éxito de las políticas militares de los regímenes posrevolucionarios al no defeccionar. El proceso de profesionalización de las fuerzas armadas continuó durante las presidencias de los generales Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho.

Manuel Ávila Camacho y Lázaro Cárdenas durante un evento, 1941-1946, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 56053, disponible en:  https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fototeca%3A62

En los años cuarenta, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el general Cárdenas como secretario de la Defensa Nacional del gobierno avilacamachista, procuró la modernización de las fuerzas armadas, concluyendo el proyecto iniciado por el general Amaro. De tal forma que el ejército pensado para un país agrícola y en el que la unidad base del Ejército nacional era el regimiento de caballería, se modernizó para dar paso a la mecanización de las tropas, perfilando el actual rostro de nuestras instituciones castrenses. Así pues, con el objetivo cumplido de crear un ejército institucional y moderno, el Estado posrevolucionario logró su consolidación, convirtiendo a las fuerzas armadas en un factor de estabilidad política hasta nuestros días, caso contrario al de otros ejércitos de América Latina durante la mayor parte del siglo XX.

Contingente militar armado desfilando en el 151 aniversario de la Independencia, 1961, Secretaría de Cultura-INAH-Mediateca, núm. inv., 256280, disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/fotografia%3A248878

Para saber más

Aguilar Camín, Héctor y Lorenzo Meyer, A la sombra de la Revolución Mexicana, 8ª ed., México, Cal y Arena 1992.

Ávila, Felipe y Pedro Salmerón, Breve historia de la Revolución Mexicana, México, Crítica, 2017.

Garciadiego, Javier (coord.), El ejército mexicano 100 años de historia, México, El Colegio de México, 2014.

Ibarrola, Bernardo, “De Ciudad Juárez a La Ciudadela: Madero y el Ejército Federal Mexicano”, en Javier Garciadiego, (coord.), El Ejército mexicano: 100 años de historia, México, El Colegio de México, 2014, pp. 79-119.

Lozoya, Jorge Alberto, El ejército mexicano, México, El Colegio de México, 1970.

Matute, Álvaro, “Del Ejército Constitucionalista al Ejército Nacional”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, México, v. VI, 1997, pp. 153- 183.  

Plasencia de la Parra, Enrique, Historia y organización de las fuerzas armadas en México: 1917-1937, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2010.

Ramírez Rancaño, Mario, “La República castrense de Victoriano Huerta”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, núm. 30, julio-diciembre, 2005, Universidad Nacional Autónoma de México, México, pp. 167-213.