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208 años del fusilamiento del cura de Dolores

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La mañana del 30 de julio de 1811, tocaron las campanas de los templos y un tambor con sus redobles para anunciar la hora de marchar al paredón. Había llegado el momento de ejecutar al máximo líder de la insurrección que estalló la madrugada del 16 de septiembre del año anterior.

Detalle del mural de Miguel Hidalgo en el Palacio de Gobierno de Chihuahua, obra de Aarón Piña Mora.

 

Aquella madrugada, el cura Miguel Hidalgo y Costilla  llamó al pueblo del Bajío novohispano a rebelarse en contra el sistema colonial, tuvo capacidad de convocatoria y a los pocos días logró reunir a cerca de cien mil personas, la mayoría perteneciente a los sectores más desposeídos de la sociedad: indios y castas, principalmente.

Pronto, la insurrección se propagó por diferentes regiones del territorio virreinal, por lo que las autoridades coloniales dieron una respuesta rápida. Así inició una auténtica revolución de carácter popular que puso en crisis el orden colonial  −o como diría el eminente historiador Edmundo O`Gorman, “hirió de muerte al virreinato”.

La lucha que emprendió Miguel Hidalgo tenía el propósito de lograr la independencia de la Nueva España, es decir, crear un estado soberano con un “Congreso que se componga de representantes de todas las ciudades, villas y lugares de este reino, que teniendo el objetivo principal de mantener nuestra santa religión, dicte leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo”.

Nuevas investigaciones, como la realizada por la historiadora Cristina Gómez Álvarez, han argumentado que Hidalgo pretendía crear una monarquía constitucional como forma de gobierno de ese nuevo estado independiente.

Por ello, las autoridades coloniales consideraron a Hidalgo un rebelde y lo apresaron en marzo de 1811 en Acatita de Baján (Coahuila). Posteriormente, lo trasladaron a Chihuahua en calidad de prisionero para ser juzgado. Fue recluido en el ex colegio de la Compañía de Jesús, que fue habilitado como cárcel. Ahí pasó los últimos dos meses y medio de su vida.

El 30 de julio de 1811, Miguel Hidalgo y Costilla fue fusilado después de ser sometido a dos procesos judiciales, uno eclesiástico y el otro militar. El día anterior a su ejecución fue degradado de su condición sacerdotal. Hidalgo pidió recibir de frente las descargas de las armas de fuego; su cuerpo fue exhibido públicamente y posteriormente decapitado. Días después, su cabeza fue conducida a Guanajuato para ser colocada junto con las de Allende, Aldama y Jiménez en los cuatro ángulos de la alhóndiga de Granaditas, como media de escarmiento a la población.

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Para saber más

Alonso, Ernesto y Carlos Sotomayor (productores), La antorcha encendida (telenovela), México, Televisa, 1996.

Gómez Álvarez, Cristina, “El liberalismo en la insurgencia novohispana: de la monarquía constitucional a la república, 1810-1814”, en Secuencia, número 89, mayo agosto de 2014, p. 9-26. [Disponible en: http://secuencia.mora.edu.mx/index.php/Secuencia/article/view/1224/1166]

Herrejón Peredo, Carlos, Hidalgo: maestro, párroco e insurgente, México, El Colegio de Michoacán y Editorial Clío, 2014,  501 p.

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